"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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martes, 7 de febrero de 2012

LAS CINCO CAUSAS DE ARREPENTIMIENTO MAS COMUNES ANTES DE MORIR

Si la vida nos diera otra oportunidad... Una experta en enfermos terminales recopiló experiencias en un libro. El lamento más repetido es no haber hecho lo que se quería. También se busca cerrar heridas.
Es uno de esos momentos trascendentes, que no permiten volver. Alguien advierte que la muerte no sólo es inexorable, sino que además está cerca. Muy cerca.  ¿Qué nos pasa por la cabeza en esos momentos finales? ¿De qué cosas nos arrepentimos antes de morir?  La australiana Bronnie Ware, experta en cuidados paliativos y enfermos terminales, reunió en un libro una serie de “confesiones honestas y francas de personas en sus lechos de muerte”.  Y advirtió que es muy común que los enfermos se lamenten por cosas que no pudieron (o no supieron, o no los dejaron) hacer.  “El principal arrepentimiento de mucha gente es ‘ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera”*, sostiene Ware, autora del libro The Top Five Regrets of the Dying (Los cinco arrepentimientos de los moribundos).  Se trata de un recuento de memorias de la autora y sus experiencias durante años de trabajo en cuidados paliativos. “Compartí momentos increíblemente especiales, porque pasé con ellos las últimas tres a doce semanas de sus vidas”, relata.  La idea del libro surgió después de que un artículo publicado en su blog, titulado “Arrepentimientos de los moribundos”, que en poco tiempo se volvió viral en Internet. “La gente madura muchísimo cuando debe enfrentar su propia mortalidad” , explica Ware. “Cada persona experimenta una variedad de emociones, como se espera, que incluyen negación, miedo, enojo, arrepentimiento, más negación y eventualmente aceptación”, relata. “Sin embargo –agrega, de modo tranquilizador– cada uno de los pacientes siempre encontró su propia paz antes de partir”. Según Ware, “otro arrepentimiento común era que hubieran deseado tener el coraje de expresar sus sentimientos”.  Hugo Dopaso, médico y psicoterapeuta especializado en cuidados paliativos, dijo a Clarín que “es muy frecuente que al acercarse la muerte las personas hagan un repaso de su vida, y muchas veces tienen la sensación de no haber vivido la vida que les habría gustado tener”.  Según el experto, autor de los libros El derecho a bien morir y Así en la vida como en la muerte , un motivo frecuente de angustia en los últimos momentos es el pensamiento de que, por constantes postergaciones, nunca dedicaron tiempo a actividades espirituales, artísticas o de esparcimiento por las que sentían mucha atracción. “Son ilusiones de todo tipo que quisieran haber emprendido y, sobre todo, cosas que les daban mucho placer cuando eran chicos y luego tuvieron que dejar de lado”, explica.  Y si lo no hecho se vuelve importante en el último tramo de la vida, también aparece una fuerte preocupación por cerrar viejas heridas sentimentales. “Para poder dejar este mundo en paz –afirma Dopaso–, la persona debe sentir que los vínculos con sus seres queridos están sanos, sin resentimientos ni asuntos inconclusos, habiendo perdonado y habiendo sido perdonados antes del último adiós”.
Los lamentos que más se repiten
1 “Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera”. El más común de los lamentos. La mayoría de la gente, dice Ware, muere sin haber cumplido la mitad de sus sueños.
2 “Ojalá no hubiera trabajado tanto”. Un lamento que se da sobre todo en los hombres.
3 “Hubiera deseado tener el coraje de expresar lo que realmente sentía”. Los que se resignan a una existencia mediocre.
4 “Habría querido volver a tener contacto con mis amigos”.
5 “Me hubiera gustado ser más feliz”.
*El subrayado es nuestro

lunes, 6 de febrero de 2012

La habitación, cuento de Leandro Albani

Encerrado, piensa, encerrado en esta habitación y ni una gota de nada. La mañana sube desde el horizonte y los rayos de sol asoman por esa línea a la que nunca nadie pudo llegar. No hay palabras, ni cigarrillos, ni vino que tomar, apenas una ventana y la posibilidad de observar un patio desprolijo con el pasto alto, dos o tres árboles torcidos y gruesos, y una carretilla oxidada y agujereada que sirve de macetero.
Sigue pensando y no recuerda cuándo entró a la habitación. Su llegada fue una posibilidad que consideró única, el momento que había deseado desde hacía años. La tranquilidad de la soledad, el silencio que abre las puertas a la imaginación, la sensación de que el mundo está congelado mientras un río de palabras fluye torrencial. Pero eso fue antes de cruzar la puerta.
Ahora era no saber. Se sienta, intenta pensar, recordar algo fugaz, una figura simple y concreta que le permita confirmar que salió de la habitación. Sabe que tiene una ex esposa y dos hijos. Recuerda que trabajaba de corrector en una revista. Reconoce ciertos fragmentos lejanos de su vida. Lo demás es una laguna infinita y borrosa. Junta fuerzas para recordar más, pero no tiene noción de lo que hizo ayer.
En la habitación hay un teléfono. Agarra el tubo y escucha. Silencio. También hay una puerta por la que puede salir. No tiene ánimos de hacerlo. Va hacia la cama, se sienta y deja caer la cabeza sobre sus rodillas. Se recuerda en un banco de la estación de subte Castro Barros. Las paredes con cerámicas, el calor pegajoso, las luces blancas y los ruidos de la calle que se filtran por las ventilaciones. No hay gente. Pasa el subte y los vagones destartalados de madera se convierten en continuos flashes amarillos.
No recuerda nada más.
Camina hasta la mesa donde hay una pila de hojas blancas. En una esquina, diez o doce hojas escritas. Es su novela, o lo que deseó en algún momento. Lee con atención aunque la mente se dispersa. Vaguedades, piensa, palabras amontonadas que apenas tienen coherencia. Balbucea que algo no funciona. ¿Hace cuánto tiempo está encerrado? ¿En qué instante el mundo exterior se volvió hostil y ajeno?
Entra al baño. Se mira al espejo y su cara sigue igual, pero siente los gestos inexpresivos y distantes. Abre la canilla y se lava la cara. La piel se enfría y estira, disfruta el agua fresca sobre su rostro.
Se dice, convencido, que va a escribir, que a eso vino, que dejó todo por esas hojas blancas que se levantan prolijas sobre la mesa.
Soledad y silencio, piensa, eso buscaba. Tiene que escribir, anular los interrogantes y vacilaciones, reprimir los pensamientos innecesarios, y comenzar a trazar las líneas que lo encerraron.
Antes de escribir, rodea la habitación con la vista. Busca un libro, ninguno en particular, solo quiere saber si llegó con un libro. Alguna vez leyó que ante el terror de la escritura, un buen antídoto es leer a los autores preferidos. En la habitación no hay nada fuera de los común: la cama contra la pared, una mesa de luz en el costado izquierdo, un velador de pie a la derecha, un armario, la mesa que sostiene las hojas y dos sillas.
Anochece y los sonidos nocturnos nacen calmos, espaciados, regalan tranquilidad. ¿Cuántas horas estuvo sentado frente a la mesa? Dentro suyo no hay nada.
Siente que afuera palpita una ciudad y su cuerpo se estremece. No tiene una historia, ni fuerzas, ni esa electricidad que le corría por todo el cuerpo cuando escribía en el caos de sus días pasados. Duda otra vez, como lo hizo desde que entró en la habitación.
Nada lo detiene para salir, y eso hace. Sabe que en aquellas calles está lo que busca.
(Caracas, enero de 2012)

