"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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domingo, 25 de marzo de 2012

Los hijos de los días

Así se llama el nuevo libro de Eduardo Galeano. Tiene forma de calendario. De cada día nace una historia. Ya los hijos de los días se están echando a caminar en librerías. Aquí se ofrecen algunos.
AGOSTO 30

Día de los desaparecidos


Desaparecidos:

Los muertos sin tumba,

las tumbas sin nombre,

las mujeres y los hombres que el terror tragó,

los bebés que son o han sido botín de guerra.

Y también:

los bosques nativos,

las estrellas en las noches de las ciudades,

el aroma de las flores,

el sabor de las frutas,

las cartas escritas a mano,

los viejos cafés donde había tiempo para perder el tiempo,

el futbol de la calle,

el derecho a caminar,

el derecho a respirar,

los empleos seguros,

las jubilaciones seguras,

las casas sin rejas,

las puertas sin cerradura,

el sentido comunitario

y el sentido común.





SEPTIEMBRE 11

Día contra el terrorismo


Se busca a los secuestradores de países.

Se busca a los estranguladores de salarios y a los exterminadores empleos.

Se busca a los violadores de la tierra, a los envenenadores del agua y a los ladrones del aire.

Se busca a los traficantes del miedo.



Para seguir descubriendo y leyendo otros días clickeá el link:

LA HISTORIA DE MARIA RAMIREZ, A QUIEN UNA JUEZA DE LA DICTADURA CONDENO A UN HOGAR DE MENORES

“Era un infierno y yo me sentía enterrada viva”
Cuando desapareció su madre, su padre estaba en la cárcel y, aunque su familia los reclamó, María y sus dos hermanos fueron depositados en un hogar de menores, donde sufrieron abusos y pasaron hambre durante siete años.

Final del formulario

Las madrastras o las cenicientas de los cuentos de los hermanos Grimm no alcanzan para imaginar lo que sucedió en Buenos Aires a partir de la noche del 14 de marzo de 1977. Después de un operativo, la policía depositó a tres niños en una casa de huérfanos de Banfield en la que conocieron durante siete larguísimos años el socavón del infierno del que todavía, en ocasiones, no terminan de entender si de verdad han salido alguna vez.

“Nos despertaban con agua fría a la mañana”, explica María Ramírez, una de aquellos niños. “Nos daban de tomar el mate cocido y un pan con azúcar y manteca y después íbamos a la escuela, pero yo me dormía por lo que había vivido a la noche. A la hora de comer, como el ambiente en la casa era muy tenso porque el viejo Manuel aparecía y siempre tiraba cucharas y se enojaba con algo, yo no comía. No me gustaba la comida y a veces me ponía muy mal y me castigaban. Me hacían ir a comer con los perros. Me sacaban al patio, y ahí comía en el plato de los perros. Era un asco, pero hasta los perros son más humanos que la gente, así que no era tanto el asco que yo sentía en esos momentos.”

María es la hermana del medio de los tres hermanos Ramírez, que son parte de una de las historias dramáticas de la dictadura argentina. Tenían 2, 4 y 5 años de edad cuando miraban el operativo en el que un grupo de tareas secuestró a su madre. La policía los abandonó en el Casa Belén, que dependía de una parroquia de Banfield, y sus nombres entraron en un expediente en el que la jueza de Lomas de Zamora Marta Pons se negó a devolverlos cuando una tía los reclamó, porque su padre estaba en la cárcel. La jueza rompió los papeles con sus nombres delante de los empleados, y de viva voz exclamó una frase que aún se recuerda en la Justicia: “Son hijos de un paraguayo montonero que desafió la Constitución Nacional y no merece recuperarlos”. Con los papeles, Pons rompió además en pedazos la única puerta de salida del infierno.

Para entender qué pasó con estos niños hay que saber que María estuvo desde los cuatro hasta los once años encerrada en el Hogar. Que, de noche, la casa conoció escenas similares a las de un centro clandestino. O que ella tenía que enterrar las monedas que alguno de los militares, asiduos concurrentes, le entregaban cuando empezaron a abusarla. Que cuando se subió a un avión en 1983 con destino a Suecia todavía no sabía leer o escribir; que enmudecía por espasmos, que no comía y que un día, muchos años después, entre intentos de quitarse la vida, tomó clases de pintura y los profesores corrieron por el espanto de lo que empezaron a ver en sus cuadros.

Pocos meses atrás, ella logró empezar a ordenar algo de todo eso volviendo al origen: el barrio de Quilmes. Con la ayuda de muchos, de especialistas del Centro Ulloa, del Ministerio Público Fiscal, del Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial, de Amnistía Internacional y del intendente de Quilmes, Francisco “Barba” Gutiérrez, que fue compañero de sus padres, recuperó la casa en la que vivió hasta los dos años. Frente a esa casa, en una celebración, desnudó una pintura que hizo con la cara india de su madre. Y mientras la presentó y volvía a mirarla, contó que en ese lugar, en el que tuvieron un almacén, fue el único en el que había sido feliz. Más tarde, estuvo en el Parque de la Memoria y algo empezó a cambiarle adentro: leyó el nombre de su madre desaparecida, por primera vez, en algo semejante a esa especie de cierre que puede ponerle a la historia un ladrillo o una lápida.

–Ahí pude llorar y llorar –dice–: cuando llegué, sentí que pude tocar algo de todo eso tan abstracto, y que me reencontraba con ella.

–¿Supiste qué le pasó?

–Sé que la llevaron a alguna parte, parece que la mataron.

–¿La vieron otros sobrevivientes? ¿Hay datos?

