"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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lunes, 14 de marzo de 2011

Una lectura de la Historia

Sobre la muerte de David Viñas, un pensador indispensable para entender la Argentina

David Viñas murió en la noche del jueves pasado. Tenía 83 años. O dos menos, si se tiene en cuenta que muchas veces bromeaba, cambiando la real fecha de nacimiento, un 28 de julio de 1927, plena alvearización derechosa del radicalismo, para decir que había sido en 1929, “sólo por la fantasía de haber nacido bajo el gobierno de don Hipólito Yrigoyen”. Una frase típica de este escritor que hace diez años rechazó la beca Guggenheim con certeza telegráfica: “Un homenaje a mis hijos. Me costó veinticinco mil dólares. Punto”. Dos hijos: Lorenzo Ismael y María Adelaida, desaparecidos por la dictadura. Punto. Un punto que resume buena parte de su historia y, al mismo tiempo, de la historia argentina. “Historia larga: puro Proust, no termina nunca”, decía Viñas.
Esa historia arrancó con Viñas Veneroso, un caballero de Ronda, Andalucía, contrabandista de tabaco que, problemas policiales de por medio, decidió abandonar España en 1850. Historia que David, el bisnieto, no se cansaba de contar en alguna mesa ventanera del bar La Paz mientras dejaba por un momento el subrayar frenético e indignado del diario La Nación, del pensamiento de los Mitre. “Este primer Viñas –contaba David– se puso a trabajar en lo previsible: una pequeña fábrica artesanal de cigarrillos. Y su hijo, Antonio José, lo acompañó hasta que decidió terminar con el tutelaje paterno y fundó una panadería: La Catalana”.
Con las ganancias de las flautitas y las medialunas, Antonio compró terrenos en Monte y levantó su casa, fundando una larga cadena de hijos, nueras, yernos, primos y sobrinos. “Y con el engrandecimiento de la familia –contaba, La Nación a un lado, subrayada, la seña de otro café con el brazo en el aire– mi abuelo se hizo rematador. Todo hace suponer que se vio favorecido, por decirlo de una manera culta, con la venta de terrenos en la zona, siempre operando desde el pueblo. El pueblo donde nació Dominga Macció, victoriana de típica familia clase media bonaerense, mi abuela”.
David Viñas: línea directa del contrabando español y la lectura criolla y folletinesca de Pérez Galdós y Tolstoi. De libros guardados en esa vieja casa de Monte con bibliotecas venidas (vaya saber uno de qué manera, aunque todo era indudable en la narración Viñas) de la Casa de Gobierno, con escudo nacional y madera lustrosa.
Antonio y Dominga tuvieron siete hijos. Los dos mayores se llamaron Ismael y Armando.
Y de esos dos nombres nacía otra de las historias inigualables de David, de la Argentina: “La zona de Monte, lanera, tenía varios ovejeros irlandeses. Y las tumbas del cementerio tenían versículos escritos en irlandés. Una vez, visitando ese cementerio con Rodolfo Walsh, pude saber qué decían esas lápidas gracias a su traducción. Pero antes, mucho antes, fui a ese mismo cementerio con mi papá y su hermano, llamados Ismael y Armando. Allí había una tumba común con sus nombres. Piedra tallada: Ismael y Armando Viñas. Le pregunté extrañado por qué habían comprado una tumba antes de morirse, ya que por entonces no se estilaba. Mi padre se reía: los dos hijos mayores de Antonio y Dominga se llamaban Ismael y Armando y habían muerto en alguna de las pestes de 1878, 1880. Estaban enterrados allí. Y cuando nacieron sus hijos siguientes, Antonio y Dominga les volvieron a poner Ismael y Armando. Homenajes, que le dicen. Insólita herencia”.
