"Hasta ahora, los filósofos han tratado de comprender el mundo; de lo que se trata sin embargo, es de cambiarlo" Karl Marx

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domingo, 5 de febrero de 2012

Fundamentos de una estrategia ecosocialista

Está en crisis una relación históricamente dada entre la humanidad y el medioambiente
Contrariamente a lo que sugiere la falsa pero muy popular metáfora de la Isla de Pascua propuesta por Jared Diamond [1], las degradaciones medioambientales actuales no son comparable a las que se produjeron en otros períodos históricos. Las diferencias no son sólo cuantitativas (la gravedad y la globalización de los problemas ecológicos) sino, sobre todo, cualitativas: mientras que todas las crisis medioambientales del pasado se derivaban de tendencias sociales a la sub producción crónica, del temor a la penuria, los problemas actuales tienen su origen en la tendencia inversa: a la superproducción y al sobre consumo, propios de un sistema basado en la producción generalizada de mercancías. Por ello, hay que concluir que el término crisis ecológica es erróneo. No es que la naturaleza esté en crisis, sino que lo que está en crisis es una relación históricamente dada entre la humanidad y el medioambiente. Esta crisis no se debe a la naturaleza de la especie humana sino al modo de producción que se impuso hace ahora aproximadamente dos siglos: el capitalismo, y al modo de consumo y movilidad que derivan de él. Los graves daños que sufre el ecosistema (cambio climático, contaminación química, declive acelerado de la biodiversidad, degradación de los suelos, destrucción de los bosques tropicales, etc.) forman parte de la crisis sistémica global. Todas ellas, en su conjunto, expresan la incompatibilidad entre el capitalismo y el respeto a los límites naturales.
Productivismo sin límites
La razón fundamental de esta incompatibilidad es simple: bajo el acicate de la competencia, todo propietario de capital busca, sin descanso, reemplazar trabajo vivo por trabajo muerto o, lo que es lo mismo, reemplazar mano de obra por máquinas más productivas y, de ese modo, obtener un beneficio superior al beneficio medio. Operación cuyo objetivo no es otro que eliminar la competencia inundando el mercado con mercancías a un precio más bajo. En este modo de producción la innovación no tiene por objeto aligerar la carga del trabajo sino la acumulación incesante de capital. La búsqueda permanente de nuevos campos de valorización del capital lleva al sistema a incrementar sin límites la producción de mercancías innecesarias y dañinas que para lograr venderlas, y realizar así la plusvalía, exigen crear necesidades y mercados cada vez más artificiales. El productivismo -producir por producir- implica necesariamente consumir por consumir y forma parte, al igual que el fetichismo de la mercancía, del código genético del modo de producción capitalista. "El capitalismo no sólo no es nunca estacionario sino que jamás podrá llegar a serlo", decía Schumpeter [2]. Efectivamente, para que el capitalismo pueda ser estacionario debería abolirse la competencia entre los numerosos capitales que componen el Capital; algo totalmente absurdo.
Aún así, habrá quien objete que si la eficiencia en la utilización de los recursos aumentara más rápido que la masa de mercancías producidas, la reproducción ampliada del capital no significaría una utilización creciente de recursos naturales. Y si fuera así, el capitalismo sería ecológicamente sostenible. Estamos ante la tesis de la disociación entre el crecimiento del PIB y la huella ecológica ilustrada por la curva ambiental de Kuznets, según la cual el impacto ambiental de una determinada sociedad aumentaría hasta un punto y luego disminuiría en función de su riqueza, del desarrollo de sus fuerzas productivas.
Es cierto que de todos los modos de producción que han existido en la historia, el capitalismo es el que ha aumentado de formas más espectacular la productividad del trabajo y la eficiencia en la utilización de recursos. Lo es porque la búsqueda del sobre-beneficio que impulsa la mecanización favorece al mismo tiempo una economía creciente en la utilización de las riquezas naturales. Sin embargo, esta constatación no desmiente la naturaleza ecocida del sistema y la curva de Kuznets resulta falsa.
Por una parte, el aumento de la eficiencia no es necesariamente lineal en relación al incremento del capital fijo, que, de lo contrario nos llevaría a la conclusión de que el movimiento perpetuo es posible dado que un trabajo podría ser realizado sin pérdida de energía (grosero error cometido por los expertos que evaluaron que el consumo europeo de electricidad podría ser cubierto por el proyecto Desertec que explota los rayos solares en el Sahara) [3]. Por otra, está empíricamente constatado que el aumento del volumen de producción va más allá de la compensación por el incremento de la eficiencia, que sólo es relativa. El caso del automóvil es ilustrativo: los motores son más sobrios, pero las necesidades globales en hidrocarburos y las emisiones de gas de efecto invernadero se incrementan de forma considerable debido al aumento incesante del parque de vehículos. El crecimiento capitalista es bulímico: implica, inevitablemente, un consumo creciente de recursos que es irreconciliable con la renovación de los mismos y con los límites de la naturaleza.