–No, creo que tampoco he tratado de profundizar mucho porque me cuesta mucho saber qué pasó. Me bloqueo, y es porque en realidad yo a mi madre la veo viva. He vivido con la esperanza de que la voy a encontrar. Y cuando pierdo la esperanza, me cuesta aceptarlo. Ahora que recuperamos la casa donde teníamos el almacén, siento que ahí se quedó más presente mi madre, pero también la pequeña infancia que tuvo un poco de felicidad y de familia. El sentido del juego y el cariño estuvieron ahí: en esos dos años.

–Cuando tenías dos años se fueron de esa casa porque detuvieron a tu padre. ¿Qué hicieron después?

–Vivíamos en distintas partes, clandestinos. Pasamos por distintas casas. Dos años después, cuando nos secuestraron, estábamos viviendo en Quilmes. Esa noche vino toda la tropa, no quedó casi nada, me acuerdo cómo entraban las balas o del perrito que se esconde atrás de la congeladora. No sé cuánta gente había, pero me acuerdo que nosotros salimos por la ventana con la ayuda de nuestra madre.

En primera persona

Cuando recuperó la casa-almacén, María leyó un texto escrito por ella en el que anudó algunos tramos de su historia. Un relato todo corrido que hasta entonces no había podido hacer porque al intentarlo se quedaba muda o, vuelta a vuelta, los recuerdos la sacudían y parecían capaces de voltearla a un cementerio. Ahí, en el texto, sobre los tramos del operativo y los primeros días en la Casa Belén, escribió:

“En la madrugada del 14 de marzo de 1977 fue el último abrazo de mi madre cuando estábamos rodeados de militares y las balas entraban por todas partes. Era terrorífico el operativo, las balas no terminaban de tirarnos. Yo tenía 4 años; Carlos, 5 y Mariano, 2. ¿Por qué pasó todo esto? ¿Por qué tuvimos que salir por la ventana de atrás? ¿Por qué vos no? Antes de saltar afuera, nos abrazaste fuerte y largo. No era un abrazo común: era un abrazo de ¡despedida! Me recuerdo de tus últimas palabras: ‘María te quiero’, e igual a mis dos hermanos. Y también la promesa que te hicimos de cuidarnos uno al otro”.

Después, sigue, “caímos en las manos de la jueza Pons, que conscientemente nos hizo desaparecer poniéndonos como NN. Cuando llegamos a la Casa Belén nos bautizaron de nuevo y nos cambiaron el apellido a Maciel. Recibimos el apellido del militar del hogar. Los nuevos padres nos exigían decirles: ‘mamá’ y ‘papá’. Era algo imposible. Pero cuando yo no aguantaba más los golpes, me entregué a llamarlos así: ‘mamá’ y ‘papá’ a Manuel y Dominga”. Les pusieron padrinos militares. “Mi nuevo padrino me llevaba a su trabajo que eran centros clandestinos donde las paredes tenían más sangre que pintura. En una ocasión no me dejaron entrar porque adentro había gente ‘trabajando’. Podía escuchar la música muy fuerte, las ventanas estaban cerradas. Pero mientras esperaba a mi padrino podía diferenciar que en el fondo de la música había gritos de personas. Gritos de dolor. Ese hogar era un infierno, era una cárcel para niños. Ahí estuvimos casi ¡siete años! Eramos ocho NN. ¡Yo me sentía enterrada viva! Porque el trato era inhumano, había falta de cariño y vida.”

Desencuentros y encuentros

La jueza Pons la recibió una vez con una bandeja llena de medialunas. Como en el hogar pasaban hambre, aquello se convirtió en una trampa: la jueza buscaba que María renuncie a la tenencia impulsada por su padre. Mientras a la niña se le derretían los ojos por las medialunas, la jueza le susurró que su padre no la quería, que seguramente iba a venderla en el exterior.

–¿Cómo era finalmente esa Casa Belén?

–Era un pequeño hogar, chiquito, de once personas. Ahí vivía una familia, Manuel y Dominga con sus tres hijos. Hacia afuera estaba todo bien: cuando nos sacaban a la calle siempre nos peinaban; yo me sentía una muñeca, me vestían muy bien. Después, al regresar, te sacaban todo, y era empezar a limpiar, te pegan y te hacen comer con los perros. Te humillaban tanto que uno no sabía por qué hacían todo eso. ¿De dónde venía ese odio? Hasta que entendés que es por tus padres, para que no salgas como ellos. Esa era la razón.

–¿Qué les decían a ustedes?

–Yo tenía una imagen apenas dibujada de mi viejo, porque lo había visitado alguna vez cuando era muy chica en la cárcel. Pero de mi madre no podía decir nada. Ellos me decían: “Tu mamá es una prostituta y hace esto y aquello”. O: “ella no te quiere, te abandonó”. Y yo sabía que todo era mentira. Tenía muchos recuerdos de ella positivos y entendí que me estaban engañando y no quería creer lo que me decían. Ese, al final, fue mi secreto: me dije que nunca iba a decirles que tenía a ella en la memoria. No hablaba, evitaba responderles y si me preguntaban si me acordaba algo de mi madre, les decía que nada. Yo entendí que eso era lo que querían de mí. Y así fue, pero a ella la tenía como a mi ángel: a veces en la soledad, uno puede hablar con alguien y yo pensaba que con ella, de esa manera, podía compartir mucho, porque también estaba prohibido hablar entre nosotros. Había que vivir en silencio. Nadie te pregunta cómo estabas, solamente eran órdenes.

–Parece un cuento de terror.

–Siempre que tenían cosas ricas para comer, las cosas dulces, se las comían ellos. Nos daban lo que sobraba. Realmente, desde afuera se veía todo perfecto, pero adentro era un infierno total. Era muy clara la idea que tenían de cómo romper con el interior de cada persona, porque nosotros éramos basura para ellos: a mí me pegaban para que les dijera mamá y papá y al comienzo no quería porque la señora esa era una bruja. Yo tenía cuatro años. Mi mamá era algo hermoso, cariñosa y ésta era totalmente distinta.