Una herencia que, como la historia del país, siempre se ampliaba un poco más: “Mi tío Antonio Viñas mató dos tipos en su vida. Cuando regresó de Francia, después de la Primera Guerra Mundial, consiguió un puesto de oficial de Gendarmería en la Patagonia. Una tarde notó que un oficial estaba haciendo trampa en un partido de naipes. Tuvo una discusión con el fullero, Antonio sacó primero y mató al gendarme. Para la segunda muerte, Antonio estaba de juez de cancha de paleta en un club de Monte. Tradición oral: hubo un incidente violento con un jugador mamado y el borracho le tiró un rebencazo. Antonio volvió a sacar y volvió a matar. La novela argentina: Mi tío rumbeó para su casa, se dio una ducha y se entregó a la policía. Pucha si lo habré explotado como personaje”.
Y sí, hablar con David era escuchar la Historia: “Mi padre, Ismael, me hablaba de la ciudad del 900, de la Patagonia y de los fusilamientos. De Anaya, Varela y sus miserias. Del cañadón de la Yegua Quemada. Eran el mundo del quilombo y la política. Mi madre, Esther: los pogroms, la huida de sus padres desde Odessa, el acorazado de Potemkim y sus tres hermanas sentadas en la famosa escalinata; Ana, Elisa y María. Y el puerto de New York: la bobe que se queda afuera por la conjuntivitis, el rancho negro del zeide y el pelo rojo de Simón Radowitzky que había venido con ellos, 18 años, aire bíblico, brazos demasiado largos, ojos transparentes para cargarse a Falcón. Ella, nacida en el Hotel de Inmigrantes en 1899, era el mundo de los afectos, de las artesanías, del alucinante mundo barrial zurdo. Y cómo: stalinistas, claro. Mi prima Sara, medalla de oro en la facultad de Química, tenía arriba de la cama una foto de Stalin con Gorki, y, más arriba, aviones soviéticos tirando paracaidistas. ¿Stalinistas? Sí, claro, años treintaytantos, más de medio siglo atrás: Victoria Ocampo diciendo Tío Pepe”.
Ismael, el padre, abogado de filiación radical, había sido enviado al sur por Yrigoyen para ver qué carajo pasaba ahí. Y se fue con su amante, mi vieja, esa rusa, judía y anarquista que fumaba. Era 1920, y tuvieron un primer hijo sin casarse: Ismael. Un hijo reconocido por la ley sólo después del matrimonio (“napas y napas de mierda de este país”, decía Viñas).
–¿Otro café?
–Meta. Mi viejo despuntaba el vicio de la escritura en el semanario Jurisprudencia del Trabajo. Mi primer recuerdo, seis años, es cuando nos llevan presos. A mi viejo, claro, y a Ismael y a mí, dos pijindrines, con él.
Y recitaba, orgulloso, solemne, la primer cuartilla que aprendió en su vida: “Radicales los que me oyen del auditorio presente: / el único presidente es el doctor Yrigoyen. / Son turros los que desoyen este llamado al laburo, / y desde esta noche juro / buscar el mejor momento para joderlo a Aramburu”. Según él, un auténtico Borges, de los años en que Jorge Luis cantaba loas a la revolución rusa y defendía la candidatura de Yrigoyen.
De ese mundo, contaba David, tuvo que rajar rapidito. A los siete, época de camisas pardas y saludos fascistas por las calles porteñas, cuando su mamá murió de cáncer y su padre, sin pareja que los cuidara ni mucha guita para subsistir –encima, contra a morir de Alvear–, metió a los dos pibes en un colegio de curas en Ramos Mejía, becados. “No era buen alumno: no leía. De pibe quería ser ingeniero agrónomo y veterinario. Primero, porque era largo: ingeniero agrónomo y veterinario. Pero se me fue pasando. Y el deporte, claro: era un wing izquierdo de primera. Veloz, grandote, pibe de campo. Pero los chicos de sexto grado me parecían hombrones y un poco arrugaba frente a ellos. Uno de ellos, se llamaba Cremades, era como Joe Louis. Pero el miedo mayor eran las hostias que te zampaban los curas por cualquier cosa. Eran brutísimos. Yo no recuerdo que hubiera toqueteos o manoseos de los curas, realmente, pero sí recuerdo los sopapos que pegaban. Había uno, que oficiaba de consejero, llamado Ratto, que era una bestia bruta. Medio me vengué de él en la novela Un dios cotidiano”.
