"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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viernes, 27 de mayo de 2011

Un homenaje, una reflexión acerca de los presos políticos de la última dictadura


Evaristo
Mucho tiempo atrás, defendía con su vida los ideales que liberarían a su patria de las cadenas. Crecía en su interior el grito de nosotr@s, l@s oprimid@s; y su grito se transformó en revolución. Ayudó. Cooperó. Enseñó. Trabajó. Dejó ejemplo. Dejó un camino. Luchó. HIZO.
Con el tiempo fue perseguido; tuvo que esconderse. Lo encontraron, fue secuestrado. Lo llevaron encapuchado, fue desaparecido. Le hicieron cosas que no te imaginás, fue torturado. Muchos se quedaron en prisiones de candados que no abrieron más, de esas cárceles irreales que no figuran en el mapa, sólo en la mente oscura de quien las creó. Pero Evaristo salió. 5 años estuvo encerrado, primero en Mendoza, después en Buenos Aires. Salió un invierno frío, sin documentos y sin abrigo. Nadie lo esperaba, unos pocos no fueron por miedo, los más porque estaban desaparecidos. 

Hacía 5 años Evaristo era joven, alquilaba un departamentito no muy lejos del centro, y tenía su trabajo en una fábrica de materiales de construcción. Pero cuando llegó a Mendoza, la fábrica no lo recibió nuevamente. De hecho ninguna fábrica lo recibió, ningún comercio, ningún empleador de cualquier tipo. Buscó por la periferia de la ciudad, tampoco. Las puertas de la sociedad estaban cerradas para él y los suyos. Fue al campo, a trabajar en la cosecha, ahi donde nadie pregunta nombres, edades, ni sueldo a cobrar.

15 años después, Evaristo no sólo había luchado por la vida, también había levantado varios edificios de la patria, había cosechado en varias fincas de la provincia, y había sido personal de limpieza de muchas empresas multinacionales. Ningún trabajo le duraba a los que lucharon como él, ningún trabajo era bien pago para los que dejaron un camino como él; Evaristo era estafado socialmente. Y sin embargo él se miraba las manos curtidas de trabajador, y sonreía: era un laburante y había sido, era, un luchador. De esos laburantes que vos no te das cuenta lo imprescindibles que son: son los que hacen los caminos que transitás cuando vas a trabajar, los que levantan las escuelas donde estudian tus hijos, los que llevan las frutas y verduras a tu mesa, los que levantan la basura que vos tiraste cuando ibas caminando.

15 años después, Evaristo había levantado varios edificios de la patria, de esos donde hoy se festeja el Bicentenario.

Pasaron 16 años más. Evaristo está casi sordo, sentado mirando por la ventana de un hogar estatal de ancianos de Guaymallén. Tiene un chal que le abriga las piernas flacas, y una mano que le tiembla. Pero conserva su espalda de trabajador, su mirada lúcida e inteligente, y sus manos de dedos grandes de albañil, cosechador y changarín. Con el transcurso de los años pudo ir reencontrándose con los suyos, quienes se abrigaron mutuamente del frío que la sociedad les entregó; eran un verdadero grupo de amistad, más que amistad: compañeros. 
Laura Tagarelli
Para leer el texto en su totalidad:

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