El incremento angustioso de problemas ecológicos graves nos lleva a plantearnos algunas preguntas: ¿cuáles son los límites teóricos del crecimiento capitalista y, por lo tanto, de la degradación medioambiental del capitalismo? Para responder bien a esta cuestión hay que tener en cuenta que el capitalismo es, ante todo, una relación social de explotación cuyo desarrollo fue históricamente posible por la apropiación previa que, en nombre del beneficio, realizaron las clases dominantes de los recursos naturales (tierra, agua, bosques…). Tras ella vino la apropiación de la fuerza de trabajo, transformada en mercancía asalariada. El pillaje de recursos y la explotación del trabajo -cuando se considera éste desde un punto de vista social- constituyen, por tanto, las dos caras de la misma moneda.
Ahora bien, si dejamos de lado su función social (la cooperación y sus formas), la fuerza de trabajo humano también puede ser considerada, bajo el ángulo termodinámico, como un recurso natural entre otros (el cuerpo humano es transformador de energía). En ese caso, el pillaje y la explotación ya no constituyen un único proceso de destrucción y el sobre trabajo puede ser descrito como una cantidad de energía acaparada por la patronal. Dicho esto, podemos responder a la cuestión sobre los límites teóricos del capital. De una parte, la expropiación de las y los productores directos, su alienación en relación a la tierra, ha creado una clase social cuyo único medio de subsistencia es la venta de su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Por otra, el empleador pone a disposición del trabajador o trabajadora asalariada todos los elementos necesarios para desempeñar su actividad productiva -herramientas, fábricas y energía- que han sido extraídos de la naturaleza o transformados a partir de ella por el trabajo. En este contexto y teniendo en cuenta que el aumento de la eficiencia solo es relativa, es obvio que la búsqueda incesante de sobre-beneficio por el productivismo capitalista pesa tanto sobre la fracción variable como la constante del capital, de manera que éste se ve inevitablemente obligado siempre a consumir una cantidad absoluta mas grande de fuerza de trabajo y de recursos naturales, a pesar de que favorece su economía relativa. La fórmula enigmática de Marx diciendo que el capital no tiene otro límite que el propio capital quiere decir sencillamente que este modo de producción no se detendrá más que cuando haya agotado sus dos únicas fuentes de "riqueza; la tierra y el trabajador" .[4]
Esta conclusión deja poco lugar al optimismo de quienes se empeñan en creer, de forma obstinada, que un mecanismo endógeno aún no identificado podría bloquear el sistema antes de que sobrepase este límite teórico. Sin embargo, es necesario constatar que ese mecanismo no existe ni puede existir. Una vez más, la razón es simple y nos remite a las leyes fundamentales del capitalismo: este sistema, basado exclusivamente en la ley del valor-trabajo tiene por único fin la producción de valores de cambio y no la producción de valores de uso. De manera que, estando determinado su valor por el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción, el capital no dispone de ningún mecanismo que le permita tomar en consideración, espontáneamente, el estado real de las riquezas que la naturaleza pone a disposición de la humanidad gratuitamente. Símbolo y esencia del valor, el dinero, tanto por su abstracción como por la inversión completa de perspectiva que engendra (parece que el dinero otorga valor a las mercancías cuando son éstas quienes le confieren el valor a él) crea la ilusión de que sería posible una acumulación ilimitada. Conviene precisar que el capital, que contabiliza y mide todo, es incapaz de tomar en cuenta cualitativa y cuantitativamente las riquezas naturales, tal y como lo muestra la despreocupación total con la que destruye de forma irreversible los stocks de numerosos recursos naturales a pesar de las advertencias de todo tipo. Esta locura incluso encuentra teóricos entre los neoliberales que defienden, contra toda evidencia, la absurda tesis de la posibilidad de substitución integral de los recursos naturales por productos generados por la actividad humanan...
¿Respuesta política?
Es cierto que algunos capitales se invierten masivamente en el sector verde de la economía ya que, gracias a los subsidios públicos, los beneficios en ese sector son atractivos. Pero el capitalismo verde como tal es una contradicción en los términos. La única cuestión que merece la pena ver es en qué medida la ceguera ecológica del modo de producción mercantil podría estar compensada por medidas políticas exógenas a la esfera propiamente económica. A la vista de lo que hemos comentado más arriba, la respuesta es evidente: la eficacia de las políticas ecológicas depende totalmente de la determinación con que quienes las adoptan osan hacer frente a la libertad del capital; es decir, construyen una relación de fuerzas social necesaria para imponerlas (lo que, por otra parte, significa vincular la solución de la cuestión ecológica a la lucha de las y los explotados: la lucha contra el paro, la miseria, la desigualdad social, las discriminaciones y la degradación de las condiciones de trabajo). Y es ahí donde está el problema.