DE MAYO DEL 68 A MAYO DEL 2011

Anticipo del libro del colombiano Carlos Granés, El puño invisible, análisis de los cambios culturales entre siglos.
El 14 de septiembre de 1917, uno de los fundadores del dadaísmo, Hugo Ball, dejó consignado en su diario que ya no podía leer novelas. La literatura le parecía un derroche, un aparato recargado de elementos innecesarios que se bifurcaba por laberintos sin llegar nunca al meollo de las cosas. ¿Cómo podían soportarse los libros de personas que no estaban en condiciones de ser lo que soñaban? Ball sentó en el banquillo de los acusados a la imaginación. Estaba muy bien soñar, decía, si el sueño transformaba la realidad o la vida. El mito religioso, por ejemplo, era un sueño que se hacía realidad, moldeando la existencia de las personas. Pero matar las horas fantaseando con personajes, mundos y experiencias que se quedarían allá, en el universo de los sueños, y que en la realidad no tendrían más repercusión que la de otorgar unas horas de esparcimiento a gente ociosa, le parecía absurdo. Y no sólo a él. En general, la vanguardia se propuso bajar el sueño de la nebulosa onírica para hacerlo realidad aquí, en la vida concreta de las personas. A esto se le llamó “superar el arte para realizarlo en la vida real”.  El lema tuvo un impacto evidente que se materializó en formas de vida alternativas.  Mayo del ’68, por ejemplo, no cambió en absoluto el sistema político francés –ni siquiera le dio el poder a la izquierda–, pero sí fomentó la explosión de experimentos vitales.  Los años finales de los sesenta y los setenta, tanto en Europa como en Estados Unidos, fueron el laboratorio donde se ensayó la vida en comunas y la emancipación de las mujeres, las reivindicaciones homosexuales y la lucha por la igualdad racial, la búsqueda de nuevas formas de diversión y la experimentación con drogas, el incremento de la libertad de expresión y la relajación de los códigos morales. Todas estas luchas fueron exitosas, y no tardaron en ser asimiladas –con mayor o menor fricción, como era de esperarse– por buena parte de Occidente. Ya no hay necesidad –aunque tampoco se debe bajar la guardia– de luchar por determinados espacios de libertad individual, pues las sociedades occidentales desarrolladas tienden a no limitar el desarrollo de la individualidad. Tal como soñaba Chtcheglov, las ciudades cosmopolitas de Europa y Estados Unidos ofrecen hoy barrios multiculturales, gays, modernos, históricos, chinos, rojos, artísticos y bohemios. También, como soñaban Pinot-Gallizio y Debord, lugares de diversión que son escenarios para vivir situaciones muy específicas, como los bares sadomasoquistas o los clubs de ambiente liberal. Aunque las drogas siguen siendo ilegales, cualquiera las puede comprar y consumir sin mayor dificultad.  Su absurda ilegalidad incrementa el precio y fomenta la delincuencia, pero no impide en absoluto el consumo, como indican las estadísticas de producción de marihuana, cocaína y heroína alrededor del mundo. Quién lo diría: Occidente, en mayor o menor grado, ha terminado por parecerse a los delirios de los vanguardistas.  Sin embargo, el hedonismo y los espacios de experimentación vital no calmaron de una vez y para siempre la insatisfacción de los jóvenes. En mayo de 2011 estalló en España una revuelta pacífica y políticamente correcta, producto de una nueva crisis económica y del hastío que siente una parte de la población juvenil por los dos grandes partidos que monopolizan el poder político y la visibilidad mediática. Como la peste de Camus, la crisis económica llegó un día a España y de la noche a la mañana, sin que buena parte de la población entendiera muy bien por qué, transformó a un país próspero en un contagiado al borde del desplome financiero. Rompiendo una racha de optimismo que se inició con la muerte de Franco, los jóvenes se dieron cuenta de que ahora sus vidas no serían tan prósperas como las de sus padres. La economía más sofisticada rompió las barreras de los bancos y aseguradoras, y se llevó por delante a la gente común. A la frustración personal que esto produjo se sumó el distanciamiento de los partidos políticos, acusados de haberse inclinado ante los mercados, de no haber hecho lo suficiente para combatir la corrupción en sus filas y de parecer más preocupados por contestar ingeniosamente a los ataques de su rival que en hablarle con transparencia y claridad a la ciudadanía. La irritación se apoderó de los jóvenes y estalló la Spanish revolution, la larga acampada de “indignados” en las principales plazas de varias ciudades del país, y de sus emuladores en Grecia, Portugal e Italia.  A pesar de la sintonía estética y retórica con Mayo del ’68, la revuelta de los indignados tiene grandes diferencias. Mayo del ’68 triunfó allí donde podía triunfar. Cohn-Bendit salió expulsado de Francia a sumergirse en el ambiente contracultural de Frankfurt, y desde allí vivió su vida como quiso, en sintonía con sus deseos, valores e intereses. No era todo lo que esperaba, desde luego, pues no logró acabar con la burocracia del Estado ni con el alienante sistema que mataba las emociones de los jóvenes, pero tampoco le fue mal. El y sus camaradas lograron ampliar los márgenes de libertad del individuo y legitimar la búsqueda del placer y el éxtasis emocional como una de las metas fundamentales del ser humano. De paso, contribuyeron a deslegitimar el Estado de Bienestar, el consumo y la riqueza, como si fueran una maldición que hacía más autoritarias a las élites y más conformes a los jóvenes y a los obreros. Esa pelea del izquierdismo anarquista y vanguardista contra todas las conquistas de la izquierda sindical, tuvo una consecuencia impensada: una nueva revuelta de jóvenes indignados, que cuarenta años después tratan de recuperar todo aquello que la generación de Cohn-Bendit despreciaba como algo alienante y opresor.  En las plazas de Madrid, Barcelona o Sevilla, las parejas de novios comparten carpa, fuman porros y bailan reggae en sesiones programadas por algún dj. Estos jóvenes no quieren cambiar su estilo de vida; tampoco piden mayor libertad sexual ni más espacios lúdicos. Piden lo contrario de lo que pedían los sesentayochistas. Quieren entrar en el sistema alienante, quieren un Estado de Bienestar tan burocrático como deba serlo siempre y cuando garantice educación, salud y prestaciones de desempleo; quieren un trabajo estable y perspectivas económicas que les permitan proyectarse hacia el futuro con algún grado de certeza. Antes había que hacer un gran esfuerzo para rechazar las costumbres y estilos de vida de la burguesía; hoy, por lo visto, lo difícil es ser burgués, así se tengan todas las credenciales para serlo –carreras universitarias, posgrados, viajes, intercambios, compromiso ciudadano–. Todo lo que rechazaron los vanguardistas, desde las carreras profesionales hasta un futuro asegurado, pasando por la propiedad y el reconocimiento social, es lo que ahora piden los jóvenes. Ya probaron una vida libérrima; ya probaron la crisis de autoridad en los colegios y universidades; ya probaron las excitantes aventuras que ofrece una vida al margen, sin nada garantizado, con todo en contra, y no les gustó. No se convirtieron en superhombres, como hubiera pronosticado Nietzsche, sino en desempleados frustrados que no pudieron lograr aquello que más anhelan: tener una casa y un trabajo, ser ciudadanos modelo que se preocupan por el medio ambiente, conviven amistosamente con sus vecinos inmigrantes y pagan cumplidamente sus impuestos. Uno de los lemas colgado en la Plaza del Sol recogía con acierto este sentimiento: “No somos antisistema, el sistema es antinosotros”.  