–¿Quién era Manuel?

–Era un milico. Trabajaba de noche y tenía su ropa militar. La casa era una base operativa durante la noche y de día venían siempre los militares, tenían reuniones en el comedor. Las noches eran momentos terroríficos. Hoy mismo todavía me cuesta dormir por todo eso. Ellos tenían sus reuniones y después pasaban por el dormitorio de las niñas: yo no podía dormir por los abusos sexuales y por el miedo de que nos separen a los tres.

Los abusos empezaron a los siete años

–También el hijo de Manuel tocó a todos los chicos, a mis hermanos y a mí. Toda la parte de sexualidad ahí adentro fue un desastre. También venían los compañeros de Manuel y abusaban. Y Dominga se hacía la tonta, la que no sabía nada, pero después venía y me pegaba porque decía que yo era una puta. Cuando se iban me dejaban una moneda. Y yo decía: “¿Y yo qué voy a hacer con esta moneda? Si me la encuentran, me matan” y tuve que enterrar esa plata para que no la vieran. Esa fue la peor parte. Me obligaban a hacer cosas para que ellos se puedan reír y eso todavía lo estamos sufriendo.

–¿Volviste a la casa?

–Volví hace diez años y lo primero que miré fue la puerta: era la misma. Y lloré. Me dije: “Salí del infierno de esa casa y la puerta era la referencia: he salido de ahí”. Después me fui al gimnasio al que iba siempre, que era parte de un descanso que me hacía como una forma de meditación para aguantar los golpes. Hace un tiempo me dan ganas de volver acá, volver a Quilmes, estudiar arte, español y agarrar esas posibilidades que nunca he tenido acá porque yo no pude estudiar. Me fui analfabeta a los once años. No sabía ni escribir ni leer, era un desastre, porque dormía en la escuela, como no dormía de noche porque me venían a molestar. Me costaba la concentración y, bueno, me dormía de día. No aprendí mucho, solamente lo poco que podía memorizar, pero después fue un quilombo poner el sueco arriba de todo eso, mi padre no sabía que yo no sabía: era una selva.

–¿En la escuela no se daban cuenta de lo que pasaba?

–Me parece que había una maestra que se daba cuenta de algo, pero después desapareció. Siempre pasaba lo mismo, apenas me empezaba a encariñar con alguien o cuando había alguien que me atendía mejor, luego no la veía más. De eso sí que me daba cuenta. También fui a pedir ayuda a un cura, pero me cerró las puertas.

–¿Cómo lograron irse?

–Mi tía nos encontró, un grupo de psicólogos empezaron a ir a tratarnos. Ellos estaban preparándonos para el reencuentro con mi padre. Ya eran los tiempos de la democracia. Me acuerdo de la sensación que sentía cuando nos venían a buscar, para mí era una felicidad salir a comer un helado, ir a comer una pizza, ir a jugar o poder ir al parque. Una vez que estaba tan contenta me olvidé de saludar antes de irme, y cuando volví estaban Dominga y Manuel y al entrar me vino la paliza. “¿Por qué no saludás? ¿Ya estás cambiando?”, me decían. Y así empezó. Teníamos un permiso que solicitaban esos psicólogos. Rubén, que era uno de ellos, nos llevaba afuera, al Planetario. Yo nunca había estado ahí. Siempre había estado a no más de dos o tres cuadras. Era mucho ya ir a un parque. Ya te mareaba. Había alguien que te miraba y te preguntaba cómo estabas. Era muy fuerte para mí, “alguien me ve”, decía.

–¿Cómo fue el encuentro al final con tu padre?

–Ellos estaban preparando el encuentro con mi padre. Cuando lo vimos en el aeropuerto no fue un ¡¡hooooooooola papá!! ni mucho menos: él se quedó muy en shock. Y nosotros, lo mismo: decíamos, “¡qué te vamos a extrañar!”. Fue duro el cambio, a pesar de todo. A mi padre no lo quería. Sentía desconfianza, creía que no era mi padre. Mucho tiempo estuve así, casi quince años. Ahora estamos mejor, se puede entender pero, por Dios, yo decía: “Tanto que me hiciste sufrir, todo esto es tu culpa. Es tu culpa todo lo que he perdido. ¿Tengo que estar agradecida? ¿Estar en otro país? ¿Si acá me siento como un marciano?”.

–Una marciana en Suecia.

–No tenía ninguna conexión con ese país y me he sentido así, bastante marciana, durante mucho tiempo. Cuando todavía era chiquita creía que era fea. Me rompían la cara; me decían, “negra”, de todo. Todo el tiempo hubo problemas hasta que a los 17 años me cansé, hice un cambio buscando mi propia vida. Poco a poco algo fue pasando. Yo corro maratón de 42 kilómetros y para mí es una expresión de libertad; es una filosofía, son cuatro horas de no pensar en nada, sólo de mantener el equilibrio. Un poco creo que puedo aplicar eso en la vida, como la parte de tener una visión más o menos justa y de trabajar hacia ese proceso. Eso es lo que quiero hacer también pensando en Argentina.

–¿Tenés ganas de volver?