Probablemente Tim Jackson es uno de los autores no marxistas que mejor ha comprendido que la causa fundamental de la degradación medioambiental está en la lógica productivista del capitalismo. En Prosperidad sin crecimiento, se aleja de las explicaciones superficiales y escribe de forma pertinente que "esta sociedad que echa todo a la basura no es tanto fruto de la glotonería de las y los consumidores como la condición de supervivencia del sistema", un sistema que tiene necesidad de "vender cada vez más e innovar permanentemente." [5] Pero Jackson evita llegar a la conclusión de este análisis: en lugar de poner en cuestión este modo de producción fija la atención en cuestionar "el deseo de novedad y de consumo que derivan de la naturaleza humana". De ese modo, la montaña pare un ratón:
En lo que respecta al medio ambiente, Prosperidad sin crecimiento aboga porque el poder político fije severos límites en a la utilización de los recursos en función, exclusivamente, de los límites medioambientales. Exactamente, es lo que convendría hacer…, sólo que no podemos fingir ignorar, como Jackson, que el mundo de los negocios se opone con éxito a cualquier regulación medioambiental drástica, incluso en aquellos casos en los que su necesidad no es puesta en cuestión;
En el plano social, Jackson tiene el mérito de abogar por la reducción del tiempo de trabajo, sólo que subordinando esta medida a la conservación de la competitividad de las empresas, sin que pueda, por ello, cuantificarla. De hecho, para él, la reducción del tiempo de trabajo es una forma de flexibilidad, no una respuesta colectiva e inmediata al paro, ni un instrumento, mediante la no reducción del salario, para la redistribución de la riqueza. Por otra parte, no la contempla sino como el último recurso en caso de que la conversión de los economistas a un nuevo modelo macroeconómico no fuera suficiente para "desplazar el punto neurálgico de la actividad económica del sector productivo de valor hacia los servicios desmaterializados" . [6]
En general, todas las propuestas orientadas a corregir políticamente la naturaleza ecocida del capital tropiezan con los mismos obstáculos: la lógica del beneficio y la naturaleza de clase de las instituciones. [7]
El milagro de la internalización
Einstein dijo una vez que "No se puede resolver un problema con la forma de pensar que ha conducido al mismo". Este teorema es perfectamente aplicable a la idea de que el capitalismo podría implicarse en la senda de la sostenibilidad si las instancias políticas cuantificarían el precio de los recursos naturales. Dado que la crisis ecológica es una consecuencia de la producción generalizada de mercancías, no va a ser a través de la "mercantilización" del agua, del aire, del carbono, de los genes o cualquier otra riqueza natural, que llegaremos a detener la destrucción medioambiental. Esta internalización de externalidades no sólo no nos acerca a una solución sino que, por el contrario, nos aleja de ella. La transformación de las riquezas naturales en mercancías implica su apropiación por el capital. A partir de ahí el asunto está claro, ya que sometiéndolas a la ley del valor-trabajo quedan excluidas de otro criterio de gestión que no sea la de obtener un beneficio.
En cualquier caso, y más allá de estas consideraciones, la cuestión fundamental es que el propósito de adjudicar un precio a las riquezas naturales se enfrente a una dificultad teórico insuperable: ¿cómo evaluar en términos monetarios los bienes cuya producción no es medible en horas de trabajo, que, por consiguiente, no tienen valor y cuya destrucción se da, además, diferida en el tiempo? La única respuesta que otorgan los economistas liberales a este rompecabezas es pelearse en torno a un impuesto de actualización; y se plantean la cuestión de la disponibilidad de los consumidores a pagar por el medio ambiente o… a aceptar su degradación. Por esa vía, los precios de las riquezas naturales varíaan según si las personas interrogadas son ricas o pobres… Llevado al límite, este método es claramente absurdo: ¿qué valor mercantil podríamos otorgar a un rayo solar sabiendo que la vida de la tierra dependa de él?
La puerta sin salida del cálculo mercantil aparece más clara en la propuesta de un impuesto-carbono para encarecer las energías fósiles frente a las renovables y, por lo tanto, reducir las emisiones de gas carbónico. Como se sabe, para tener alguna opción de no superar los 2ºC de incremento de la temperatura en relación al periodo pre-industrial es necesario que las emisiones de carbono disminuyan de aquí al año 2050 entre el 80 y el 95% en los países capitalistas desarrollados y de 50 al 85% a nivel mundial, situándose, a mucho tardar, el punto de inflexión en el año 2015 [8].
