"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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domingo, 15 de enero de 2012

Enero y la historia

Un día como hoy, 15 de enero, aunque sábado en aquel 1944, hace de esto 68 años, ocurría un terremoto en San Juan. “El terremoto de San Juan”.
Muchas veces la historia se construye con datos duros, serios, chequeados hasta el paroxismo. Por ejemplo: la tragedia ocurrió a las 20.52 de la noche y tuvo su epicentro 20 kilómetros al norte de la ciudad de San Juan, muy cerca de La Laja, en el departamento Albardón. Tuvo una profundidad de 30 kilómetros. Su intensidad (que abarcó cerca de 200 kilómetros cuadrados) fue de 9 en la escala de Mercalli y de 7,4 en la Richter, lo que significa, técnicamente, daño considerable en las estructuras de diseño bueno, desplome de las armaduras de las estructuras bien planeadas, grandes daños y derrumbes parciales en los edificios sólidos, agrietamiento notable del terreno, rotura de las tuberías subterráneas. Los especialistas midieron en la falla La Laja, luego del sismo, un desplazamiento vertical de 22 centímetros y uno horizontal de 25. En el departamento Albardón (y en varias localidades vecinas) se registraron fenómenos de licuefacción: surgencia de aguas y formación de volcanes de arena. En la quebrada de Ullum cayeron rocas y en la localidad de Zonda hubo hundimientos de áreas cultivadas y formación de grietas con escapes de agua y arena.
Todo duró entre 15 y 20 segundos. El tiempo más que suficiente para hacer caer el 80 por ciento de los edificios y la casi totalidad de las casas (el resto de las construcciones sería demolido días después por el temor al derrumbe) y matar un número de personas que, en los primeros momentos, se estimó en 12.000. Recién en 2002, los estudios publicaron el número casi definitivo de víctimas: cerca de 8.000. La ciudad contaba, entonces, con 80.000 habitantes.
La región cuyana, lindera a la cordillera, tenía varios antecedentes de movimientos sísmicos, anteriores y posteriores a 1900. Claro que ninguno con la violencia del de ese fatídico 15 de enero de 1944.
Quizá por eso, el diseño urbanístico de San Juan no difería demasiado, por más inverosímil que suene, con el que había trazado Juan Jufré en 1562, poco después de la fundación de San Juan de la Frontera. Los inmigrantes españoles e italianos del siglo XIX modificaron algo al duplicar las estructuras de sus hogares abandonados en busca de la nueva tierra. Crecieron los patios interiores de influencia árabe y las casas chorizo donde se amasaban fideos, pero San Juan era casas de adobe, veredas angostas y calles de una sola mano.
El terremoto cambiaría todo. Datos duros, durísimos. La historia cuenta que de norte a sur comenzó la campaña de ayuda a la provincia devastada. Y en esa reconstrucción se jugaron valores y proyectos de país tan duros como los datos.
La primera discusión luego del terremoto se generó entre quienes buscaban, de manera radical, relocalizar la ciudad fuera de la zona de riesgo y quienes querían reconstruirla allí donde estaba. San Juan estaba marcada por el monocultivo vitivinícola. Cualquier proyecto a futuro que tratara de transformar algo, debía enfrentarse al poder local que usaba la tierra y la estructura general para continuar con su dominio. La ciudad se mantuvo en su lugar, beneficiando a los más poderosos.
Luego, el Consejo Nacional de Reconstrucción, creado por el Ministerio del Interior, planteó en el Código de Edificación para San Juan el nuevo modelo de vivienda: cimientos de piedra bola y hormigón armado; vigas y columnas de hierro y hormigón; veredas anchas y calles de doble sentido y bulevar en el medio para contener a la gente si debía salir de sus casas en caso de catástrofe.
El historiador norteamericano Mark Healey (quizás el mayor estudioso del terremoto y sus consecuencias) aportó sus propios datos duros al respecto: “Las casas de emergencia que se hicieron en San Juan fueron el primer intento a escala masiva de construcción de viviendas por el Estado”.
Pero las primeras viviendas las adjudicó el gobierno provincial, con muchos funcionarios pertenecientes a fracciones de militancia católica. Se crearon 25 barrios: algunos más pequeños y mejores, otros más grandes y sin tantas exigencias. Los diarios publicaban las listas de los adjudicatarios y sus profesiones. Para los barrios chicos figuraban “modistas”, “médicos”, “abogados”. En los más grandes, abundaban “jornaleros” y “obreros”, sin demasiadas precisiones. La lucha de clases parecía reproducirse en la ayuda social. Recién a fines de los ’40 o principios de los ’50, con el accionar en la zona de la Fundación Evita, las casas se asignaron de manera más democrática.
Claro que en 1944 Argentina ya era Argentina y los argentinos ya éramos los argentinos. De modo que no faltaron las dudas y los reproches (los guiños tipo “a mí me la vas a contar”, los “tengo un muchacho amigo que sabe y me dijo que…”) con lo recaudado. El gorilaje cantaba por entonces “Perón, Evita: / ¿adónde está la guita / que San Juan la necesita?”. Y otros grupos, con música de aserrín / aserrán, coreaban el “¿Dónde están, / dónde están / los dineros / de San Juan?”.
Después, tiempo después, San Juan resurgió de su derrumbe. Datos, datos duros, historia.
Pero quizás haya otra forma de contar la historia. Y muchas veces esa otra forma aúna todos los “datos concretos de la realidad concreta”(como se decía en ese tan lejano hace poco) y le suma ciertas particularidades. Esa otra forma de contarla hace centro en el sábado siguiente al terremoto. Exactamente a las 22.14 de la noche del 22 de enero de 1944. Exactamente en el estadio Luna Park, acondicionado para el festival que recaudaría fondos para las víctimas del terremoto y esa reconstrucción de San Juan que tantos problemas traería.
Hasta allí llegó el coronel Perón; hasta allí llegó la actriz Eva Duarte: allí se conocieron. Ella dijo, por letra de Manuel Penella de Silva en La razón de mi vida: “Me puse a su lado y cuando pudo escucharme, atiné a decirle con mi mejor palabra: ‘Si, como usted dice, la causa del pueblo es su propia causa, por muy lejos que haya que ir en el sacrificio no dejaré de estar a su lado hasta desfallecer’”. Las cámaras que estuvieron aquella noche muestran los labios de Evita sin sonido reproduciendo ante la atenta mirada de Perón un “gracias por existir”. No importa si fue lo primero o lo segundo. La historia, enorme, la que contiene en un segundo todos los datos, la contó Tomás Eloy Martínez cuando escribe en Santa Evita (otro enero, esta vez de los ’90) aquel encuentro: “Dieciséis son los noticieros que narran el terremoto y el encuentro de una semana después. Sólo uno de ellos, el de México, extiende el relato hasta su previsible final. Deja desfilar por el escenario a las actrices María Duval, Felisa Mary, Silvana Roth. Después, cuando los músicos de Feliciano Brunelli disponen sus atriles, muestra a Evita alejándose por el pasillo central del Luna Park. Una de sus manos empuja (o así parece) la espalda de Perón, como quien ha tomado posesión de la historia y se la está llevando adonde quiere”.

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