–Cuando vine anteriormente siempre me he enfermado. Por las secuelas que me vienen, todo lo que he vivido se repite de nuevo. Es como un disco, y yo sólo pienso que es lo que llaman postraumatismo: me quedo traumatizada de nuevo, entonces, no como, no hablo y me enfermo. Y entonces tomo distancia, pero ahora con la psicóloga estoy pasando un momento que es un milagro, porque me di cuenta de que puedo trabajar estando acá: no necesito viajar allá, puedo cambiar y tomar distancia y esa es la nueva tarjeta que en este momento triunfa. También me doy cuenta de que puedo expresarme en español, estar en el presente y no por hablar en español estar en el pasado. La vuelta a la casa también fue una medicina bastante fuerte. La he vivido, tengo los vecinos, he abierto algo social, y esa fue la primera vez que hablé. Y “el Barba” y otros se sorprendieron porque nunca me escucharon hablar. Y ahí me decidí y hablé porque, como varias veces me pusieron un arma y me dijeron: “Si hablás alguna vez, click: te vamos a matar”. Me ponían el arma en la cabeza para demostrarme que era verdad, pero ya atravesé un poco ese miedo.

–¿Qué pasó con tu vida en estos años? ¿Te casaste?

–No. Pero me casé conmigo misma. Ahí empezó la vida, cuando terminé la carrera de enfermería me compré este anillo, en 2003. Estas cosas tienen algo que es que uno sufre y se enferma y todo esto joroba mucho la mente y la parte de un suicidio se ve venir. Por eso tengo el anillo: porque los demonios son muy fuertes a veces.




Final del for

Legajos docentes que ahora dirán la verdad

Final “Abandono de cargo.” Con ese eufemismo, la dictadura completó los legajos de cien maestros desaparecidos de la provincia de Buenos Aires. Hoy, en un acto en el que van a participar los presidentes de 60 centros de estudiantes de la provincia, esta situación se va revertir: la titular de la dirección de Educación de la provincia, Silvina Gvirtz, dará a conocer una resolución por la cual los legajos de los maestros desaparecidos van a completarse con la leyenda “Desaparición forzada”. Además, se le entregará el certificado analítico del secundario con su verdadero nombre a Francisco Madariaga Quintela, quien recuperó su identidad y a su papá hace dos años y a los centros de estudiantes les legarán urnas que se usaron en las elecciones de 1983.

“Mi mamá pintaba las paredes de la escuela, hacía las cortinas, despiojaba a los chicos, y yo siempre que me imaginé su desaparición pensé en esos chicos que de repente se quedaron sin maestra. Siempre me conecté desde ahí con ella, y creo que esto sirve para darle un cierre a las cosas, de darle un sentido y que no sea ‘bueno, un día no estoy más’.” Con esas palabras resumió el proyecto la responsable del programa de Derechos Humanos y Educación, Julia Coria. Su mamá, María Esther Donza, era maestra de grado. Fue secuestrada el 19 de febrero de 1977, en Adrogué. “Este es un acto de reparación para los maestros que, como Donza o Haroldo Conti, nunca abandonaron la pasión por la enseñanza”, explicó Gvirtz a Página/12.

–¿Cuál es el objetivo de cambiar el rótulo en los legajos?

–Por un lado, es un acto de reparación. Por otro lado, con lo de Francisco (Madariaga Quintela) se está restituyendo un derecho no individual, sino colectivo, que es el derecho a la identidad, acompañando el trabajo incansable de las Abuelas.

–¿Cambiar de “abandono del cargo” por “ausencia por desaparición forzada” es una medida simbólica?

–Es mucho más que eso. Es pasar de una mentira a una verdad; de un legajo donde se oculta al docente a un legajo donde el docente es víctima del terrorismo de Estado. Es un acto de justicia.

–¿Cómo trabajan este tema con los alumnos?

–La tesis doctoral de Julia Coria es sobre este tema, cómo se trata en la escuela el Día de la Memoria, y la conclusión es que cada vez se trabaja más y mejor: hay pocas escuelas que no lo trabajan correctamente y sobre las que hay que insistir. Recordar esta fecha es una política de Estado desde el 2003 y sirve para generar la posibilidad de un futuro mejor, porque no se puede construir una democracia sobre bases frágiles.

–¿Cuáles son los desafíos de la Memoria en el área educativa?

–Profundizar la organización de los estudiantes con más centros –actualmente hay unos 1900 en la provincia–, profundizar el trabajo de derechos humanos en temas como la discriminación y seguir trabajando en los modos de participación, como los Consejos de Convivencia.

–¿Cambiaron los centros de estudiantes en los últimos años?

–Muchísimo. En las últimas dos décadas, los centros sólo podían estar a la defensiva. Hoy, en cambio, construyen comunidad: organizan cursos de computación para sus papás y abuelos, ayudan a las primarias a armar bibliotecas, reconstruyen una plaza... Hacen un trabajo proactivo, porque estamos en un gobierno que viene trabajando en la consolidación de derechos, y la gran mayoría de los centros acompaña estas políticas.

Informe: Sol Prieto.

sábado, 24 de marzo de 2012

Maestros, profesores y educadores PRESENTES XXXVI

Creyeron que te mataban a la orden de fuego!

Creyeron que te enterraban

Y lo que hacían era enterrar una semilla.



Ernesto Cardenal



Lidia Alicia Zunino de Rossini

Raul Alberto Rossini

Detenidos-Desaparecidos en Buenos Aires

Lidia, "la negra", y Raul, "Pedro" o "Nariz con Pelo", era una pareja de sanjuaninos. Los dos desaparecieron en la zona norte de Capital Federal. Según los diarios de la época, murieron en un "enfrentamiento" armado, pero los dos fueron vistos en campos clandestinos de detención.

Lidia era maestra y tenía 27 años cuando fue secuestrada el 11 de diciembre de 1976. Fue vista en la ESMA. Fue "trasladada" en enero de 1977. Su cuerpo no ha sido recuperado.