Otra paradoja es que la revuelta de los indignados ha encontrado inspiración en Stéphane Hessel, un hombre nacido en 1917 que forma parte de la generación contra la que se rebelaron Debord, Vaneigem, Cohn-Bendit, Riesel y los demás sesentayochistas. Hessel ha presenciado prácticamente todo el revoltoso siglo XX. Fue testigo de las secuelas desastrosas de la Primera Guerra Mundial, sufrió las consecuencias de la Segunda, militó en la Resistencia francesa y luego participó en la escritura de la Declaración de los Derechos Humanos, es decir, fue una de las personas que contribuyó directamente a que el período que empezó en 1945, tras el ocaso del nazismo, fuera el más pacífico y próspero de la historia europea. Apelando a las luchas morales y al ejemplo de Hessel, los indignados europeos se han rebelado contra la revoltosa generación de Cohn-Bendit, lo cual, desde luego, no deja de ser irónico. Es como si vieran en Hessel al abuelo que se sacrificó para que ellos tuvieran un mundo más decente y próspero, pero que tuvo la mala suerte de engendrar hijos díscolos e irresponsables que, dando por sentado que todo lo bueno duraría, echaron a perder las conquistas más envidiables del sistema de bienestar europeo. Y en efecto, los situacionistas y los seguidores de Cohn-Bendit fueron grandes maestros existenciales que enseñaron a las generaciones futuras a sacar provecho a la esfera privada de sus vidas, pero que no tuvieron nada que decir ante los asuntos públicos. “Lo personal es lo político”, “hay que cambiar las conciencias para que cambie el mundo”; en eso se agotaban las aportaciones al debate social de los vanguardistas del primer tiempo de la revolución cultural. Con ello no sólo se olvidaron de los problemas compartidos, sino que dieron pie para que surgiera una inesperada y nueva forma de puritanismo y control de las vidas privadas. Hacia la última década del siglo XX se invirtió la fórmula: si lo personal era lo político, entonces se podía juzgar la vida pública de las personas a partir de lo que hicieran en su intimidad. Una nueva generación de censores chismosos y amarillistas se sintió autorizada para hurgar en la vida privada de los políticos, deportistas y rostros públicos en general, para garantizar que no ocultaran vicios que pudieran sembrar dudas sobre su probidad y honestidad pública. A los profesores universitarios les tocó convertirse en estatuas ciegas y prácticamente mudas, autorizadas, como mostraron David Mamet en Oleana y Philip Roth en La mancha humana, a hablar sólo en los léxicos aprobados por estos nuevos censores. Decenas de personas honradas y decentes cayeron en desgracia por esta nueva forma de control, centrado, como querían los yippies, única y exclusivamente en la vida privada, entre ellos Eliot Spitzer, gobernador de Nueva York, Tiger Woods y el mismo Bill Clinton. No hay un espectáculo que más deleite a los medios de comunicación que ése: la vida íntima revelada hasta quedar convertida en pornografía, la abyección del incriminado disculpándose ante la sociedad (cuando no es a ella a quien tiene que rendir cuentas por lo que hace o no hace bajo las sábanas) y la confirmación de que sí, en efecto, lo personal es lo político y no importa que alguien desfalque, estafe, robe, manipule, especule, negocie con dictadores, destruya el medio ambiente y tenga todo tipo de comportamientos públicos reprobables, si al mismo tiempo mantiene una casta, ultraconservadora e intachable vida privada. Este ha sido uno de los golpes de la vanguardia al liberalismo. Lo personal no es lo político. Esta separación es, justamente, la que permite tener una vida íntima, resguardada de las miradas fisgonas y censoras, donde se puede vivir según los propios valores, deseos y caprichos. Y esta vida nada tiene que ver con el desempeño profesional y el compromiso público del implicado. Con quién se acueste o qué consuma nada tiene que ver con su habilidad y honestidad para desempeñarse como médico, psicólogo, abogado, político o periodista.Pero volvamos a las plazas de España. ¿Qué piden los indignados? Todo, desde luego, como buenos rebeldes, y las urnas que han instalado en sus campamentos reciben cualquier tipo de sugerencia y petición. Entre el mar de propuestas es lógico que algunas sean atinadas y otras absurdas, meros engendros de la insatisfacción, la ignorancia y el deseo. Les indigna, por ejemplo, la sumisión del poder político al económico, y en eso no están descarrilados. “No debemos permitir que el poder económico domine al político; y si es necesario, deberá combatírselo hasta ponerlo bajo el control del poder político.” Estas palabras no las dijo un indignado; tampoco un marxista, un anarquista o un militante antiglobalización. Las dijo Karl Popper en su principal obra, La sociedad abierta y sus enemigos, una magistral exploración del pensamiento determinista donde criticaba, precisamente, la forma en que Marx asumía que el verdadero poder estaba en las máquinas y en las relaciones económicas de clase. La actitud despectiva hacia el poder político y la ponderación excesiva de la economía no es una máxima neoliberal, es uno de los rasgos del marxismo. Popper combatió este economicismo porque allí se incubaban el determinismo y su corolario, la imposibilidad del reformismo democrático. Que los indignados persigan este fin es provechoso, precisamente porque combate una sensación que embarga a las sociedades tras la crisis económica de 2008, la de que una fuerza superior, una peste inatajable o en todo caso un ente abstracto que escapa al entendimiento y control, está determinando sus vidas. Las maniobras económicas globales les cierran las puertas del mercado laboral, les quitan o les impiden tener vivienda y les privan de beneficios sociales que creían intocables. Todo esto mientras los directamente implicados en la debacle económica siguen viviendo en el Olimpo. Desde luego que esto indigna. Y la receta popperiana para contrarrestar estas fuerzas ocultas, en apariencia ingobernables, siempre es saludable: “El progreso reside en nosotros, en nuestro desvelo, en nuestros esfuerzos, en la claridad con que concibamos nuestros fines y en el realismo con que los hayamos elegido”. No hay duda de que los indignados han demostrado fuerza, coraje y determinación. El problema está en la claridad y el realismo de sus fines.Desde luego que han acertado en muchas de sus críticas. Les disgusta un sistema electoral que perpetúa el bipartidismo y estrecha el camino de los partidos nacionales minoritarios. No les gustan, tampoco, las relaciones peligrosas que hay entre el poder ejecutivo y el judicial. Aunque no son los primeros en alertar sobre estas irregularidades, es sano que los jóvenes las tengan presentes. Ahora bien, dejando a un lado la vitalidad y lo positivo que tiene el reencuentro juvenil con la política, buena parte de las demandas concretas que han elaborado los indignados impide a cualquier político responsable tomarlas en serio. Popper hablaba del realismo de los fines porque luchar por una meta utópica en política era, finalmente, dar un largo rodeo para llegar al mismo sitio, cansado y derrotado.Lo primero a tener en cuenta es que no vale la pena rebelarse contra las matemáticas. Puede que sea un gesto poético, lleno de imprudencia vanguardista, pero atenta contra la regla número uno de la política: tener los pies bien anclados en la realidad. Un triunfo hoy significa el colapso de la generación que viene. Propuestas como reducir la jornada laboral, dar ayudas al alquiler, rebajar la edad de jubilación, ampliar las nóminas del personal sanitario y docente, contar con un pujante escuadrón de científicos investigando exclusivamente con fondos públicos y organizar referéndums cada dos por tres, siempre que se deba aprobar alguna medida europea o nacional, pueden ser deseables, desde luego, pero para Estados con las arcas llenas. El poder político no va a conseguir controlar al poder económico a menos que actúe con responsabilidad. Nadie es más vulnerable que el deudor crónico a quien nadie quiere prestar dinero, como ha quedado demostrado recientemente con varios países europeos.Las propuestas que han lanzado para regenerar el sistema democrático tampoco tienen mucho tino. Rebajarle los sueldos a los parlamentarios significa espantar a cualquier persona cualificada de la política para que se vaya a otros ámbitos laborales, donde no se verá inundado de líos judiciales y además cobrará un mejor sueldo. La actividad política debe ser valorada, tanto social como económicamente, para que los más competentes y preparados se sientan motivados a trabajar en el ámbito público. No ocurre siempre así, desde luego, y ya se han arriesgado hipótesis al respecto, pero a quien más debería perjudicar esto es a los partidos. Ojalá que la insatisfacción de los indignados les muestre que es más rentable premiar el estudio y la preparación de sus militantes que el haber servido como decorado en mítines desde los quince años.¿Qué ocurrirá con el movimiento 15-M? Posiblemente no concluya en nada, a menos que salgan del callejón sin salida en el que se han metido. Quieren regenerar la política española; quieren ampliar los márgenes de participación; y quieren, desde luego, que los políticos adopten todas sus propuestas. Pero no están dispuestos a participar en política ni a dialogar con los partidos. En otras palabras, demandan un cambio político y social surgido de un mero acto de voluntad. Y la experiencia muestra que estas revueltas transforman a quienes participan en ellas, no al poder político ni a las instituciones sociales contra las que se levantan. Los líderes de los indignados quizás acaben haciendo política tradicional, o enseñando, o trabajando en una empresa. Esta experiencia los acompañará siempre. No es poca cosa haber congregado a miles de personas. Sabrán siempre que por unos días el viento de la historia les dio directo en el rostro, así el sistema político español hubiera quedado intacto. El 15-M será quizás la última revolución juvenil de un largo siglo de revoluciones juveniles en Occidente. Un siglo que empezó hacia 1909 y que culminó hacia 2011. Casi seis décadas –de 1909 a 1968– en busca del futuro, otras tres tratando de hallar y gozar el presente, y ahora en busca del pasado.
Por Carlos Granés. Antropólogo social y escritor

