"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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domingo, 15 de abril de 2012

Entrevista a Alejandro Dolina

“El artista se parece a un vendedor ambulante” El conductor de La venganza será terrible acaba de editar Cartas marcadas, un libro en el que reaparecen los entrañables personajes de Crónicas del Ángel Gris, por las calles de Flores.

En Cartas marcadas me encontré con personajes que te pueblan hace muchísimos años, desde Jorge Allen o el polígrafo Manuel Mandeb hasta el Ruso Salzman. Me pregunto entonces qué tendrá que ver este libro con las Crónicas del Ángel Gris.
–En realidad aparecen bajo una forma más verdadera. Son sujetos un poco más canallas, más oscuros y un poco más descreyentes que en aquellas apariciones más luminosas, más parecidas a cuentos de hadas en las historias del Ángel Gris. Éstas son un poco oscuras, más parecidas a cómo deben ser en realidad los personajes. Los que antes llamábamos hombres sencillos de Flores para señalar a los hombres de fe, y los que llamábamos refutadores de leyendas, para señalar a los cientistas, no existen en estado puro sino encerrado en manicomios. En realidad todos somos una mezcla de creyentes y descreyentes, de hombres sensibles de Flores y refutadores de leyendas. Y así, más verdaderos, me parece que son estos personajes de este libro nuevo.
–¿Y tiene esto que ver también con la época del Ángel Gris, que era una época luminosa? Recuerdo que en la revista Humor nos traía alegría, nos sacaba de la angustia.
–Bueno, sí. Pero ahora quizá tenemos algunas alegrías reales cada tanto bajo la forma de un largo regreso del infierno. El camino de regreso del infierno siempre es un camino hacia la luz.
–Uno dice novela, sin embargo al final se encuentra una bibliografía, o sea que te detuviste a leer a algunos poetas como Prévert, algún dramaturgo llamado Shakespeare, algún filósofo llamado Hegel.
–Más que una bibliografía es el reconocimiento de un saqueo. Ahí aparece, por ejemplo, el personaje de Nadine, que solo habla citando a poetas.
–En tu tarea novelística tenés que pasar del tipo sensible al analítico, del tipo que de repente tiene una iluminación al que tiene que guiarse por una trama...
–Creo que hay, finalmente, aunque a uno le cueste reconocerlo, un oficio. El oficio de contar, y de contar historias. Ese oficio tiene sus trampas, tiene cosas que son artificiales. Uno no siempre escribe lo que le han contado. Suele pasar que preguntan: ¿Escribe sobre cosas que le pasaron? ¿Eso le pasó a usted? No. Uno tiene por ahí la pequeña destreza de contar relatos y tiene también quizás la necesidad de que lo quieran, por eso escribe. Escribe porque tiene la destreza. Y escribe porque desea que lo quieran. Yo no estoy seguro, si no hay cosa que me emocione más que alguien que vende, que ofrece algo que se le ha ocurrido, algo que ha construido y trata de que los demás lo quieran a través de esa oferta. Se parece mucho el artista al vendedor ambulante. Está proponiendo algo demasiado humilde para ser querido con mucha ansia y por lo mismo, por lo difícil del asunto, el artista se parece a un vendedor ambulante cuyos productos son pequeños, son tristes, son baratos.
–Sé que es difícil decir si esto te pasó, pero me pregunto, en Cartas marcadas, ¿cuántas cosas te pasaron...?
–Pero claro que sí, me pasó. La primera respuesta es no, no me pasó, pero cuando uno sigue pensando se da cuenta de que sí ha pasado, y se da cuenta de que otros más ilustres que uno han contestado esa misma pregunta. Y está la famosa respuesta de Flaubert cuando alguien le pregunta: ¿Quién es Madame Bovary, usted la conoció, en quién se inspiró? Y él dice: soy yo. Y todos los personajes de la novela, los que se contradicen, también son el escritor. Así que sí, todo eso me ha pasado y si no lo dije antes es porque no me había dado cuenta. A todos nos pasan cosas que no sabemos que nos pasan.
– ¿Y te van pasando a medida que escribís o primero sentís que te pasan y tenés la necesidad de ir a escribir? ¿Tenés un ritual de horario?
