"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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sábado, 11 de junio de 2011

Luis Alberto Romero, Clarín y un acto de profunda torpeza intelectual


Luis Alberto Romero

Una respuesta al punto de vista del historiador, a sus acusaciones contra Sergio Schoklender y la operación de los medios hegemónicos para enlodar la figura de la presidenta de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini.
 
Uno de los grandes errores que cometemos algunos escritores o periodistas cuando nos metemos a contar el pasado es aplicar categorías del presente para analizar lo que, con grandilocuencia, algunos académicos llaman (y reclaman para ellos mismos como únicos guardianes) “la Historia”.
Los historiadores “profesionales” –entre ellos Luis Alberto Romero– se montan sobre la metodología del paradigma universitario actual para impedir que alguien les quite el acceso a sus recursos económicos como las cátedras, las becas, las publicaciones oficiales y otras prebendas que surgen de las universidades del Estado y de empresas privadas. Sin embargo, son justamente los historiadores como Romero quienes no tienen ningún pudor en cometer cualquier tipo de tropelías a la hora de escribir sobre el presente.
Hace algunos días, Romero escribió una columna en el diario Clarín de una miserabilidad política y personal muy pocas veces vista en el mundo intelectual argentino.  La tituló “La Corrupción está rondando a las Madres”, y se trata de una diatriba típica de un militante político publicada en un mal pasquín del liberalismo conservador más que de un profundo y sesudo análisis de un historiador profesional, aséptico, profiláctico.
Leamos la pluma urgente del historiador militante radical: “El gobierno corruptor ha aplicado aquí un mecanismo harto conocido, su verdadero ‘modelo’: subsidios, retornos y apoyo político. Sobran ejemplos, desde Jaime hasta Pedraza. Si no hay más, es porque el gobierno se adueñó de los instrumentos de control y los usa sistemáticamente para encubrir y proteger a sus agentes… El gobierno comenzó corrompiendo a los corruptos: esto sigue siendo el paraíso de la ‘patria sindical’ y la ‘patria contratista’. También corrompió a los indecisos, de moral inestable, a quienes puso en la disyuntiva: sumarse o atenerse a las consecuencias. ¿Cuántos resistieron la oferta, imposible de rechazar? Nada nuevo, ciertamente. Los noventa fueron muy parecidos, y es fácil encontrar los orígenes remotos de este modo de operar del Estado. Pero con diferencias cuantitativas que finalmente hacen a la calidad. Sin embargo, este caso es especial… El corruptor fue más lejos. Como el protagonista de una tragedia griega, corrompió a la vestal del templo. Cegado por el orgullo y la pasión, cometió sacrilegio. Porque Madres de Plaza de Mayo era eso, la vestal del templo de los Derechos Humanos, una causa que está en la base misma de nuestra actual democracia… Por eso el daño es mucho mayor. Imperdonable. Las corrompió primero, incorporándolas a su máquina política. Las sacó del lugar indiscutido de los valores compartidos y las convirtió en simples mortales, facciosas y alineadas. Luego completó su tarea del modo más simple y grosero, con los subsidios y los retornos. Madres de Plaza de Mayo fue corrompida. ¿Lo fue su presidenta? Las Madres simbólicas son una cosa y Hebe de Bonafini es otra, y repasando su trayectoria, este final no es del todo inesperado. Como escribió Celedonio Flores en Margot: “Es mentira, no fue un guapo (...) el que al vicio te largó / Vos rodaste por tu culpa, y no fue inocentemente...”.
Reduccionista, con rasgos de simplismo “corruptista”, malintencionado, de moralina fácil, falto de visión política y estratégica, grotesco, reproductor de la teoría de los dos demonios pero con la corrupción suplantando a la violencia y el ciudadano como víctima inocente, repleto de guiños histéricos de señora gorda que toma el té de las cinco, entre otras, son algunas de las características sobresalientes de ese discurso fácil y demagógico dirigido a ciertos sectores de la clase media.
Porque también hay que decirlo: la clase media suele consumir discursos simplones y efectistas elaborados por intelectuales acostumbrados a ser reverenciados por los títulos de nobleza más que por la profundidad y certeza de sus argumentaciones.
La política se hace con recursos, no se hace con palabrerías de hojarasca. Y el poder siempre corrompe. El discurso del “corruptismo” es una elaboración abstracta que sirve para el púlpito y la galería, pero no para analizar la política o la historia.
La política incluye actos de corrupción en todos los rincones del mundo, en todas las geografías y en todas las épocas. Ahora, llamar el “Gran Corruptor” a Néstor Kirchner y reducir un modelo político, económico, social a un sistema de prebendas es el acto de torpeza intelectual más profundo que he leído en los últimos años.
Es como creer que el problema de la década neoliberal –1990/2001– fue la corrupción y no la política económica–. Diciembre de 2001, Romero, no es producto de la Banelco con que se compró una ley, sino que es efecto de causas mucho más profundas que incluyen políticas de Estado.
Nadie puede negar que el “escándalo”, como titula TN todo el tiempo, del nuevo caso Schoklender pone en un lugar de exposición y vulnerabilidad social a las organizaciones de Derechos Humanos y sobre todo a la líder de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini.
Nada indica en las investigaciones que se están llevando adelante que ella fuera cómplice de las maniobras presuntamente fraudulentas de Sergio y Pablo Schoklender. Todo parece circunscribirse a la acción de ambos hermanos y ni siquiera parece salpicar al Estado Nacional, tal como lograron demostrar el jueves tanto el subsecretario de Desarrollo Urbano y Vivienda, Alberto Bontempo, y su par de Obras Públicas, Abel Fatala, en Diputados.
Entonces, hay que tener un poco de rigor en la investigación antes de enlodar a Hebe de Bonafini, una mujer que podrá tener sus defectos, sus exabruptos, sus contradicciones, pero que ha hecho por la democracia argentina –aun desde su moral revolucionaria y exuberante– mucho más que 25 Romeros apilados.
Uno, Romero, también será juzgado por aquellas cosas y personas que ataca o defiende. Usted decidió atacar sin mucha precisión informativa a Hebe de Bonafini desde el diario que es propiedad de una mujer que todavía no aclaró ante la justicia si sus hijos adoptados fueron o no apropiados durante la época de la dictadura. Y lo ha hecho con pluma brutal, despectiva y desprovista de rigor informativo.
Una última reflexión: El periodismo es el primer relato de la historia. Es la primera fuente que utilizan muchos investigadores del pasado. A la luz del texto de Romero sobre el presente, los argentinos deberíamos sentir pavura al descubrir quiénes son los encargados de construir el relato histórico colectivo.
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