Esta horquilla de cifras, de las que lo más prudente sería tomar en consideración las más altas, implica abandonar las energías fósiles, que actualmente cubren el 80% de nuestras necesidades energéticas (siendo el oro negro la primera materia en la industria química) a lo largo de las dos próximas generaciones. En realidad, la amplitud de las reducciones que hay que realizar de manera urgente y la importancia de la diferencia de coste entre las energías fósiles y las renovables son tales que incluso un impuesto de 600 dólares por tonelada no sería suficiente (según la Agencia Internacional de Energía, sólo permitiría reducir las emisiones globales a la mitad de aquí al 2050). [9] Si tenemos en cuenta que la combustión de mil litros de gasóleo produce 2,7 toneladas de CO2 se puede comprender que, en la práctica, semejante medida sería socialmente inaplicable: los empresarios no la aceptarían más que si fuese integramente transferida a los consumidores finales, al mismo tiempo que la mayoría de la población, exhausta ya por la austeridad que padece desde hace treinta años, no podría aceptar un deterioro semejante de sus condiciones de existencia.
De ahí que, en la práctica, y a pesar de todas las sofisticadas teorías de los ecological economics, las propuestas políticas de internalización de los costos de la contaminación son a la vez ecológicamente insuficientes y socialmente insoportables. Partiendo de la premisa de que los obstáculos teóricos y prácticos pudieran ser superados, la eficacia de la internalización no dejaría de ser aleatoria, porque el precio no es más que un indicador cuantitativo, incapaz de distinguir entre las diferencias cualitativas entre una tonelada de CO2 evitada a través de medios tan diferentes como el aislamiento de una vivienda, la instalación de paneles fotovoltaicos, plantación de árboles o la supresión de un Gran Premio de Fórmula 1. En efecto, cuantitativamente no hay nada que distinga una tonelada de CO2 de otra. Ahora bien, las diferencias cuantitativas son decisivas a la hora de elaborar estrategias ecológicas adecuadas cuyas medidas estén en coherencia con el fin que se propone: la transición, sin generar un trauma social, a un sistema energético eficiente y descentralizado, basado únicamente en energías renovables.
Gestión racional del metabolismo y lucha de clases
El carácter ecocida del capital tomó cuerpo desde los orígenes del modo de producción capitalista. En el siglo XIX, el fundador de la química del suelo, Liebig, hizo sonar la alarma sobre este tema: fruto de la urbanización capitalista, los excrementos humanos dejarían de ser vertidos en el campo y esta ruptura del ciclo de nutrientes amenazaba con causar un grave empobrecimiento de los suelos. A resultas de estos trabajos, Marx eleva esta problemática a un terreno conceptual, planteando la necesidad general de una regulación racional de los intercambios de las materias (o metabolismo) entre la humanidad y la naturaleza [10]. Más tarde, de forma anticipada y guiado por este concepto ecológico, vuelve sobre la cuestión de los suelos para adelantar una perspectiva programática radical: la abolición de la separación entre la ciudad y el campo que, desde su punto de vista, resultaba completamente indispensable junto a la desaparición progresiva de la separación entre trabajo manual e intelectual. Conviene insistir en una cosa: la expresión gestión racional no debe prestarse a la confusión. Para Marx, la naturaleza "es el cuerpo inorgánico del hombre". El buen metabolismo de conjunto no se dará en base a una burocracia de tecnócratas verdes, sino a la supresión de las clases sociales, dado que la división de la sociedad en clases hace imposible una gestión consciente y organizada del intercambio de materias con el medioambiente.
No sólo porque la búsqueda del beneficio empuje a las empresas al pillaje de los recursos naturales sino porque su apropiación capitalista hace que los recursos naturales aparezcan, en relación a los explotados y explotadas, como fuerzas hostiles ante las que se encuentran alineados. A esto se le añade que la competencia entre las y los asalariados y el miedo al paro llevan a los trabajadores y trabajadoras, individualmente, a desear la buena marcha de su empresa y a colaborar de esa forma, involuntariamente, con el productivismo; y, finalmente, que a partir de un determinado nivel de desarrollo del capital, el consumo de mercancías procura a los trabajadores y trabajadoras ciertas compensaciones miserable. Todos estos mecanismos solo pueden ser contrarrestados con la más amplia solidaridad de clase. Es por ello que para Marx la gestión racional del metabolismo humanidad-naturaleza no podía ser realizado mas que por los productores asociados. Y a él le corresponde el haber precisado que ahí es donde reside la única libertad posible.
Aunque en determinadas tomas de posición políticas relativas a la cuestión agraria [11], se pueden encontrar en Lenin algunas referencias sobre esta cuestión de la gestión racional y que Bujarin realizara una presentación inteligente de la misma en su compendio sobre el materialismo histórico [12], este concepto marxista cayó pronto en el olvido. Ningún pensador marxista le ha otorgado la importancia que le corresponde y, sobre todo, ninguno ha visto el interés a referirse a él cuando a partir de los años 60 del siglo pasado la cuestión ecológica se plantea como una cuestión social de primer orden.
