"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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martes, 21 de septiembre de 2010

La República del Silencio de Jean Paul Sartre

    A este texto lo conocí hace muy poco tiempo, me sugirió lo leyera un profesor de filosofía y siendo que estoy comenzando esta aventura del blog me pareció que si hay otros como yo, desconocedores de este texto, este era un buen lugar para dar con él, ahí vamos...
                  
                      

Nunca fuimos tan libres como bajo la ocupación alemana. Habíamos perdido todos nuestros derechos y en primer lugar el de hablar; nos insultaban a la cara cada día y era necesario callar; nos deportaban en masa, como trabajadores, como judíos, como prisioneros políticos; en todas partes, en los muros, en los periódicos, en las pantallas encontrábamos ese rostro inmundo que nuestros opresores nos querían dar de nosotros mismos: debido a todo eso éramos libres. Porque el veneno nazi se deslizaba hasta nuestro pensamiento, cada pensamiento era, precisamente, una conquista; porque una policía todopoderosa procuraba obligarnos al silencio, cada palabra se volvía primordial como una declaración de principios; porque éramos perseguidos, cada uno de nuestros gestos tenía el peso de un compromiso. Las mismas circunstancias de nuestro combate, a menudo atroces, nos hacían vivir sin maquillaje y sin velos esta situación desgarrada e insoportable que llamamos la condición humana. El exilio, la cautividad, la muerte sobre todo, que enmascaramos hábilmente en las épocas felices, se nos hacían ahora el objeto perpetuo de nuestras preocupaciones; aprendimos que no son accidentes evitables, ni siquiera amenazas constantes pero exteriores: era preciso ver en ellos lo que nos tocaba, nuestro destino, la fuente profunda de nuestra realidad de hombres; en cada segundo vivíamos en plenitud el sentido de esta pequeña frase banal: “Todos los hombres son mortales”. Y las elecciones que cada uno hacía de sí mismo eran auténticas porque se hacían en presencia de la muerte, porque siempre se podrían haber expresado bajo esta forma: “Antes la muerte que…”. Y no hablo aquí de esa elite que fueron los verdaderos Resistentes, sino de todos los franceses que, a cualquier hora del día y de la noche, durante cuatro años dijeron no. La crueldad misma del enemigo nos empujaba a los extremos de nuestra condición, obligándonos a hacernos estas preguntas que eludimos en la paz: todos aquellos de entre nosotros – ¿y qué franceses no estuvieron en una u otra ocasión en este caso?– que conocían algunos detalles interesantes de la Resistencia se preguntaban con angustia: “Si me torturan, ¿aguantaré el golpe?”. Así se planteaba la cuestión misma de la libertad, y nos encontrábamos a orillas del conocimiento más profundo que el hombre puede tener de sí mismo. Porque el secreto del hombre no es el complejo de Edipo ni el de inferioridad, es el límite mismo de su libertad, es su poder de resistencia a los suplicios y a la muerte.
A aquéllos que tuvieron una actividad clandestina, las circunstancias de su lucha les aportaba una experiencia nueva: No combatían el pleno día, como soldados; perseguidos en la soledad, detenidos en la soledad, era en el abandono, en la privación más completa que ellos resistían a las torturas: Solos y desnudos delante de los verdugos bien afeitados, bien alimentados, bien vestidos que se burlaban de su carne miserable y a quienes una conciencia satisfecha, un poder social desmesurado daban todas las apariencias de tener razón. Sin embargo, en lo más profundo de esta soledad, estaban los otros, todos los otros, todos los camaradas de resistencia que ellos defendían; una sola palabra bastaba para provocar diez, cien detenciones. Esta responsabilidad total en la soledad total, ¿no es la revelación misma de nuestra libertad? Este desamparo, esta soledad, este riesgo enorme eran los mismos para todos, para los jefes y para los hombres; para aquellos que portaban mensajes cuyo contenido ignoraban como para aquellos que decidían por toda la Resistencia, una sanción única: la prisión, la deportación, la muerte. No hay ejército en el mundo donde se encuentre semejante igualdad en los riesgos para el soldado y para el generalísimo. Y he ahí porque la Resistencia fue una verdadera democracia: para el soldado y para el jefe, el mismo peligro, la misma responsabilidad, la misma absoluta libertad en la disciplina. Así, en la sombra y en la sangre, se constituyó la más fuerte de las Repúblicas. Cada uno de sus ciudadanos sabía lo que debía a todos y que no podía contar más que consigo mismo; cada uno de ellos conocía, en el desamparo más absoluto, su rol histórico. Cada uno de ellos, contra los opresores, se arriesgaba a ser él mismo, irremediablemente, y eligiéndose a sí mismo en su libertad, elegía la libertad de todos. Esta república sin instituciones, sin ejército, sin policía, hacía falta que cada francés la conquistara y la afirmara a cada instante contra el nazismo. Nosotros aquí nos vemos, a punto de otra República: No podemos sino desear que ella conserve en pleno día las austeras virtudes de la República del Silencio y de la Noche.

Jean-Paul Sastre, artículo aparecido en Lettres Fraçaises en 1944
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