Raúl tenía 30 años cuando fue secuestrado. Pasó por la ESMA y por Campo de Mayo. Se desconoce su destino final.


viernes, 23 de marzo de 2012

Maestros, profesores y educadores PRESENTES XXXV

                Creyeron que te mataban a la orden de fuego!

Creyeron que te enterraban

Y lo que hacían era enterrar una semilla.



Ernesto Cardenal



Irma Angela Zucchi
Detenida-Desaparecida el 17/11/76

Irma era profesora de historia, y era directora del Instituto de Bellas Artes de La Plata.
Fue detenida-desaparecida la noche del 17 de noviembre de 1976 en La Plata. Junto con ella, fueron detenidos el profesor José Panettieri y Osvaldo Pachamé, la pareja de Irma. Los detenidos fueron llevados a la Brigada de Infantería de Marina Nº 3 (BIM 3) donde fueron torturados con picana eléctrica. Uno de los sobrevivientes le dijo a Pedro Zucchi, el hermano de Irma, que no sabía si ella iba a sobrevivir ya que las sesiones de tortura eran muy fuertes.
La familia al día siguiente del secuestro de Irma hizo la denuncia en la comisaría 9º de La Plata, en donde el oficial subinspector Luján, quien había sido alumno de Zucchi, comentó que la Marina le había pedido "gente de la pesada" para un "procedimiento".
Panettieri y Pachamé fueron liberados. Nunca más se supo del destino de Irma.




jueves, 22 de marzo de 2012

Un síntoma recurrente ¿Es Malvinas una causa nacional?

¿Las Malvinas son argentinas? ¿Hizo bien el trotskismo en apoyar la guerra? Como adelanto del libro La izquierda y la guerra de Malvinas, de Ediciones ryr, y a 30 años del inicio de la guerra, le proponemos al lector un balance de lo actuado por la izquierda ayer y hoy.

La guerra de Malvinas fue el único enfrentamiento armado entre estados en el que intervino la Argentina durante el siglo XX. Desde 1865 que el país no participaba en una guerra de ese tipo. 1982 fue un año crítico en nuestra historia. Sus consecuencias, sus secuelas y su imagen se arrastran hasta hoy. Fue una prueba de fuego para las fuerzas armadas argentinas, pero también para las clases, para las organizaciones políticas y para la izquierda en particular. Como ya sabemos, casi nadie pasó la prueba y lo que podría haber sido una oportunidad se transformó en un fracaso. Un fracaso de la burguesía nacional, pero que arrastró a la clase obrera y a las organizaciones revolucionarias, ya que (salvo honrosas excepciones) los más férreos opositores al régimen militar apoyaron la aventura. Ese arrastre fue lo que, entre otros motivos, permitió que la convulsión política subsiguiente no alcanzara más que para un recambio de régimen. Incluso, la salida de esa crisis encontró a la burguesía aún más fortalecida.

La izquierda ante la guerra

La izquierda no pudo hacer frente al nacionalismo y terminó apoyando esta aventura burguesa, aunque ese acompañamiento haya sido camuflado bajo críticas a Galtieri. El origen del problema fue haber equiparado a la guerra de Malvinas con una “guerra nacional”. En esta última, el territorio donde vive el conjunto de la población es invadido y ocupado por alguna potencia (Irak, Afganistán, Palestina) y, por lo tanto, la gran mayoría, con independencia del origen de clase, se dispone a la lucha armada contra el ocupante. Quien ha puesto más explícita y honestamente esta confusión es el PTS, quien comparó la guerra de Malvinas con la primera Guerra del Golfo (1991) y a Galtieri con Sadam Hussein [1]. Efectivamente, el dictador irakí ocupó Kuwait en una medida distraccionista, pero las semejanzas con Malvinas terminaron en cuanto EE.UU. atacó a Irak. Allí sí, la clase obrera estaba obligada a intervenir, no a favor de Hussein, sino en defensa de sus condiciones de vida. No por la Nación en abstracto (o sea, la nación burguesa), sino por su propia clase. Su victoria (no la de Sadam) hubiera abierto la posibilidad de establecer un gobierno de trabajadores. Como resulta evidente, y como explicamos, este no fue el caso de Malvinas. Así y todo, la izquierda llamó a los trabajadores a “armarse”, a “extender la guerra al continente” o a “sumarse a los soldados”, pero en los hechos nadie tomó siquiera un cuchillo, con lo que todo resultó un acto de comedia que muchos preferirían olvidar.

Galtieri, el camarada

El PST fue dentro del trotskismo quien mayor apoyo brindó a la dictadura en su contienda. Puede decirse que fue, en términos nacionalistas, el más consecuente. Para justificar su posición, apeló a una cita en que Trotsky llama a defender al Brasil “fascista” de Vargas contra Inglaterra. Que haya calificado así al Estado Novo muestra el grado de desconocimiento que el creador del Ejército Rojo tenía de la realidad latinoamericana. Trotsky allí brega por el desarrollo en los países oprimidos de la conciencia “nacional y democrática” lo cual es apoyar, hoy en día, a los Kirchner y en el 1982, a Alfonsín. Asimismo, contrariamente a lo que señaló el dirigente bolchevique, la victoria de un fascista en Brasil no favorecería a la clase obrera, sino al régimen fascista en cuestión. En cualquier caso, la cita llama a apoyar al nacionalismo de algunos países, cualquiera sea su régimen y gobierno, frente a otros más poderosos, lo que es una concesión gratuita e innecesaria a las burguesías de estos países.
El partido dirigido por Nahuel Moreno sostenía que el conflicto por Malvinas constituía la principal preocupación del imperialismo yanqui y que allí se estaba decidiendo el futuro del orden mundial. Por lo tanto, la victoria argentina podría haber desencadenado algo así como la explosión revolucionaria a nivel planetario. Malvinas no sólo sería una causa nacional, sino una mundial. En consecuencia:

“la acción del gobierno argentino objetivamente cuestiona la inapelabilidad de las instituciones y el orden jurídico que garantiza la conservación de la explotación y el dominio imperialista del mundo y reivindica la acción directa contra ese orden” [2].