No es este el lugar para plantearse las razones de esta solución de continuidad en el marxismo revolucionario [13]. Basta con poner en guardia al lector o la lectora contra interpretaciones simplistas: a pesar de que el estalinismo, también en este terreno, supuso una terrible regresión histórica, no es su única causa. [14]. Así que, pondremos el acento sobre el hecho de que la ecología de Marx merece ocupar, con urgencia, un lugar central en el pensamiento teórico y en la elaboración programática de los marxistas.
El problema del recalentamiento climático ilustra esta necesidad. La saturación de la atmósfera por el CO2, principalmente debido a la combustión de combustibles fósiles -es decir, a un cortocircuito en el ciclo largo del carbono- constituye un caso flagrante de gestión irracional de los intercambios de materias; y esta irracionalidad sitúa a la humanidad ante un terrible dilema:
De un lado, tres mil millones de personas viven en condiciones indignas. Sólo se pueden satisfacer sus legítimas necesidades aumentando la producción material. Es decir, transformando los recursos medioambientales. O sea, consumiendo una energía que hoy en día es de origen fósil en un 80% y genera el gas de efecto invernadero;
Por otro lado, el sistema climático está al borde del infarto. Evitar catástrofes irreversibles (cuyas víctimas se contarán sobre todo entre esos tres mil millones de personas que aspiran a una vida digna) impone reducir radicalmente las emisiones de gas de efecto invernadero. Es decir, reducir el consumo de las energías fósiles necesarias para la transformación de recursos medioambientales.
En el corto espacio de 40 años que, según el GIEC, tenemos para ello y a menos que se de una revolución científica extraordinaria en el dominio energético, esta ecuación no puede encontrar una solución aceptable en el marco del capitalismo.
Efectivamente, un sistema basado en la obtención del beneficio a partir de la competencia es totalmente incapaz de satisfacer masivamente las necesidades humanas económicamente no solventes mediante la reducción durable tanto del consumo energético como de la producción material. Si ya alcanzar estos objetivos de forma separada, uno por uno, resulta incompatible con la lógica del capital, ¿cómo van a ser alcanzados al mismo tiempo? La imposibilidad del reto queda evidente si examinamos los escenarios climáticos propuestos por los gobiernos e instituciones internacionales.
El escenario Blue Map de la Agencia Internacional de Energía, por ejemplo, se plantea reducir las emisiones globales de aquí al 2050 en un 50% [15]. Objetivo a todas luces insuficiente y que sólo se podría alcanzar recurriendo masivamente a la energía nuclear, a los agrocarburantes o autodenominado "carbón limpio" (CCS), dejando de lado el gas de esquisto y de las arenas bituminosas. Este panorama (el Blue Map) implicaría la construcción anual de 32 centrales nucleares de 1000 MW a lo largo de más de 40 años, así como 45 nuevas centrales térmicas de carbón de 500 MW equipados de CCS. Sobran las palabras: la terrible catástrofe de Fukushima en Japón ha demostrado sobradamente la aberración de estos proyectos.
Por consiguiente, sólo nos quedan dos opciones estratégicas:
salir del capitalismo restringiendo radicalmente la esfera y el volumen de la producción capitalista de forma que sea posible limitar al máximo los daños del recalentamiento y garantizando un desarrollo humano digno basado exclusivamente en energías renovables y en la perspectiva de una sociedad que gravite sobre otra economía del tiempo; o continuar en la lógica de la acumulación capitalista, de la desregulación climática, restringiendo el derecho a la existencia de centenas de millones de seres humanos y en el que las generaciones futuras estarán condenadas a pagar los platos rotos de una huida hacia delante basada en tecnologías peligrosas. Obviamente, elegiremos la primera. Pero es necesario insistir que la transición al socialismo está sujeta a compromisos medioambientales estrictos. No hay que subestimar la amplitud del desafío. En la Unión Europea, por ejemplo, reducir las emisiones en un 60% (¡cuando habría que reducirlas en un 95%!) sin recurrir a la energía nuclear, precisaría reducir la demanda energética final en un 40% [16]. No resulta fácil medir lo que ello supone para la producción material y el transporte, pero parece evidente que el objetivo no podrá ser alcanzado simplemente con la eliminación de las producciones inútiles y dañinas (armamento, publicidad, yates de lujo y aviones privados, etc.), luchando contra la obsolescencia programada de los productos o suprimiendo el consumo ostentoso de las capas más ricas de la clase dominante… Serán necesarias medidas más radicales; medidas que, al menos en los países desarrollados, repercutirán sobre el conjunto de la población. Dicho de otro modo, la transición al socialismo se deberá hacer en condiciones muy distintas a las del siglo XX.
La estimación realizada de la participación de la agroindustria en la emisión total de gas de efecto invernadero nos proporciona algunos elementos. Según la campaña "No te comas el planeta", del 44 al 57% de las emisiones de gas de efecto invernadero se deben al actual modelo de producción, distribución y consumo de productos agrícolas y forestales. Esta cifra se obtiene añadiendo a las emisiones derivadas de las actividades estrictamente agrícolas (11 al 15%), las de la deforestación (15 al 18%), las de la manutención, transportes y almacenamiento de los alimentos (15 al 20%) y la de los residuos orgánicos (3 al 4%) [17].