Y de la primaria, al Liceo Militar, otra beca para paliar la mishiadura. David ya no quería ser ingeniero agrónomo y veterinario, sino el Mariscal Montgomery, un milico democrático y con boina: “En los noticieros de la guerra se veía que los nazis eran rígidos, brutos. Los otros andaban de pulóver. Uno, inolvidable: en el medio del desierto, Rommel de un lado y de acá los ingleses. En una entrevista, el jefe inglés matando moscas con una paletilla mientras charla amigablemente con los periodistas”.
–¿Y Perón, Viñas?
–Qué quilombo, ¿no? Qué notables confusiones. Aquí había una formación liberal hacia la izquierda. Liberal populista. La definición del peronismo se hizo entre el ’43 y el ’45. Y uno no tenía relación con Santiago Carrillo, sino con el ministro de Educación: Hugo Wast. Ésa era la imagen que daban: educación religiosa obligatoria, todo el mundo boca abajo. ¿Qué era Perón? El que vio que eso no iba y se fue corriendo. El ’45 estaba en quinto año de Liceo Militar. El impacto fue que echaron a los profesores que yo más quería: José Luis Romero, Vicente Fattone y algún otro. Los motivos eran simples: habían pedido todo el poder a la corte. De locos: todo el poder a la corte. Eran la democracia más ingenua y fenomenal del mundo. Los sacaron a patadas. Quedaron los burócratas, los pobres tipos que hacían lo que podían. Muchos amigos de mi viejo se pasaban al peronismo. No por Perón, sino por Mercante. La gente de Forja que entra al Banco de la Provincia de Buenos Aires y a los ministerios. La pueblada venía una vez al centro, está bien, pero uno veía a los curas disfrazados enseñando latín y barriendo todo en la universidad. Yo estaba en la edad justa, la edad de las grandes pasiones como para amar u odiar al peronismo. Y el campo cultural del peronismo fue muy flojo. ¿Marechal? Marechal era un funcionario que tuvo un éxito, Adán Buenosayres, que la gente hacía cola para leer en la calle. ¿Qué otro? Como estudiante, vacilaba entre Letras e Historia. Pero me acerqué a un tipo, un tal Puente, que venía del viejo nacionalismo, y le dije que no iba a poder ir al Archivo de Historia por un problema de horario de trabajo. “No es asunto mío”, me dijo. Y seguí Letras, donde no había ese tipo de exigencias.
Letras, decía Viñas, y la mano hacía una fantasía por delante de sus ojos que no dejaba lugar a las dudas. Después miraba ceñudo a los ojos o hacia la frenética estampida de la avenida Corrientes. Y seguía: “Yo estaba fascinado con la cultura sartreana: teatro, novela, ensayo, lo que quería. Y empecé a trabajar en Losada como corrector, de modo que devoraba todo. Todo menos el realismo socialista y su Así se templó el acero. No militaba en ningún lado, sólo en la Fuba. No había centro de estudiantes y nos reuníamos en un sótano de la calle Las Heras. Y protestábamos contra la barbarie de la policía”. ¿Militancia?, se preguntaba Viñas y hacía otro gesto inconfundible: “Para militar había que tener mucho tiempo, y yo me aburría cantidad. ¿Sabés qué? No sirvo para convencer”.
Ajá. Viñas. El mismo David Viñas que, como si se tratara de la cosa más normal del mundo, contaba: “Mi viejo fue candidato a diputado nacional por el radicalismo. En la parroquia donde se presentaba mi viejo, de Belgrano a Parque Centenario, figuraba el domicilio de Eva Perón. Evita, recién operada, estaba internada en el policlínico de Lanús. De acuerdo a la ley, no podía votar fuera de la circunscripción, pero mi viejo tenía el estilo romántico, y decidió que la Señora votara fuera de la Capital. Para eso había que buscar un fiscal que fuera hasta el hospital. Ahora, ¿quién se animaba a poner la cara para ser fotografiado como antiperonista? Caí yo. Y me fui a tomarle el voto a Evita como fiscal de la UCR. Me escracharon a fotos, pero comprendí lo que era el peronismo oficial y el peronismo popular. En la habitación estaban todos los olfas. Pero, en los pasillos estaban las enfermeras que pedían tocar la urnita con el voto de Eva como si se tratara del Santísimo. Y afuera, afuera la gente, el pueblo arrodillado pidiendo por la salvación de esa mujer”.