Para Moreno, la Junta Militar se habría puesto a la cabeza de un movimiento revolucionario y nuestro Lenin no era otro que Galtieri (que tal vez bebía para eludir su destino). Ahora bien, ¿por qué la Junta Militar había cambiado su política? Por el propio desarrollo de la lucha de clases, que empujaba hacia la izquierda:

“[es en] el pueblo argentino, que aterroriza a la dictadura, donde hay que buscar la explicación para esta progresiva acción antibritánica protagonizada por un gobierno proimperialista hasta los tuétanos” [3].

Todo esto puede parecer un disparate, pero es la explicación que brota de la posición más consecuente con el apoyo a la guerra. Si Malvinas es parte de las reivindicaciones de la clase obrera, entonces Galtieri representa, aunque más no sea parcialmente, esos intereses. Si lo que estaba en juego en el Atlántico Sur era el dominio del imperialismo, entonces se debe aceptar la centralidad de Malvinas en la política mundial. El PST llamó incluso a combatir “junto a los soldados argentinos”. Es decir, aceptando la dirección de Galtieri.

El armamento obrero

Política Obrera (PO), por su parte, no tenía una posición tomada sobre Malvinas y fue tratando de acomodarse a los hechos, en lugar de anticiparlos. Las consignas lanzadas en ese entonces demostraban, además de un anclaje en el nacionalismo, una dirigencia política aún en formación, todavía poco preparada para tomar responsabilidades de conducción nacional. Las caracterizaciones, las previsiones y las consignas expusieron a la organización a una serie de errores que tal vez deberían revisar.
En un principio, PO afirmó que la opresión nacional es económica y no territorial. Por lo tanto, la ocupación no sería un acto antimperialista. Puede deducirse que, según el PO, aun en manos del gobierno argentino, las Malvinas (al igual que el resto del país) seguirían bajo control imperial. Pero, a renglón seguido, se indica que la ocupación inglesa de las islas sí es parte de esa opresión nacional. Por lo tanto, siguiendo este segundo postulado, su liberación sí sería un acto de liberación, es decir, antiimperialista. Por lo tanto, la opresión también sería territorial. Se trata de un escrito bastante ambiguo como para permitirle rechazar o apoyar la guerra según la dirección del viento. Lo cierto es que no parece que hayan tenido una idea clara sobre qué lugar ocupa Malvinas en la agenda de la revolución argentina.
Luego de la ocupación argentina del 2 de abril, PO denunció el hecho como una maniobra “distraccionista” de la dictadura. No obstante, a partir del hundimiento del Belgrano y la ofensiva inglesa declararon “guerra a muerte al imperialismo”. Si la ocupación era un intento de desviar la atención a la crisis, no se comprende por qué la guerra no [4].
El título de su artículo expresa una contradicción: dice que para luchar con el imperialismo no hay que dar “ningún apoyo a la dictadura”. Sin embargo, si se va a combatir a un enemigo común, algún grado de apoyo a quien comparte el campo militar debe existir. Si se va a privilegiar la guerra contra el Estado británico, no puede enfrentarse directamente a quien, por el momento, dirige las acciones contra el enemigo principal. O se combate a Gran Bretaña o se llama a no dar ningún apoyo a la dictadura.
Las previsiones políticas de PO sobre los acontecimientos se revelaron desacertadas. Predijo que la dictadura iba a capitular en la etapa de las mediaciones, entregando los territorios, lo que no ocurrió (hubo una guerra). El gobierno tuvo varias oportunidades para hacerlo e incluso Galtieri estuvo a punto de sellar un acuerdo, pero la Marina estaba decidida, mucho más después de la movilización del 10 de abril. PO no contaba con las internas militares. Como dijimos, Anaya consintió que la presidencia fuera ocupada por un hombre del ejército sólo a cambio de la ocupación de Malvinas. Que la preparación fue mala, que la guerra era un horizonte lejano, es otro problema.
Tampoco se reveló correcta la idea de que una guerra iba a llevar al gobierno a romper el frente con el gran capital. Las grandes empresas argentinas apoyaron la iniciativa. No hubo ninguna ruptura. Las empresas extranjeras siguieron operando normalmente. Ninguna empresa realizó ningún sabotaje. De hecho, una parte del gobierno estadounidense apoyaba la posición argentina (la representante ante la ONU Jeanne Kirkpatrick y el senador ultraderechista Jesse Helms). Como es público ahora (pero se sabía en ese entonces) EE.UU. había autorizado a la Junta la compra de armas vía Israel. Por ello, la consigna de expropiar al capital extranjero que estuviese conspirando contra la economía (que en ese entonces era capitalista) conducía a expropiar a muy pocos. No obstante, aun aceptando alguna expropiación, se dejaba indemne a todo el capital nacional y a todo capital extranjero no vinculado con la guerra.
Las consignas que lanzó PO fueron, una vez desatada la guerra, la formación de un Frente Único Antiimperialista, la “guerra a muerte” extendida al continente y el armamento de los trabajadores, la expropiación de todo capital extranjero que esté “saboteando” o “especulando” contra la economía nacional (es decir, de nadie) y, por último, la satisfacción de las demandas de los sindicatos y de los movimientos de Derechos Humanos.
Esta última consigna ponía en la dirección del movimiento a la CGT Brasil y Azopardo y a Madres de Plaza de Mayo. Por lo tanto, PO se ponía a disposición de un programa burgués. Más aún: las dos CGTs apoyaron la conducción de la dictadura en la guerra y declararon una “tregua”. Por lo tanto, la dictadura ya estaba dando satisfacción a sus demandas. Por su parte, Madres se opuso a la guerra.
Los llamamientos de “guerra a muerte”, “extender la guerra al continente” y de “llamar a los trabajadores a armarse” parece más bien un llamado para aparentar una ánimo beligerante que no existía y ante la cual no se mostró voluntad de consecuencia. Aunque equivocada, una conducción más decidida no hubiese esperado a nadie, hubiese armado ella misma a los obreros. Si juzgaba que la relación de fuerzas no era favorable para semejante aventura, ¿para qué lanzó esa consigna? Si la lanzó ¿por qué no la implementó? Montoneros, en ese sentido, pudo haber actuado en forma más disparatada, pero no se puede negar que lo hizo en forma más decidida.
Como dijimos, una dirección más consecuente, hubiese puesto las manos en el asunto. Pero una más responsable no hubiese llamado a armarse a nadie en 1982, pleno contexto contrarrevolucionario. La clase obrera estaba recién despertando de la grave derrota y se preparaba, antes que una crisis revolucionaria, un cambio de régimen, un camino hacia la plena hegemonía.
El apoyo a la guerra y el armamento obrero en el continente fueron consignas poco meditadas, lanzadas en el apuro de los sucesos, cuyas terribles consecuencias nunca se llegaron a comprobar por la sencilla razón de que la dirección no las llevó a cabo. Tal vez, porque ella intuía que se había equivocado. Si este fue el caso, hubiese correspondido (y corresponde hoy) una autocrítica. No para ser objeto de sanciones ni para satisfacer apetitos de superioridad de nadie. No se trata de eso. Se trata del necesario desarrollo del programa, que implica la discusión profunda y honesta de los principales problemas del país. Sin programa, no hay partido posible.