Por consiguiente, la lucha para estabilizar el clima al mejor nivel posible no debería limitarse a la expropiación de los expropiadores-contaminadores-despilfarradores: el cambio de las relaciones de propiedad no constituye más que la condición necesaria -pero no suficiente- para un cambio social profundo que implique la modificación sustancial de los modos sociales de consumo y movilidad. Estas cambios -desplazarse de otra manera, comer menos carne y consumir verduras de temporada, por ejemplo- hay que situarlos en el horizonte desde ahora mismo; es urgente y necesario y porque tiene implicaciones inmediatas. Y son posibles porque ponen en práctica mecanismos culturales e ideológicos que tienen cierta autonomía en relación a la base productiva de la sociedad. Aún cuando en sí mismo no provoquen ningún cambio estructural, hay que considerarlas como parte integrante de la alternativa anticapitalista. En la medida en que se traduzcan en prácticas colectivas, pueden favorecer tomas de conciencia y compromisos militantes.
Nuevos tiempos
El Programa de Transición escrito por León Trotsky en 1938 comienza afirmando que "desde hace mucho tiempo, la premisa económica de la revolución proletaria ha llegado al punto más elevado que puede alcanzar bajo el capitalismo" y concluía que "las premisas objetivas (…) no sólo están maduras, sino que han comenzado a pudrirse. Sin revolución socialista en el próximo período, la civilización humana está bajo la amenaza de ser arrasada por una catástrofe." El fundador del Ejército Rojo se refiere en primer lugar al contexto histórico: victoria del fascismo y del nacismo, aplastamiento de la revolución española y la inminente guerra mundial. Sin embargo, su opinión sobre el pudrimiento de las condiciones objetivas parece tener una proyección histórica más amplia. Este tema vuelve a aparecer en los escritos de Ernest Mandel: "De hecho (a partir de cierto nivel) el crecimiento de las fuerzas productiva y el incremento de las relaciones mercantil-monetarias puede alejar a la sociedad, en lugar de acercarla, de su objetivo socialista." [18]
Cita remarcable cuyas implicaciones estratégicas merecen ser exploradas. Porque, de hecho, estamos enfrentándonos a una situación sin precedente: a nivel de los países desarrollados, el capitalismo ha ido demasiado lejos en lo que respecta al crecimiento de las fuerzas productivas materiales, de tal modo que una alternativa socialista digna no puede significar continuar por esa vía sino, más bien, retroceder. (evidentemente, hablamos de las fuerzas materiales. No se cuestiona el desarrollo del conocimiento y la cooperación entre las y los productores). Esta nueva coyuntura histórica nos lleva a la necesidad imperiosa de producir y transportar menos con el fin de consumir radicalmente menos energía y suprimir totalmente las emisiones de CO2 fósil de aquí al final del siglo.
El hecho que el desarrollo de las fuerzas productiva materiales nos haya alejado objetivamente de una alternativa socialista constituye la clave de bóveda que fundamenta y justifica el nuevo concepto de ecosocialismo. Lejos de tratarse de una nueva etiqueta al uso, este concepto introduce al menos cinco novedades que he esbozado en mi libro El imposible capitalismo verde y a las que haré mención de forma breve:
Es necesario abandonar la noción del "control humano sobre la naturaleza". La complejidad, las incógnitas y el carácter evolutivo de la biosfera implican un grado de incertitud irreductible. La imbricación de lo social y lo medioambiental debe pensarse como un proceso en constante movimiento, como un producto de la naturaleza.
Es necesario enriquecer la noción clásica del socialismo. En adelante, el único socialismo posible es aquel que satisfaga las necesidades humanas reales (despojadas de la alienación mercantil) democráticamente determinadas por las y los interesado, a partir de los recursos limitados que disponemos y cuestionándose seriamente sobre el impacto de las mismas y de la forma en que deben ser satisfechas.
Hay que ir más allá de una visión compartimentada, utilitarista y lineal de la naturaleza como especio físico en el que actúa la humanidad. A imagen de un centro comercial en el que se apropia de los recursos necesarios para la producción de su existencia y de un vertedero en el que deposita sus residuos. La naturaleza es todo a la vez: el centro comercial, el vertedero y el conjunto de procesos vivos que, gracias al aporte de la energía solar, distribuye la materia entre los distintos polos en constante reorganización. Los residuos y su almacenamiento deben ser compatibles, tanto cuantitativa como cualitativamente, con las capacidades y ritmos de reciclaje de los ecosistemas. Es decir, el buen funcionamiento del conjunto depende de la biodiversidad, que debe ser protegida.