David y las historias. El Che y la revolución cubana, la mitología en torno a sus peleas con otros escritores, la amistad con Oscar Masotta y Carlos Correas, la fundación de Contorno y la lucha ideológica para cambiarlo todo (igualito que aquella revolución francesa que no dejó nombre ni cosa sin modificar), el amor con Adelaida Gigli: “Era como Jean Moreau, una mina de puta madre. Una mezcla ítalo-gallega-argentina de locos. Escribía genial”.
David y los sueños y las pesadillas de los ’70: “Viví el inicio de la guerrilla en la Argentina con simpatía, pero de manera conflictiva. No creía en los fierros nacionales. Eso lo pensaba en relación con mis hijos: María Adelaida y Lorenzo Ismael, ambos militantes montoneros. Recuerdo que por aquellos años me encontré con un viejo amigo, trosko hasta la médula, que me dijo ‘con el General, papita pa’l loro’. Pero, decime, a ver, quién era el loro y quién la papita. Todos creían que se comían al General, mis hijos también. Y yo no podía creer en Perón, en él como jefe. Fui con ellos a la manifestación de 1974 cuando Perón los echó de la Plaza de Mayo. Reculamos contra la catedral, Lorenzo Ismael con un cadenazo en la espalda, y todos como moscas sin cabeza. No era momento para reclamarles el ‘yo te lo dije’”.
Y el golpe del 24 de marzo de 1976 que lo agarra trabajando en la Universidad de California. Fue a México, a España, y no había caso; quería saber qué pasaba acá. David volvió al país el 9 de julio del ’76. Aguantó hasta el 15 de ese mismo mes. Todos los que lo cruzaba le avisaban que era boleta (“yo no había tenido militancia activa. Era zurdo, sí, dale que va. Pero para ellos todo era lo mismo”).
Miraba la avenida Corrientes, David Viñas, y decía, la voz baja, gruesa de la Historia: “Tuve dos hijos, a los dos los desapareció la dictadura militar, y no quiero decir nada más. Pude conocer a mi nieta cuando tuvo 23 años. Mataron a su madre, María Adelaida, y a su padre, Carlitos. Estaban los tres en el zoológico y los cercó un grupo de tareas. A ellos dos se los llevaron chupados y dejaron a la bebita en un banco del zoológico. La encontró un tipo de casualidad a las horas. Y menos mal que tenía una medallita que decía Lorenzo Gigli. Este tipo buscó en guías y encontró al Lorenzo Gigli, pintor, en su casa de San Fernando. La hermana de Lorenzo y su marido, burgueses a la raja, ciudadanos norteamericanos los dos, la adoptaron y se fueron a vivir a Nueva York. Por suerte, ella hizo una separación y se fue a estudiar a California, donde se recibió de especialista en Derechos Humanos”.
Se fue, David. Y tenía 83 años. Todavía se escucha su voz grave, como la de la Historia: “Tuve exilios, cartas marcadas, hijos desaparecidos y muertos, libros escritos. Pérdidas. Me queda la tradición oral, el recuerdo, lo que no pudieron sacarme. Es la Argentina, viejo, la voz de la Argentina”.
• GUÍA O VIÑAS BÁSICO
Autor de novelas, ensayos, cuentos y guiones de cine y teatro, entre sus obras figuran Cayó sobre su rostro, Los años despiadados, Los dueños de la tierra, Dar la cara, Las malas costumbres, En la semana trágica, Hombres de a caballo, Jauría, Cuerpo a cuerpo, Ultramar, Indios, ejército y fronteras, Anarquistas en América Latina, Claudia conversa, Menemato y otros suburbios, Tartabul.


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