La cuestión nacional en Argentina [5]

El hecho de que en 1982 la burguesía pudiera cabalgar la crisis y conducirla hacia el masivo apoyo de las masas al dominio del capital (en eso consiste la democracia burguesa) se explica por más de una variable. Una de ellas es la desacertada intervención de la izquierda, que apoyó la invasión a Malvinas. No es la única, claro. Uno podría preguntarse si, con una clase obrera saliendo de su peor derrota histórica, una política correcta hubiese bastado. El caso es que nunca podremos saberlo, justamente porque esa política no emergió. Peor aún, en caso de que Argentina hubiese ganado, se habría perpetuado un régimen de persecución a la clase obrera y a sus organizaciones (izquierda incluida), se habría profundizado la contrarrevolución en el continente y la guerra habría avanzado sobre Chile (ese era el plan original).
La oposición a la invasión y a la guerra hubiera puesto a la izquierda en un sitio ciertamente impopular, pero sólo hasta el 15 de junio. Luego de esa fecha, hubiese cosechado importantes adhesiones y una autoridad política que no podía exhibir ninguno de los integrantes de la Multipartidaria. Pero, por sobre todo, hubiese comenzado a educar a los trabajadores en el rechazo al nacionalismo, ideología por la cual la burguesía logra soldar sus alianzas con la clase obrera.
Evidentemente, hay algo en el programa de la izquierda argentina que no está bien. El nacionalismo se expresa, en cada uno de hechos de esta característica, en síntomas recurrentes. Hay un problema que excede la apreciación coyuntural sobre la guerra. Un problema que se encuentra en la mirada con que se examinó el conflicto. Un aspecto del programa que arrastra a sucesivos errores: la cuestión nacional. La izquierda, en su conjunto, sostiene que la Argentina no ha completado sus tareas nacionales y, entre los obstáculos para alcanzarlas, se halla la opresión del imperialismo (norteamericano, pero también inglés, francés y japonés, que conforman un bloque). Entre esos obstáculos, se encontraría la ocupación colonial de Malvinas. Por lo tanto, la invasión del archipiélago constituiría parte de las tareas democrático burguesas por las que el país debería transitar para su liberación. Hay aquí tres errores: de apreciación histórica, de conocimiento de la historia argentina y del peso de las Malvinas en la estructuración nacional de la Argentina.
En primer lugar, debe comprenderse qué se entiende por “cuestión nacional”. En realidad, desgajado de las particularidades, la cuestión nacional es la realización de las tareas que requiere la revolución burguesa. Es decir, la constitución de un Estado nacional, la hegemonía burguesa y la unificación económica y mercantil en una economía plenamente capitalista. Nada más. Los grandes clásicos marxistas escribieron en momentos en que estas tareas estaban llevándose a cabo en el mundo. Marx y Engels vivieron el período en que estos problemas se presentaban en toda Europa, con la excepción de Inglaterra. Lenin, en cambio, fue testigo del mismo proceso en Asia y Europa Oriental. Por ello, no es extraño que intentaran reflexionar sobre la cuestión y, en ciertos casos, apoyaran los movimientos burgueses que luchaban contra la reacción feudal (como fue el caso de Polonia). Lenin fue muy claro en su polémica con Rosa Luxemburgo: el derecho a la autodeterminación nacional culmina en la creación del Estado nacional o, lo que es lo mismo, en el dominio del capitalismo y la burguesía nacional en ese territorio. La radicación de capitales extranjeros y la competencia es parte de la dinámica económica capitalista [6].
La Argentina logró completar su revolución burguesa en el período que media entre 1860 y 1880. Logró constituir un Estado nacional, la unificación económica, un mercado capitalista y barrer con los restos de relaciones precapitalistas. En el camino, ha perdido y ganado territorio, como cualquier estado (Alemania y Francia mantienen una disputa con la región de Lorena y Alsacia y a nadie se le ocurre afirmar que no han completado sus tareas nacionales). En definitiva, la Argentina ha completado sus tareas nacionales y no tiene ninguna cuestión democrático burguesa por resolver. Entonces, la Argentina no es un país colonial ni semicolonial (si existiese algo así). Hasta que la izquierda no modifique este punto de su programa, va a seguir enlazada de una forma u otra, a la ideología burguesa.
La afirmación que en cualquier guerra que enfrente a una nación con una economía de mayor tamaño contra una de menor, hay que apoyar a esta última olvida no sólo la primacía del antagonismo de clase por sobre el nacional, sino que incluso la propia historia bolchevique. Para oponerse al binomio dictadura-democracia, propio de la ideología burguesa más simplona, se acude a la oposición entre naciones, que no es menos burguesa ni menos simplona. En la guerra Ruso-japonesa de 1904, el partido bolchevique se opuso a apoyar el combate del país “semicolonial” (Rusia) contra el “imperialismo” japonés y llamó al derrotismo. La derrota militar del ejército ruso abrió un proceso revolucionario.
Malvinas, más allá de la propiedad jurídica, no es una cuestión nacional: no se juega el destino de nuestra economía ni el futuro del proletariado en esas islas. No solamente eso, no es una cuestión nacional porque la Argentina no tiene ninguna cuestión de ese tipo. Ahora bien, vamos a una pregunta crucial: más allá de eso, ¿las Malvinas son o deberían ser argentinas? En un sentido estrictamente del Derecho, la respuesta es antipática: no, son de los isleños. La Argentina perdió ese territorio (hoy día sin importancia alguna) hace de 170 años, en 1833. Incluso, Rosas se lo quiso vender a los ingleses. Cinco años antes, en 1828, una provincia argentina, la Banda Oriental, se transformaba en una república independiente, guerra e intervención inglesa mediante. Con el criterio que se reclaman las Malvinas habría que reclamar también la anexión de Uruguay, EE.UU. debería devolver Texas y California a México (un saqueo saludado por Engels) y habría que hacer lugar al reclamo sionista, ya que los judíos fueron expulsados de Palestina hace miles de años.
Sin embargo, la pregunta merece una respuesta más adecuada: las fronteras no están determinadas por la naturaleza ni por la gracia divina, sino por las relaciones entre las clases. Para decirlo más científicamente: no son ahistóricas, están sometidas a los avatares de la lucha de clases y sólo desde ese punto de vista deben analizarse. En sentido estricto, la Argentina tampoco es nuestra, es de la burguesía. Por lo tanto, aunque Cristina plante la bandera en Puerto Stanley, ese archipiélago seguirá siendo de otros. Los países no pertenecen a la gente, sino a las clases. Cuando recuperemos el nuestro para nosotros, será momento de decidir qué hacer con ese pedazo de tierra pequeño y lejano. Bajo esa lógica que hay que abordar la cuestión Malvinas: ¿cuál es el interés del proletariado argentino en las islas? ¿Cuál es el obstáculo que pone a la revolución socialista el dominio inglés en las Malvinas? Esas son las preguntas que la izquierda debe responder. El resto es caer y hacer caer al proletariado en manos del enemigo. Un error persistente que se revela como un síntoma que aflora en forma recurrente. La expresión de un problema en el programa: el nacionalismo en el seno del marxismo.

