"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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domingo, 16 de octubre de 2011

Sofía, la mujer que no existió

Sofía es una mujer indígena. Originaria de un pequeñísimo poblado de la Mixteca que ni siquiera aparece en los mapas: caserío que con toda seguridad tiene un nombre oficial, pero que es desconocido incluso para sus habitantes, quienes, salvo algunas excepciones, no hablan el castellano.
Sofía no sabe qué edad tiene. No lo sabe porque no cuenta con un acta de nacimiento, hecho más que frecuente en su comunidad. Oficialmente no existe. Con seguridad tiene más de 50 y menos de 60 años, pero también desconoce su fecha de nacimiento. El calendario civil no tenía más importancia que el de las festividades de su pueblo, así como las temporadas de siembra y cosecha.
Sofía nunca ha asistido a la escuela. De hecho en su comunidad no hay escuelas, farmacias, médicos ni clínicas. En realidad poco importa que no haya sucursales bancarias, porque el dinero en efectivo apenas circula: la mayor parte de los intercambios se hacen por mercancías o por realizar cierto tipo de trabajo.
Hasta que llegó a la ciudad conoció la luz eléctrica, así como distintos aparatos electrodomésticos. El drenaje y el agua corriente fueron también para ella un descubrimiento.
Es una mujer adulta que apenas mide un metro con cuarenta centímetros de estatura. La desnutrición crónica es evidente, pero también es obvio que el mal estado de sus dientes contribuye ahora a agravar dicha desnutrición. Sobra decir que nunca ha consultado a un odontólogo. Puede sentirse afortunada cuando pierde una pieza dental sin dejar un absceso como secuela.
Aun con voluntad de trabajo, pertenece al grupo de los inempleables: carece de estudios, masculla tan sólo algunas palabras en castellano y no cuenta con documentación oficial, de manera que no tiene cabida en otro mercado laboral excepto en el del trabajo doméstico.
El haberse hecho cargo de su casa tampoco la califica, de entrada, como una buena trabajadora del hogar. Echar tortillas, encender un fogón, acarrear agua del pozo, leñar o usar el metate son actividades del pasado, ahora enfrenta la tecnología doméstica: estufa de gas, plancha eléctrica, lavadora, licuadora y demás implementos.
Sofía tiene pareja desde hace 25 años. No tiene un matrimonio regular porque, como ya vimos, oficialmente no existe. No obstante, formó una familia con Marcos. De ellos nacieron dos hijas y un hijo. De esa prole sólo una de las criaturas llegó a la vida adulta. El niño murió de diarrea a los tres años de edad y la niña, siendo aún lactante, falleció por una causa desconocida. ¿Cómo saber de qué mueren los niños cuando no hay médico? Aunque tampoco su presencia habría cambiado las cosas cuando no hay farmacias, ni dinero para comprar las medicinas.
Marcos es del mismo pueblo que ella. Habla algo de español y tiene papeles, pero es también un inempleable. Ha aprendido todo tipo de trabajos, pero en todos ellos es mal pagado; peor aún que Sofía. Auxiliar de paletero, ayudante de albañil, lavador de automóviles y -sólo recientemente- auxiliar de limpieza en una empresa, por lo que ahora tiene acceso a los servicios de seguridad social. No obstante, Sofía no puede ser inscrita puesto que no existe oficialmente.
Sofía y Marcos son pareja; sin embargo, no pueden vivir juntos y compartir la vida cotidiana. Ni siquiera la suma de sus salarios les permitiría pagar una renta. Sofía tiene hospedaje en la casa donde trabaja, y Marcos se ha habilitado un rincón de la empresa como dormitorio. Resulta imposible imaginar cómo mantienen un vínculo que debe pasar por la clandestinidad; por lo visto, también la marginalidad se vive en los afectos.
Marcos acostumbra recoger los domingos a Sofía para pasar el día juntos. Como en los tiempos de la Colonia, Marcos evita caminar por las aceras. Sabe que no hay prohibición alguna para ello, pero ha experimentado la hostilidad y el desprecio hacia el indígena. Para su mala fortuna heredó mansedumbre y no ha aprendido a tomar o reclamar un espacio. No llama a la puerta, quizá tenga temor a molestar; siempre espera con paciencia hasta que alguien lo mira al otro lado de la calle. La cercanía excesiva también le incomoda, mantiene lo que la gente de antes llamaba "respetuosa distancia".
Sofía siempre bordó. Un trapo o un mantel floreados, con los colores más vivos y abigarrados, dan testimonio de su origen y por qué no: también de su existencia no oficial. Ha dejado la costura porque la vista ya no le ayuda. Se siente ridícula intentando ensartar una aguja de las que se emplean para la hilaza o el cáñamo, y más ridícula aún cuando nota la imperfección que ahora tienen sus puntadas. Un par de anteojos le costarían el equivalente a un mes de trabajo.
El tamaño de la marginación puede verse en algo tan trivial como la visita al oftalmólogo. Sofía no concibe que un médico pueda hacerse cargo sólo de los ojos y no de sus riñones, aquel dolor de huesos o el resto de achaques no atendidos que curarla en retazos.
El tamaño de la marginación se ve en la imposibilidad para hacer un diagnóstico de la vista empleando la plantilla de letras pegada a la pared del consultorio. Cierto, hay pruebas en las que las letras se sustituyen con símbolos para todos comprensibles. Sí, son comprensibles también para Sofía, pero incomprensibles las instrucciones de lo que debe hacer con esos símbolos. Incomprensible la impaciencia del especialista, porque ella no logra explicarle para dónde están dirigidas las patas de la "E". Inexplicable la ira que le provoca Sofía, con su risa franca y explosiva, al percatarse ella de lo tragicómico de este diálogo imposible.
Sofía no tiene deficiencias intelectuales, pero sus aprendizajes no corresponden con los que de ella se esperan. Le han llamado ignorante; pero ignorante es el que desconoce algo específico: ella conoce muchas cosas, pero desafortunadamente son las que ha tenido que aprender ella y su gente para sobrevivir en un mundo más dispuesto a segregar que a respetar y dar cabida.
Sofía, Sofía... cuánta molestia provocas a los ilustrados señores. Por eso no se te puede ayudar, no cooperas. Por eso no puedes tramitar tu registro y tener acta de nacimiento. Por eso no se te puede inscribir en la seguridad social. Por eso tendrás que resignarte a usar unos anteojos que tal vez no tengan la graduación necesaria. Por eso tu marido no es tu marido, ni tu hija es tu hija, ni tú eres tú: por eso no existes.

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