Palabras de Khalil Gibran

"Para entender el corazón y la mente de una persona, no te fijes en lo que ha hecho no te fijes en lo que ha logrado sino en lo que aspira a hacer".

EL PRIMER ATENTADO DE LA TRIPLE A

La organización se hizo conocer con una explosión en el auto de Hipólito Solari Yrigoyen, que se salvó de milagro.
En su libro La fuga del Brujo, el periodista Juan Gasparini reconstruye el primer atentado con el que se hizo conocer la triple A. Fue la explosión que casi le costó la vida a Hipólito Solari Yrigoyen, en 1973. Desde el 2008, Solari Yrigoyen preside la Convención Nacional de la UCR, partido del que fuera senador nacional por la provincia de Chubut cuando voló por los aires al querer poner en marcha su Renault 6, en la cochera de su casa de Marcelo T. de Alvear 1276. “‘Mientras usted saca el auto yo voy a comprar cigarrillos’, le dijo su asistente en el Congreso, Jorge Lannot. El vehículo ‘explotó con un ruido infernal y una espesa nube de humo, que había causado una bomba conectada al arranque’, incendiándose, ‘y sin perder el conocimiento alcancé a salir de sus restos y a dar unos pasos hasta caer desangrado al piso como consecuencia de graves heridas’, rememora Solari Yrigoyen.  A duras penas inició ‘un largo drama que me condujo por seis intervenciones quirúrgicas y a obligarme a movilizarme sucesivamente con sillas de ruedas, muletas y bastón y a seguir una lenta y larga recuperación’”. A continuación, un fragmento del capítulo La galaxia de las Tres A:“(…) Para Hipólito Solari Yrigoyen, el ministro López Rega fue ‘la cara visible de la Triple A, acompañado por varios policías retirados de su confianza, pero sería una ingenuidad creer que en él se agotaban las responsabilidades del terrorismo de ultraderecha’. A su entender ‘detrás de él estuvieron militares, matones sindicales, delincuentes comunes y, principalmente, los servicios de informaciones’, con sus especialistas ‘para los espionajes y las ejecuciones y con sus técnicas, entre las que se contaba una permanente campaña macartista de calumnias para hacer aparecer como comunistas, zurdos, violentos, guerrilleros o cualquier otra cosa, a todas sus víctimas y para descalificar con los más bajos recursos a quienes desde su enfoque extremista, consideraban sus enemigos’”.Miguel Radrizzani Goñi, cuya denuncia desencadenara la causa judicial de las Tres A, cree “que Lopecito juntó a cuanto delincuente andaba suelto (y si era con chapa, mejor) y los puso a trabajar en lo que él quería, que no era más que su espacio político, todo lo demás es sanata”. Si estos dos abogados defensores de presos políticos englobaban a la Side en el esqueleto de la AAA, debe saberse que sus archivos han enmudecido. Cuando en 2003 el presidente Néstor Kirchner puso fugazmente al frente a Sergio Acevedo, el Secretario de Inteligencia tuvo a bien desclasificar para este libro la documentación obrante, y sólo había copias de algunas denuncias de los que la sufrieron, y ciertos comunicados esporádicos de los que las celebraron, mucho menos que en las hemerotecas de los diarios. Sin embargo, algunos de los capítulos más sangrientos de las Tres A están en las vísceras de la Side. Su ADN se corporiza en la segunda mitad del sumario 6511, finalmente en las manos del juez federal Norberto Oyarbide, quien sopesa el dilema que hay causas que languidecen hasta morir y otras que nunca mueren, una causa de prueba difícil, para uno de los abogados que abrillantaran la acusación, Eduardo Luis Duhalde.En el organigrama de Horacio Paino se preveía que el Ministerio de Bienestar Social, bajo dominio del Brujo, se entroncaba para matar con las bandas de la UOM y de la CNU, sin mencionar a la Side. Pero las bisagras se atornillaron en 1974 cuando la Side fue limpiada de izquierdistas, y entraron a tallar dos supervivientes de la camada que hizo carrera en las Fuerzas Armadas con el golpe de Estado de 1955 que tumbó a Perón, el mayor Mateo Prudencio Mandrini, y el vicecomodoro Rodolfo Lorenzo Schilizzi Moreno. La orden debió venir de la Casa Rosada o del Edificio Libertador, porque una de las nuevas células de la Side se puso a operar con la cuadrilla de la UOM. La entrada en escena de este novedoso aparato de inteligencia de la Presidencia de la Nación, le convenía al Brujo, en pleno idilio con Lorenzo Miguel, para destruir a la tendencia revolucionaria del peronismo de la JP y los Montoneros, y también a la izquierda no peronista, que venían de ser socavados con la nueva ley de asociaciones profesionales y con las reformas al Código Penal que obligaron a renunciar a los diputados de la JP. Y le convenía a las Fuerzas Armadas, cuyo interés iba de suyo, pues drenaba de subversivos que inexorablemente deberían liquidar en el cercano futuro de 1976. Ese destacamento de la Side, conformado por individuos de formación ultranacionalista, tenía un apoyo logístico en una casa de la calle Billinghurst de Buenos Aires. Al nuevo pelotón, lo dirigía el agente Aníbal Gordon, reclutado por la inteligencia gubernamental después de que recuperara su libertad