Las fuentes de energía y los métodos de conversión no son socialmente neutros. Por consiguiente, el socialismo no puede definirse tal y como lo hizo Lenin: "los soviets más la electricidad". El sistema energético capitalista es centralizado, anárquico, derrochador, ineficiente e intensivo en trabajo muerto; basado exclusivamente en fuentes no renovables y orientado hacia la acumulación capitalista. Una transformación socialista digna de ese nombre, tiene necesariamente que reemplazarlo de forma progresiva por un sistema descentralizado, planificado, ahorrador, eficiente e intensivo en trabajo vio, basado exclusivamente en fuentes renovables y orientado a la producción de valores de uso durables, reciclables y reutilizables. Criterios que han de aplicarse a la producción energética en sentido estricto y al conjunto del aparato industrial, a la agricultura, al transporte, al ocio y la ordenación del territorio. Una transformación profunda como sólo puede realizarse a nivel mundial.
La superación del umbral a partir del cual el crecimiento de las fuerzas productivas materiales complican la transición al socialismo implica una actitud crítica hacia el incremento de la productividad del trabajo. En determinados dominios, la puesta en pie de una alternativa anticapitalista respetuosa con el medio ambiente exige reemplazar el trabajo muerto por el trabajo vivo. Es, manifiestamente, el caso de la agricultura, donde el sistema agroindustrial ultra mecanizado, gran consumidor de inputs y de energía fósil deberá ceder el lugar a otro modo de explotación más intensivo en trabajo humano. Lo mismo cabe decir en relación al sector de la energía. La producción descentralizada basada en energías renovables exigirá mucha mano de obra, sobre todo de mantenimiento. En general, la cantidad de trabajo vio deberá aumentar radicalmente en todos los dominios vinculados directamente al medio ambiente. Lo mismo en lo que respecta al cuidado de las personas, la enseñanza y otros sectores en los que la izquierda considere necesario desarrollar el empleo público: la inteligencia y las emociones humanas, junto a una cultura de "cuidados" son, efectivamente, cuestiones que plantean la interacción con la biosfera.
Los espíritus dogmáticos pensarán que estas reflexiones abren la puerta a una revisión del marxismo revolucionario bajo la forma de concesiones a la ofensiva de austeridad contra la clase obrera en los países desarrollados. Nada de eso.
No tiene sentido ceder lo más mínimo a los discursos culpabilizadores que utilizan la crisis ecológica para tratar de desarmar a la clase obrera y a sus representantes. Una línea de demarcación clara entre el ecosocialismo de una parte, la ecología política y el decrecimiento de otra, es la actitud frente a la lucha de clases. Seguimos firmemente convencidos que las y los explotados aprenden en la lucha colectiva, comenzando por la defensa de los salarios, el empleo y las condiciones de trabajo. Toda lucha de los trabajadores y trabajadoras, incluso la más inmediata, tiene que ser apoyada y considerada como una oportunidad para aumentar el nivel de conciencia y orientarla hacia una perspectiva socialista. Desde esta perspectiva estratégica, la constatación de que, hacia delante, la transición socialista debe operarse en los límites que impone el medio ambiente no implica un debilitamiento de las posiciones anticapitalistas; al contrario, las refuerza.
Pero la verdad es revolucionaria y no se puede ocultar el hecho de que la transformación socialista implicará renunciar, y probablemente en gran medida, a ciertos bienes, servicios y hábitos que impregnan profundamente la vida cotidiana de amplias capas de la populación, al menos en los países capitalistas desarrollados. Por ello, hay que poner en primer lugar los objetivos capaces que compensen esta pérdida mediante un progreso sustancial en la calidad de vida. Creemos que es necesario que privilegiar dos pistas:
1. La gratuidad de los bienes básicos (agua, energía, movilidad) hasta un nivel social medio, lo que implica la extensión del sector público.
2. La reducción radical (59%) del tiempo de trabajo sin pérdida de salario, con contratos proporcionales y reducción de cadencias.
Marx decía que "Toda la economía se reducía, en última instancia, a una economía del tiempo". Afirmar la necesidad de producir y de consumir menos es reivindicar tiempo para vivir y vivir mejor. Esto supone abrir un debate fundamental sobre el control del tiempo social, sobre lo que es necesario a cada cual, por qué y en qué cantidad. Supone despertar el deseo colectivo de un mundo sin guerras donde se trabaje menos y se trabaje de otra manera; un mundo en el que se contamine menos y en el que se desarrollen las relaciones sociales y se mejore sustancialmente el bienestar, la sanidad públicas, la educación y la participación democrática. Un mundo que no será menos rico como afirma la derecha, ni tan rico para la mayoría de la población, como dice cierta izquierda. Pero que será menos vacío, menos estresante, menos exprimido; en una palabra: más rico.