–No, no. No puedo. Escribo con muy poca facilidad realmente y con mucho arrepentimiento. Tengo algunos momentos en que me creo bastante bueno y escribo un largo rato. Y después sobreviene el arrepentimiento; me arrepiento de lo que he escrito. Así que no tengo esa suerte de momento perfecto que puede llamarse inspiración, que es cuando uno tiene las ganas de escribir, la facilidad para hacerlo, la rapidez de la ocurrencia. Yo, ya en el mismo momento de escribir, estoy arrepintiéndome de hacerlo. Entonces sufro. Escribo con mucho sufrimiento, con mucha lentitud, y la única ventaja que tiene esto es la sospecha que uno tiene de no ser demasiado bueno. Creo que la peor desventaja del canchero es que cree que siempre está fenómeno. Y el que cree que siempre está fenómeno, alguna vez, más tarde o más temprano, va a caer en el pozo de los giles. Así que yo prefiero ser, y creo que todo astuto debe ser, antes que nada, desconfiado. Y el buen escritor tiene que ser buen lector y desconfiado de sí mismo. Y por ahí, cada tanto, de tanto perseverar, acertar.
–En el libro aparece la explicación de una palabra en chino (huan chin punao) que vos relatás como la célebre técnica sexual taoísta que permitió al emperador complacer a 1.200 concubinas…
–Una atrás de la otra.
–Sin resentir su salud.
–Así dicen, efectivamente. Los taoístas estaban siempre muy pendientes del sexo porque lo relacionan mucho con la inmortalidad. Entonces, era igualmente importante aprender una forma de respiración, que según ellos consistía en ir retardando el número de inspiraciones y expiraciones por minuto hasta llegar a la hora y media, y claro, el que conseguía la destreza de estar una hora sin respirar obviamente era inmortal. Esa misma destreza aplicada al sexo conseguía declarar inmortal a aquel que pudiera complacer a tantas señoras como deseara sin resentir su salud.
–Al principio hacés un relato que me pareció una gran advertencia respecto de un tema que tratás siempre: qué es la memoria, qué es el relato, cómo se construye la memoria. Y hablás de una historia de chinos en la cual sus disfraces, la impersonalidad a través de la representación, los lleva a tener una memoria colectiva.
–Sí, es un lindo relato. Está hecho a manera de prólogo. Debe ser de algún otro. Justamente tiene eso que vos has dicho y también algo que surge de todo esto que es la duda acerca del propio ser, el disfraz, la memoria inconstante, finalmente trae una duda acerca de quién es uno. Yo creo que la novela toda tiene como tema central la inconstancia del ser, la inconstancia del sujeto. Y aquel que en un principio parece ser Juan, es luego Pedro, y lo que parece ser un mero juego de disfraces, de ocultaciones, no es otra cosa que la vida. La niebla de Flores, esa dificultad constante que hay en el barrio, donde todo el mundo se confunde, es, después de todo, la dificultad que tenemos de percibir y de conocer.
–Dejame recordar las calles a ver si sigo bien: Juan Bautista Alberdi y Avellaneda, Boyacá y Nazca, ¿puede ser?
–Está perfecto, sí.
–En ese cuadrado, en esa zona de niebla verde suceden cosas, y yo siempre me pregunté tu vínculo con Flores, además del poético, ¿qué otras referencias tiene, que podamos saber y no incluya las 1.200 doncellas?
–El capricho. Y otro detalle: yo vivía en Caseros cuando inventé estas historias; un lugar muy poco literario. Uno, por ejemplo, dice que las historias ocurrieron en Caseros, y la primera media hora o diez páginas tiene que emplearlas en explicar a dónde queda. En cambio Flores es un barrio típico, que uno rápidamente cita, como el oficio del carpintero como primera cosa que a uno le viene a la cabeza. Diga un oficio: carpintero. Nombre un barrio cualquiera: Flores. Esa es una virtud literaria: ser reconocible sólo por el nombre, sin necesidad de explicaciones vanas. Así que es simplemente un capricho literario, una comodidad del escritor.
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