en 1973 debido a la amnistía decretada por el presidente Cámpora, o quizás en pago de ello al ser un delincuente común con un pasado teñido de nacionalista pero que estaba preso desde 1967 por asaltar un banco en Bariloche. No obstante, lo que empezó como un romance matando bolches terminó en una trifulca descomunal matándose entre ellos, infectando la causa 6511.7Sería un despropósito pensar que desde la Side se crearon grupos inscriptos en la nebulosa de las Tres A para pelearse con otros que se escudaban en la misma sigla y atacaban blancos similares o equivalentes. Pero conociendo los nombres y apellidos y el pedigrí de los integrantes de las tropas de Lorenzo Miguel y la Concentración Nacional Universitaria (CNU), que fueron saliendo a la luz pública, especialmente tras la masacre de Ezeiza el 20 de junio de 1973, sus niveles de formación, apetitos y moral, no es difícil intuir los roces y arbitrariedades que fomentarían rencillas internas y arreglos de cuentas entre ellos por fuera del enemigo compartido que los aglutinaba, conflictos normales en ese tipo de parentela, aceptando que no se les da licencia para matar a granel por la calle a educados universitarios, temerosos de Dios y de la ley. Tal vez la maniobra de la facción de Aníbal Gordon fue envolvente y en dos tiempos. Primero se presentó en la casa de la calle Billinghurst para hacer un trabajo conjunto con los bandoleros de la UOM y, de paso que se satisfacían intereses comunes, tener controlada la pandilla de Lorenzo Miguel y, segundo, decidir el momento de masacrarlos si dejaban de servir a los fines de la Side.Hacia octubre de 1975, las operaciones conocidas de la AAA decayeron. Los homicidios más resonantes atribuidos al sector de los secuaces del sátrapa metalúrgico ya habían tenido lugar (Ortega Peña, Atilio López, Julio Troxler, Silvio Frondizi y Juan Varas). En las postrimerías de 1975 los objetivos de la Side fueron dejando de ser los del gobierno de Isabel y pasaron a ser los del Ejército. Como se ha visto, Videla conquistó la jefatura del Estado Mayor Conjunto el 4 de julio de 1975 y al acceder a la comandancia en Jefe del Ejército al mes siguiente, sacó al general Otto Carlos Paladino de la dirección de inteligencia del arma, para que continuara en la Side su labor de control de los miembros del Gobierno y la sociedad civil. Éste reemplazó sigilosamente al vicealmirante Aldo Peyronel y puso en cintura a la AAA, que progresivamente cesó de operar, disciplinándose en función del monopolio de la violencia que necesitaba la Junta Militar del golpe de Estado que sobrevendría el 24 de marzo de 1976.”.
• PRIMER CUERPO. Rafecas ordenó detener a quince represores del centro Protobanco El juez federal Daniel Rafecas ordenó esta semana la detención de 15 represores por más de un centenar de secuestros y torturas, entre otros delitos de lesa humanidad, cometidos en el centro clandestino de detención conocido como Puente 12 o Protobanco, en Camino de Cintura y Ricchieri, enfrente de El Vesubio. Este centro funcionó desde 1974 y hasta 1977. Antes del golpe lo usaban las patotas parapoliciales de la Triple A. La medida se tomó en el marco de la megacausa que sustancia el magistrado por los hechos cometidos en la órbita del Primer Cuerpo de Ejército. El expediente investiga los secuestros y torturas de alrededor de 120 víctimas, de las cuales 30 están desparecidas o fueron asesinadas.Entre los represores detenidos se encuentran los ex comisarios de la Bonaerense José Félix Madrid y Guillermo Horacio Ornstein, y los suboficiales José Sánchez, Angel Salerno y Carlos Tarantino, todos ellos alojados en la cárcel de Marcos Paz del Servicio Penitenciario Federal. A los ex policías Rafecas los responsabilizó por llevar a cabo un operativo ilegal en una casa del barrio de Palermo, el 5 de noviembre de 1975, donde fue asesinada María Teresa Barvich, de 24 años, y fueron “brutalmente secuestrados” Noemí Moreno –embarazada de siete meses–, Norberto Rey, los hermanos Washington y Juan Carlos Mogorodoy, Blanca Becher y Griselda Lazarte. Todos fueron conducidos a Protobanco, donde fueron torturados.El juez también dispuso la detención e indagatoria de los ya apresados Eduardo Alfredo Ruffo y Raúl Antonio Guglielminetti, ambos condenados en el marco de esta megacausa por su actuación en el centro clandestino de detención Automotores Orletti. En Protobanco actuaba también la banda del fallecido Aníbal Gordon.Rafecas ordenó, además, la detención de Hugo Idelbrando Pascarelli, Federico Antonio Minicucci y Faustino José Svencionis; el primero, como Jefe de Área, y los dos últimos, como responsables militares en la zona, así como del ya condenado Miguel Osvaldo Etchecolatz, todos como “autores mediatos” de esos delitos de lesa humanidad.El centro Protobanco comenzó a funcionar en 1974, y hasta febrero de 1977. “Allí se sometió a las víctimas a condiciones infrahumanas equiparables a torturas, tales como la sujeción e inmovilización, la prohibición del habla, el tabicamiento, la privación de agua y alimento”.
Por Juan Gasparini

