"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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martes, 26 de febrero de 2013

El primer paso en Bolivia


Bolivia es bella.  Así lo he ido viviendo, percibiendo desde aquel ocho de enero en que temprano en la mañana cruce un puente, un insulso puente como cualquier otro, pero este es el que dice que de un lado está La Quiaca, Argentina y un par de pasos más allá se encuentra Villazón y tras esa puerta toda Bolivia.
Recuerdo que estando parado allí, a metros de pasar al país vecino me recordé cada una de las ideas que uno se hace de una frontera.  No era la primera vez que abandonaba el país pero si era mi primera vez a pie.
Ya en el punto fronterizo, aun en Argentina, lo primero que llamó mi atención fue una inmensa caravana de hombres y mujeres con carros apoyados en ruedas de bicicleta que hacían fila y gritaban como bocinas apurando al de adelante cual un dominó que cae incesantemente.
Lo segundo que llamó también mi atención fue ver como argentinos y bolivianos, sin mochilas, sinónimo de que no eran turistas o mochileros según se prefiera, pasaban de un lado al otro como quien pasa de su barrio al barrio vecino en una misma ciudad.  Unos y otros según el lado a donde vivieren pasan al país vecino a aprovisionarse o a comprar mercadería para la reventa.
Cuando me hablaban de Bolivia, de la ciudad fronteriza de Villazón me hacían a la idea de que era como el famoso barrio de Once en Capital Federal, Argentina.  Lleno de mercados de todo tipo de productos “truchos”, falsos y con abundante mugre y desorden.  Yo en cambio no encontré eso.
Claro que inmediatamente que uno cruza el puente te recibe una avenida repleta de negocios de ropa, adornos y recuerdos, artículos electrónicos de todo tipo, casas de cambio que según su ubicación te ofrecen uno o dos centavos más que la otra al momento de cambiar y cuanto vendedor ambulante se les ocurra.  Personalmente encontré aquel inmenso bazar: atractivo, el sueño de los compradores compulsivos, pero no feo, en absoluto.  Tal vez, a la distancia de aquel martes ocho de enero, esa avenida era un recibimiento, una muestra de lo que me esperaba en Bolivia.  Un país muy distinto de lo que he conocido a través de cuanto libro de historia me ha llevado leer mi profesión.

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