Notas
[1] Véase La Verdad Obrera, nº 462.
[2] “La guerra de las Malvinas. En la primera fila del combate contra el imperialismo inglés”, Panorama Internacional, año VI, n° 20, mayo de 1982, en Apéndice del libro La izquierda y la guerra de Malvinas, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2012.
[3] Ídem.
[4] Para las posiciones de Política Obrera, véase “Malvinas: para luchar contra el imperialismo, ningún apoyo a la dictadura”, en Apéndice del libro La izquierda y la guerra de Malvinas, op. cit.
[5] Sobre la base del prólogo a La izquierda y la guerra de Malvinas, op. cit.
[6] “No solo los pequeños estados, sino también Rusia, por ejemplo, dependen por entero, en el sentido económico, del poderío del capital financiero imperialista de los países burgueses “ricos”. No solo los diminutos estados balcánicos, sino también América en el siglo XIX fueron, económicamente, colonia de Europa, según lo señaló Marx en El Capital. Todo esto, por supuesto lo sabe muy bien Kautsky, como cualquier marxista, pero ello no tiene nada que ver con el problema de los movimientos nacionales y del Estado Nacional. El problema de la autodeterminación política de las naciones en la sociedad burguesa, de su independencia estatal, Rosa Luxemburgo lo sustituye por el problema de su autonomía e independencia económica. Esto es tan inteligente como si alguien, al analizar la reivindicación programática acerca de la supremacía del Parlamento, es decir, de la asamblea de representantes de pueblo en un Estado burgués, se pusiera a exponer su convicción, plenamente justa, de que el gran capital domina en un país burgués, cualquiera sea su régimen.”, en Lenin, Vladimir Illich: “El derecho de las naciones a la autodeterminación”, en Obras Completas, Cartago, Buenos Aires, 1961, t. XXI, p. 319.



Maestros, profesores y educadores PRESENTES XXXIV

Creyeron que te mataban a la orden de fuego!

Creyeron que te enterraban

Y lo que hacían era enterrar una semilla.



Ernesto Cardenal



María Inés Villalobos Ventura
Detenida-Desaparecida el 15/5/76

Tenía 25 años

Era maestra jardinera

Fue secuestrada en San Fernando, Buenos Aires

No hay testimonio de su paso por un CCD

No.CONADEP:5358, Decl.No:4563



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