CUANDO EL PODER PASO DE LA CASA ROSADA AL EDIFICIO LIBERTADOR

Isabel Perón e Ítalo Luder
La trama de cómo, en el gobierno de Isabel, los militares tomaron el control operacional del país. El penoso papel de Ítalo Luder.
El ataque montonero al Regimiento de Infantería 29, de Formosa –en el que murieron 12 insurgentes, diez conscriptos, un subteniente, un sargento y un policía– dejó su huella en la Historia. De hecho, lo ocurrido en ese ya lejano 5 de octubre de 1975 propiciaría una efeméride oficiosa: el denominado “Día de las Víctimas del Terrorismo en Argentina”. Pero también dio pie a una hipótesis algo antojadiza: dicha acción guerrillera habría provocado el golpe militar de 1976, tal cómo –por caso– sostiene Ceferino Reato, un ex vocero del polémico ex embajador Esteban Caselli, en su libro Operación Primicia (Sudamericana/2011). Lo cierto es que tal creencia se basa en que 24 horas después del copamiento, el presidente provisional Ítalo Luder firmó los decretos de aniquilamiento, que extendían a todo el país las facultades represivas que tenía el Ejército en Tucumán. Sin embargo, los sucesos que rodearon aquel acto, digamos, protocolar, estuvieron precedidos por un plan urdido con notable antelación por los militares para avanzar en su desfile hacia el sillón de Rivadavia. Esta es la crónica de aquel lunes.  Hacía 24 días, Luder había escalado a la presidencia. Su interinato concluiría cuando Isabel Perón regresara de la localidad cordobesa de Ascochinga, a donde había viajado para reponerse de una colitis ulcerosa que se había convertido en una cuestión de Estado; esa incómoda dolencia solía obligarla a interrumpir de modo súbito actos oficiales, reuniones de Gabinete y hasta recepciones a dignatarios extranjeros. Luder soñaba con reemplazarla definitivamente. Los uniformados tenían otros planes.  Durante la mañana del 6 de octubre, Luder se reunió en el Salón de los Acuerdos con los jefes de las Fuerzas Armadas –Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Héctor Fautario– y el jefe del Estado Mayor del Ejército, Roberto Eduardo Viola. También estaban todos los integrantes del Gabinete.  Videla, sentado a la derecha de Luder, miró su reloj. Viola habló por él:–El señor comandante tiene que viajar a Formosa y su avión sale en dos horas.  Videla, a modo de disculpas, acotó:–Debo dar allí mis condolencias a los familiares de los soldados muertos.–¡Que desgracia la de estos muchachos!– se le oyó decir al ministro de Economía, Antonio Cafiero. El ministro de Defensa, Tomás Vottero, pronunciaría entonces una frase que haría historia: –A los extremistas hay que matarlos y perseguirlos como ratas. –Mejor sería primero perseguirlos y luego matarlos– corrigió el ministro de Trabajo, Carlos Ruckauf, en tono de broma. Nadie festejó la humorada. Videla consultó nuevamente su reloj, antes de tomar la palabra. Su voz carecía de matices. Pero reemplazaba ese vacío acompañando sus dichos con ademanes secos y elocuentes. Primero se refirió a “la vocación democrática de las Fuerzas Armadas”, haciendo hincapié en “su compromiso irrenunciable de garantizar el libre juego de las instituciones”. Luego, se lanzó de lleno al análisis del “flagelo terrorista”, apelando a una metáfora oncológica: “La subversión es un tumor maligno que debe ser extirpado con los métodos y los instrumentos que fueran necesarios”. Y concluyó:–No existe otra alternativa, señor Presidente, que extender el Operativo Independencia a todo el país. Se refería a la represión contra la guerrilla rural del ERP en Tucumán. En esa lucha se había privilegiado el rol de la inteligencia militar. Y las batallas decisivas se libraban en los interrogatorios a los pobladores y prisioneros del ERP. De hecho, allí ya funcionaban los primeros 14 centros clandestinos de detención del país. El Jardín de la República se había convertido en un laboratorio del terrorismo de Estado. La mirada de Luder seguía clavada sobre Videla. En ese instante, Cafiero se permitió una objeción: –La realidad del país, general, tiene algunas diferencias con respecto a lo que pasa en Tucumán. Videla lo fulminó con una expresión poco amigable:–Doctor, hay un denominador común: esta es una guerra de inteligencia, con todas las particularidades que ello acarrea. Esas “particularidades” aludían a la obtención intensiva de informaciones arrancadas mediante la tortura. Tal sería la columna vertebral de las operaciones militares. Videla, con el cuello estirado hasta lo imposible, retomó el hilo de su exposición:–Los extremistas apuestan a su crecimiento geométrico. Nuestra misión, señor Presidente, es abortar precisamente eso. Luder, muy impresionado, preguntó: –¿Cuánto tiempo nos llevaría la pacificación nacional tal como usted la plantea? Videla, con la actitud de un médico que recomienda un tratamiento doloroso, dijo: –Voy a ser franco: hay cuatro opciones. Pero yo me inclinaría por una en particular. Y en un año y medio se acabó el problema. Y agitó un brazo como para espantar a una mosca imaginaria. –Podríamos aplicar un plan de operaciones tipo Honduras o Nicaragua. Pero, claro, estamos hablando de algo va para largo. No sé hasta qué punto eso nos conviene. También expuso otras dos alternativas más intensas: el modelo empleado por el general Hugo Banzer Suárez en Bolivia y el de Augusto Pinochet en Chile. Aunque –según su parecer– éstas no eran tan eficaces como la cuarta opción. Su estrategia consistía en “atacar masivamente al enemigo, en todo terreno y con recursos ilimitados”. Y con un aire piadoso, aseguró:–Sería la variante más funcional. Además tiene una gran ventaja: es la más benévola.–¿En qué sentido?– quiso saber el Presidente.–Vea, no lo quiero engañar; esto va traer abusos y algún que otro error, usted sabe. Pero, de todos modos, habría un menor costo en vidas humanas que en un conflicto prolongado. Luder, finalmente, expresó su aceptación con un tenue parpadeo. Serían las 11.30 cuando propuso un cuarto intermedio para darle forma a los decretos correspondientes. Sin embargo, para su asombro, Vottero le extendió unos folios prolijamente mecanografiados. –Tome, señor Presidente; es un borrador de los decretos. La sorpresa se extendió hacia el resto del Gabinete. Nadie sabía que la semana anterior –cuando aún no se había producido el ataque en Formosa– Vottero había visitado el Edificio Libertador en dos ocasiones. Allí, además de los tres comandantes, se encontraba el jefe del Estado Mayor del Ejército y el general Carlos Dalla Tea. Videla fue al grano y planteó la necesidad de aplicar el plan represivo cuanto antes. El borrador de los decretos ya estaba redactado Y en él figuraba la palabra “aniquilar”, lo cual derivó en un conflicto lingüístico, puesto que el brigadier Héctor Fautario –el más moderado de los comandantes– propuso un sinónimo menos letal. Videla se opuso con una razón de peso: –La palabra “aniquilar” figura en el reglamento del Ejército. En su boca, dicho verbo no significaba “acabar con la voluntad de combatir del enemigo”, sino que aludía, sencillamente, al exterminio. El plan urdido en esa oportunidad consistía en imponer la legalización del borrador ni bien algún grupo revolucionario consumara un hecho de envergadura. Ya se sabe que ello sucedería en el transcurso del 5 de octubre.Al día siguiente, Vottero le entregaría ese texto a Luder. Y ya pasado el mediodía, fue volcado a unas hojas con membrete del Poder Ejecutivo Nacional, antes de ser firmado por cada uno de sus integrantes. Así nacieron los famosos decretos 2770 y 2771. El primero dispuso la creación del Consejo de Seguridad Interna, el cual estaría integrado por el presidente, sus ministros y los tres comandantes de las Fuerzas Armadas, a los fines de “restablecer la paz y la tranquilidad del país”.El segundo delegaba en las Fuerzas Armadas –bajo el comando superior del Presidente y ejercido a través del Consejo Nacional de Defensa– la ejecución de “las operaciones militares y de seguridad que sean necesarias a los efectos de aniquilar el accionar de los elementos subversivos en todo el territorio del país”.De ese modo, toda la estructura represiva del Estado pasaba a manos de la cúpula militar. Y, para colmo, bajo una fina cáscara de legalidad, ya que Isabel –o en su defecto, Luder– debía encabezar el asunto de una manera puramente protocolar. Durante una interminable media hora, aquellas dos hojas fueron pasando por las manos de todos los ministros. Y éstos iban estampando sus rúbricas con la actitud de quien firma un contrato de locación. El último en hacerlo fue el ministro de Educación, Pedro Arrighi, ante la atenta mirada del general Viola. Al concluir dicho trámite, el almirante Massera se levantó de su asiento para estrechar la mano de Luder.–Lo felicito, señor Presidente. No tenga ninguna duda de que hemos dado un paso histórico. Videla ya estaba en camino hacia la base aérea de El Palomar. Tal vez en su mirada brillara la certeza de que, a partir de ese momento, el poder había pasado sin escalas de la Casa Rosada al Edificio Libertador. Y según su idea, para siempre.
Por Ricardo Ragendorfer

