"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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jueves, 27 de octubre de 2011

Inseguridad de Estado

Red Lenin-Warhol
Porque aunque se grabe en las torres y en las puertas
de las ciudades, en grandes caracteres, la palabra libertad,
eso no tiene nada que ver con los particulares,
sino con el Estado.

(Hobbes, “Del Ciudadano”, 1642)
Si desapasionadamente, con una frialdad y distancia que nunca querríamos tener, hiciéramos una cuenta tentativa, en base a promedios estadísticos, de las muertes evitables que ocurrieron en el país esta última Semana Santa, la cifra llegaría, como mínimo, a 204, incluyendo allí unos 100 niños muertos por hambre y enfermedades de la pobreza, 88 muertos por accidentes de tránsito y 16 personas asesinadas (entre ellas, tres pibes víctimas del gatillo fácil).

La cuantificación de las muertes, incluso si la hiciéramos con datos estadísticos firmes, no aliviaría el dolor de las comunidades y familias. Nuestro cálculo es una abstracción, mientras que el crimen (incluyendo las categorías del crimen organizado y el crimen policial) presenta un rostro concreto, nítido y terrible, que deja, a quienes lo sufren, marcas imborrables.

Todo esto nos habla de una libertad que si se ha visto restringida en el pequeño mundo de la gente satisfecha (así la llamó el economista liberal John Galbraith), es sencillamente inexistente en los territorios de pobreza, en donde los niños, cuando logran superar el umbral de la mera supervivencia, entran a un corredor de altas e invisibles paredes que desemboca inexorable en una muerte temprana, bajo alguna de las muchas y casi nunca reconocidas formas de la violencia.

Aquel sueño de Lenin
Vladimir Illich Ulianov, apodado Lenin (1870-1924) fue uno de los dirigentes de la revolución triunfante que constituyó el primer Estado obrero de la historia, en la Rusia modernizada -aunque también hambreada y desquiciada- de los Zares.

En julio de 1919, la Universidad Sverdlov, creada por los bolcheviques, invitó a Lenin a dar una conferencia sobre el Estado, ante los alumnos del primer curso. Allí fue el líder de la revolución de Octubre y les habló a aquellos jóvenes, hijos de obreros, futuros cuadros, con palabras que un apunte taquigráfico alcanzó a rescatar. Es notable la suavidad y ternura con que Lenin les habla a esos alumnos, diciéndoles que no se preocupen por entender, en un primer momento, cada una de las teorías o especulaciones que se han hecho sobre el Estado, ya que casi siempre ellas buscan legitimar una apropiación que ha sido injusta en su mismo origen.

“Difícilmente -dijo Lenin- se encontrará otro problema en que deliberada e inconscientemente hayan sembrado tanta confusión los representantes de la ciencia, la filosofía, la jurisprudencia, la economía política y el periodismo burgueses, como en el problema del Estado (…) El Estado es en realidad un aparato de gobierno, separado de la sociedad humana. Cuando aparece un grupo especial de hombres de esta clase, dedicados exclusivamente a gobernar y que para gobernar necesitan de un aparato especial de coerción para someter la voluntad de otros por la fuerza -cárceles, grupos especiales de hombres, ejércitos, etcétera-, es cuando aparece el Estado”.

“La historia demuestra que el Estado, como aparato especial para la coerción de los hombres, surge solamente donde y cuando aparece la división de la sociedad en clases, o sea, la división en grupos de personas, algunas de las cuales se apropian permanentemente del trabajo ajeno, donde unos explotan a otros (…) El capital, una vez que existe, domina la sociedad entera, y ninguna república democrática, ningún derecho electoral pueden cambiar la esencia del asunto”.

Fiel a su credo comunista, Lenin pensaba el socialismo como una etapa -más larga o más corta, según la historia- en el camino hacia una sociedad sin clases y sin Estado.

A la muerte del líder bolchevique, llegado Stalin al vértice de la nomenklatura, Rusia conoció la cara más represiva y asfixiante de la revolución, alejándose del ideal de una sociedad igualitaria y consolidando un capitalismo de Estado (así lo caracterizó Rodolfo Mondolfo) capaz de encarar empresas sobrehumanas y de realizar obras faraónicas, pero a costa de un sacrificio inenarrable de su pueblo.

La excepción y la regla
“Jamás se da un documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie”, escribió en su tesis doctoral Walter Benjamin. “Por eso el materialista histórico -agregó- se distancia de él, en la medida de lo posible. Su cometido es pasarle a la Historia un cepillo a contrapelo (…) La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla, la verdadera regla, es el estado de excepción en el que vivimos”

El filósofo italiano Giorgio Agamben recogió, medio siglo después, el legado de la Escuela de Frankfurt, desarrollando y actualizando la tesis juvenil de Benjamin y definiendo el estado de excepción (es decir, la suspensión del orden jurídico) como el paradigma normal de gobierno en el capitalismo de esta era, donde la letra y el espíritu de la ley, cuando rigen, rigen tan sólo para unos pocos, mientras las grandes mayorías son sometidas a la excepción (una excepción tan grande y abarcadora que, finalmente, debe ser entendida como la regla).

Pasando del estado con minúsculas al Estado con mayúsculas (ya que, a fin de cuentas, hablamos de lo mismo), una formulación sencilla de la teoría de Agamben nos diría que si la ley y el orden (y la seguridad ciudadana), en la Argentina del siglo XXI, sólo rigen para una casta o una clase o un segmento muy reducido de la población, entonces el único Estado que conocerán los pobres y los no-ciudadanos de nuestra patria será el Estado de excepción, en donde inexorablemente les tocará sufrir, perder y, de mal modo, morir. Y los pibes, esos incesantes hijos de la pobreza, sin número ni nombre ni lugar en el mapa, serán apenas la nuda vida, una existencia que no existe para los registros oficiales.

Cerremos esta breve reflexión con unos versos de Bertolt Brecht, poeta y dramaturgo alemán que en tiempos oscuros (no más que los actuales) pudo escribir La excepción y la regla, una pieza que no ha perdido, con el paso de los años, su fuerza didáctica y moral:    

Han visto lo habitual, / lo que constantemente se repite. / Y sin embargo, les rogamos que consideren extraño lo que no lo es. / Tomen por inexplicable lo habitual. / Siéntanse perplejos ante lo cotidiano. / Traten de hallar un remedio frente al abuso. / Pero no olviden quela regla es el abuso.

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