domingo, 5 de febrero de 2012

Viajeros por Rusia: Ferran Valls i Taberner

En 1985, la Universidad de Barcelona editó un pequeño libro [1] que reúne doce crónicas escritas en 1928 por el historiador catalán Ferran Valls i Taberner (1888-1942), colaboraciones que aparecieron en el diario La Veu de Catalunya entre el 13 de septiembre y el 9 de noviembre y forman, en su conjunto, una pequeña obra maestra de la literatura catalana de viajes. 
La edición mencionada estuvo a cargo de personas vinculadas al Derecho, que dirigían la colección “Serie Bibliográfica de Derecho Histórico e Historia de las Instituciones”, y es precisamente en ese flamante pero poco literario contexto donde se oculta una obrita exquisita que debería divulgarse más. Porque Valls i Taberner no era sólo un experto en los Usatges de Barcelona, sino también un periodista y ensayista de pluma ágil, clara y rápida, con una capacidad de observación más que notable, que es clave en el género. El mérito de las doce crónicas de Valls se triplica si se piensa que estuvo únicamente dos días y medio en Leningrado y otros dos en Moscú. 
La extensa introducción de Eduard Zurawka añadida a la edición de 1985 es más una denuncia de los crímenes del comunismo soviético y de Stalin en particular, y una reivindicación de los grandes disidentes –Solzhenitsyn, Sájarov y Kópelev–, que un comentario a la obra presentada. Pese a tratarse de un buen esquema de la historia global de la Unión Soviética, resulta de poca utilidad para definir qué hizo, qué pensó y quién fue el protagonista del prólogo: el propio autor, Valls i Taberner. Conviene, pues, tratar el texto como merece para señalar tanto sus virtudes como sus defectos en su dimensión de obra literaria. 
Ferran Valls i Taberner era un pensador conservador procedente del noucentisme más canónico y académico, lo cual ya induce a pensar que no simpatizaba, precisamente, con el régimen imperante en Rusia desde 1917. Su crítica, sin embargo, nunca es frontal, sino que intenta buscar las bondades del régimen: elogia calurosamente, por ejemplo, los esfuerzos del gobierno en cuanto al mantenimiento de archivos y museos. Los problemas empiezan más bien cuando medita sobre el ateísmo oficial del sistema comunista: “Para mí, pese a la decadencia y la pobreza que en el orden material existen en Rusia (que se manifiestan sobre todo cuando se establece la comparación con los países de civilización más floreciente y prosperidad más evidente, como los Estados escandinavos o Alemania, el contraste con los cuales resulta muy fuerte), no es ese el problema más grave e inquietante que ofrece hoy el pueblo ruso; lo que a mi entender resulta más grave es el problema moral. Es en el orden ético y en el terreno de la vida espiritual donde resulta más nefasta y horrorosa la obra del bolchevismo”. Valls i Taberner es un hombre que cree en la vieja Europa, en el impulso de los burgueses situados en la vanguardia de una civilización cristiana partidaria de erigir realidades fácilmente medibles, de escala humana, arrinconando las deficiencias materiales y obviando el problema social en el seno de las sociedades liberales. 
En este sentido, lo que observa es valorado desde la percepción del humanista que cree en el clásico progreso decimonónico: “En todo caso, el efecto que me produjo la primera entrada en la antigua capital rusa es que el resultado del bolchevismo no ha sido elevar el nivel del bienestar general, sino simplemente eliminar la clase más acaudalada y fastuosa; pero ni tendiendo a nivelar hacia abajo se ha conseguido medir por un mismo rasero. El poder soviético logró suprimir a los antiguos ricos, pero el aspecto de la sociedad rusa superviviente en las grandes ciudades es el de una sociedad burguesa empobrecida”
Nuestro historiador, convertido durante cuatro días y medio en corresponsal en Rusia, a veces ni siquiera es consciente de estar cayendo en las siniestras redes de los designios del dictador. Valls no deja de elogiar las bondades del turismo organizado ruso, mediante invitaciones a personalidades extranjeras, cuando éste era uno de los objetivos del régimen para lavar su imagen en el exterior. Se hacían auténticos esfuerzos para producir buena impresión, como actualmente ocurre en Cuba, donde el turista puede consumir tantas piñas coladas como quiera en fastuosos complejos hoteleros situados en islas vírgenes a los que los cubanos no tienen acceso. Al historiador le fascinaron sobre todo las eficacísimas azafatas y guías soviéticas: “La pulidez y la cultura de las guías rusas, así como el correcto francés que casi todas ellas hablaban (además, algunas conocían bien el alemán, el inglés o el español) eran consecuencia, sin duda, de la educación de la época presoviética”
Por otra parte, no parece mostrar inquietud alguna cuando nos muestra una forma de viajar que a nosotros se nos antojaría algo militarizada, por no decir sospechosa o poco espontánea: “Clasificados en grupos de 20 o 25 personas organizados previamente, a cada uno de los cuales correspondía un guía que hablaba el idioma del grupo respectivo, íbamos instalándonos en automóviles numerados correlativamente que nos habían de conducir, en comitiva, al interior de la ciudad”. Más adelante comenta: “A cada cien pasos de nuestro itinerario había un soldado con la bayoneta calada”. Hoy, con mayor perspectiva, sabemos a qué respondían tantas atenciones con el viajero occidental. 
En las descripciones de Leningrado (la antigua –y actual– San Petersburgo) es donde el autor muestra más destreza puramente estilística. Las primeras y emocionadas impresiones del suelo vedado de la URSS son más bien desalentadoras: “El aspecto del puerto era de paralización del tráfico y de abandono; grandes almacenes de depósito vacíos y destartalados; algunos vagones de mercancías sin carga alguna, abandonados aquí y allá, sobre raíles herrumbrosos entre los que crecía la hierba. Unas mujeres, descalzas, transportaban madera, lo único de lo que se veían por allí algunas pilas; hombres semidesnudos que, con las manos enguantadas, hacían trabajos de descarga; niños descalzos y harapientos que jugaban y corrían por aquel lugar”. Las maravillas del centro de la ciudad son descritas en una crónica magistral, correspondiente al 22 de septiembre de 1928.
Las palabras que dedica a un espectáculo de danza y teatro popular nos recuerdan un artículo de Ortega y Gasset [2], escrito en aquella misma época (1925), en el que decía que el futuro del teatro, lo mismo que el de la pintura, se había de convertir en geométrica decoración, tenía capacidad suficiente para convertirse en puro movimiento dinámico. Nuestro autor, en cambio, con un escepticismo muy catalán, no parece tan partidario de la disolución de los grandes contenidos propia de la Modernidad: “La cena en el Hotel Europa está amenizada con una serie de cuadros de revista que, sobre un entarimado, van representando sucesivamente diversos artistas y grupos coreográficos. […] El carácter llamativo y abigarrado de estas varietés, su sentido frenético y efectista podría tener el propósito de apasionar a un público excitable y fácil de entusiasmar por algo extremoso y electrizante que suplantase la novedad y la calidad con un sensacionalismo puramente ruidoso y convulsivo; pero a quien se hubiera fijado serenamente en aquel espectáculo y aquel mismo día hubiera hecho otras oportunas observaciones, no le sería difícil darse cuenta (y la comparación con lo que luego veríamos en Moscú lo confirmaría) de que Leningrado, bolchevísticamente, tiene hoy un marcado tono provinciano, y que lo que salva su prestigio urbano y su brillo metropolitano son los rastros magnificentes de su pasado imperial”. Los argumentos de Valls no dejan de tener actualidad, más aún si se medita sobre el nacimiento de las rusadas bajo el totalitarismo soviético, del mismo modo que nacieron o adquirieron nuevo impulso las españoladas bajo el régimen de Franco. 
Aprovechando esta breve digresión sobre lo que tenemos más cerca de casa, Valls i Taberner se dedica a comparar, en el tren que lo transporta de Leningrado a Moscú, el campo ruso con el castellano: “En esta época del año y en este lugar de Rusia, el colorido de cultivos, pasturas y arboledas que cubren buena parte del terreno y la nota pintoresca de los pueblecitos que aparecen de vez en cuando, ofrecen continuamente al espectador una sensación de serenidad y optimismo, sobre todo cuando se recuerda la desolación de los parajes yermos y solitarios del altiplano peninsular”
La capital del monstruo soviético sorprende a nuestro periodista por la variedad racial y su aspecto marcadamente asiático, que contrasta con el tono de Leningrado. “Así [Moscú] tiene, de algún modo, algo de lugar de peregrinación y, al mismo tiempo, cierto aire de gran feria oriental. La abigarrada variedad de tipos étnicos que integran las multitudes que transitan en silenciosa agitación las calles de esta urbe particularmente típica (curiosa mezcla de viejo poblado y ciudad moderna), le dan un aspecto muy diferente del de Leningrado y de las grandes metrópolis de los principales países de Europa”. La horrenda visión de un hombre ebrio tirado en el suelo sin que nadie se fije en él conmueve intensamente al autor, nada acostumbrado, sin duda, a las dinámicas agigantadas de las grandes ciudades contemporáneas (a fin de cuentas, comparada con la Moscú de los grandes edificios de hormigón, la Barcelona noucentista debía resultar algo más bien amable), y le hace reflexionar sobre la disolución de la individualidad que se produce en la sociedad soviética, más preocupada por la realización de planes ideológicos a gran escala que por atender a las personas descarriadas o, sencillamente, pobres, desarropadas y desgraciadas que se arrastran por las calles. 
Un acierto indiscutible de la edición de 1985 es, sin duda, la inclusión al final del artículo “Impresiones y recuerdos de San Petersburgo”, publicado por Valls i Taberner en castellano en La Vanguardia Española [3] el 5 de octubre de 1941. Aquí, el tono de la prosa cambia por completo (no estaba el ambiente para relativismos, precisamente), y lo que traza el antiguo catalanista es una visión apocalíptica del régimen soviético: “Entonces empezaron sus mayores e incesantes angustias: el terror rojo (que ha constituido el más horrible infierno); la miseria constante y en ocasiones varias el hambre más feroz; la inseguridad con respecto a la vida misma de la comunidad urbana y de toda la nación. Y dentro de esa aguda y crónica inquietud colectiva, que habrá debido de llegar al máximo en estos últimos meses y sobre todo en los actuales instantes de peligro supremo, horroriza pensar en la cantidad enorme, incalculable, de espantosas tragedias individuales y familiares que los veintitantos años de tiranía roja han constituido el imponderable suplicio de un crecidísimo número de habitantes de la gran ciudad báltica, produciendo una asfixia moral interminable y nunca igualada, junto a una cantidad de torturas y penalidades físicas incalculable y escalofriante” [4]. 
Y es que en 1928 Stalin no había hecho más que afilarse las uñas. Cuando el Valls franquista escribía su artículo de 1941, el dirigente soviético ya había desarrollado buena parte de su programa interior y exterior: las grandes purgas y los juicios (1933-1938), la ocupación de la Polonia oriental (1939), el ataque a Finlandia (1939) con la posterior entrega de Carelia por parte de ésta (1940) y la anexión de Lituania, Letonia, Estonia, Besarabia y el norte de Bucovina (1940). 
Lo que cuesta entender es por qué el prologuista del libro dice que el tono encendido de este artículo se debe al nuevo ambiente generalizado de la España en 1941. Interesa presentar a Valls i Taberner como un hombre comprometido con la lucha por las libertades, pero lo que convendría decir es que Valls i Taberner se había convertido en un franquista convencido y avergonzado de su pasado catalanista, y que había escrito el libro Reafirmación espiritual de España (1939). No pasa nada si lo admitimos: el valor de sus doce artículos no decae en absoluto. Y, además, no fue el único catalanista de derechas que abrazó abiertamente la causa del 39: recientemente, Borja de Riquer ha documentado en su artículo “Joan Estelrich: de representant catalanista als congressos de nacionalitats europees a delegat franquista a l’UNESCO” [5] la extraordinaria capacidad de adaptación con que Joan Estelrich fue haciendo carrera durante la postguerra española. Lo que supo hacer muy bien Valls i Taberner fue ofrecernos un excelente retrato de la URSS de 1928, señalando sus contradicciones más evidentes. 
Por Andreu Navarra Ordoño 
(Traducción del catalán: Albert Lázaro-Tinaut) 
[1] Ferran Valls i Taberner: Un viatger català a la Rússia d’Stalin. Barcelona, PPU, 1985. 136 páginas. 
[2] José Ortega y Gasset: “Elogio del Murciélago”, en el cuarto tomo de El Espectador. Madrid, Espasa-Calpe, 1966, pp. 123-133. 
[3] Cabecera que mantuvo el diario barcelonés La Vanguardia, por imposición del régimen franquista, desde 1939 hasta el 16 de agosto de 1978. 
[4] El texto completo de este artículo puede leerse digitalizado en la Hemeroteca de La Vanguardia (véase aquí). 
[5] L’Avenç, núm. 368, mayo de 2011. 
Andreu Navarra Ordoño (Barcelona, 1981) obtuvo el Premio Extraordinario de Licenciatura en 2003 y se doctoró en Filología Hispánica en 2010 con la tesis titulada “José María Salaverría, escritor y periodista (1904-1940)”. Actualmente trabaja como investigador en el Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona y estudia la dialéctica hispanocatalana entre 1874 y 1939. 
Ha publicado los poemarios Suicidio Súbito (Barcelona, 2006), Fiebre y ciudad (Madrid, 2009, libro objeto con fotografías de Isabel Huete) y Canciones del Bloque (Barcelona, 2010). Coordinó y prologó la antología Domicilio de Nadie. Muestra de una nueva poesía barcelonesa (San Juan de Puerto Rico, 2008). Es autor, además, del doble ensayo Dos Modernidades: Juan Benet y Ana María Moix (Badajoz, 2006). Publica también artículos relacionados con su campo de investigación –la relación entre escritura y poder político en la España de principios de siglo XX– en revistas filológicas y libros colectivos, y colabora periódicamente como críticio literario en las revistas virtuales Periódico de Poesía (Universidad Autónoma de México) y Babab (www.babab.com). 

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