Notas
[1] Jared Diamond, Collapse. How Societies Choose to Fail or Survive, London, Penguin Books, 2005. Des critiques de la thèse de Diamond sont proposées notamment par Benny Peiser, " From ecocide to genocide : the rape of Rapa Nui ", Energy and Environment, vol. 16, n° 3-4, 2005 ; par Terry L. Hunt, " Rethinking Easter Island's ecological catastrophe ", Journal of Archaeological Science, 2007, n° 34, p. 485-502 ; et par Daniel Tanuro, " Catastrophes écologiques d'hier et d'aujourd'hui : la fausse métaphore de l'île de Pâques ", Critique Communiste, n° 185, décembre 2007.
[2] Joseph Schumpeter, Capitalisme, socialisme et démocratie, Paris, Petite Bibliothèque Payot, 1942.
[3] L. Possoz et H. Jeanmart, Comments on the electricity demand scenario in two studies from the DLR : MED-CSP & TRANS-CSP, ORMEE & MITEC engineering consultancy, Belgium, http://www.dlr.de/tt/Portaldata/41/....
[4] Karl Marx, Le Capital, Paris, Éditions sociales, Livre premier, Tome II, 1973 [1867], p. 181-182. Souligné par Marx.
[6] Daniel Tanuro : " Prospérité sans croissance " : un ouvrage sous tension
[7] Esto es particularmente cierto en lo que respecta a los indicadores alternativos o complementarios al PIB. Que el PIB no mide la calidad del medioambiente es una evidencia, porque su objetivo no es ése, como tampoco lo es el del capitalismo. El PIB mide la acumulación de capital… Por lo tanto, está perfectamente adaptado al capitalismo. Hacer créer que bastaría con modificar el intrumento de medida para que el sistema cambie de lógica muesta o ingenuidad o mala fe intelectual.
[8] GIEC, Contribution du Groupe de travail III au rapport 2007, page 776.
[9] AIE, Perspectives des technologies de l'énergie. Au service du plan d'action du G8. Scénarios et stratégies à l'horizon 2050, 2008.
[10] Karl Marx, Le Capital, Moscou, Éditions du Progrès, 1984 [1867], p. 855.
[11] Vladimir I. Lénine, La question agraire et les critiques de Marx, Moscou, Éditions du Progrès, 1973, chapitre IV.
[12] Nicholas Boukharine, La théorie du matérialisme historique. Manuel de sociologie marxiste, Paris, Anthropos, 1967.
[13] Daniel Tanuro, " Marxism, energy, and ecology : The moment of truth ", Capitalism Nature Socialism, deécembre 2010, p. 89-101.
[14] Daniel Tanuro, Écologie : le lourd héritage de Léon Trotsky.
[15] AIE, op. cit.
[16] Wolfram Krevitt, Uwe Klann, Stefan Kronshage, Energy Revolution. A Sustainable Pathway to a Clean Energy Future for Europe, Stuttgart, Institute of Technical Thermodynamics & Greenpeace, septembre 2005.
[17] Rapporté par Esther Vivas, " ?Ne mange pas le monde? " : Une autre agriculture pour un autre climat, traduction française d'un article dans le quotidien catalan Publico.
[18] Ernest Mandel, Ten Theses on the Social and Economic Laws Governing the Society Transitional Between Capitalism and Socialism.
[19] Daniel Tanuro, L'impossible capitalisme vert, Paris, La Découverte, 2010. 4/4/2011
Por Daniel Tanuro - www.vientosur.info

Los Mandamientos Indios – Jefe Nube Blanca

Mew-hew-she-kaw, Nube Blanca perteneció a los iowa (también ioway) de la tribu amerindia siouan (grupo hoka-sioux), cuyo nombre proviene de «ayuhwa» (dormidos), pero que se llaman «pahotcha» o «Bah-kho-je» (caras empolvadas o nieve gris).
Al igual que en otras muchas religiones, el pueblo indio poseía sus propios mandamientos, los cuales eran premisas fundamentales que regían todos los actos de su vida. 
Escribió el Jefe Nube Blanca:
"Tus mandamientos religiosos fueron escritos en tablas de piedra por el dedo flameante de un dios enfadado. Nuestra religión fue establecida por las tradiciones de nuestros ancestros, y los sueños que les fueron dados a nuestros mayores durante las horas de silencio nocturno por el Gran Espíritu y las premoniciones de los sabios escritas en el corazón de todos los hombres.
No necesitamos iglesias, porque todo lo que se discuta sobre Dios no nos interesa. Muchas cosas se pueden discutir sobre el hombre, pero nunca sobre Dios. El hombre blanco pensó regular la naturaleza y cambiarla según sus ideas.
Nunca fue comprendido por el piel roja. Nosotros creemos que el Gran Espíritu ha creado todas las cosas. No sólo la humanidad, sino también los animales, las plantas y las rocas. Todo en la tierra y entre las estrellas tiene alma verdadera y toda vida es sagrada.
Pero tú no comprendes nuestras oraciones cuando se dirigen al sol, la luna y el viento. Nos has juzgado sin comprendernos. Sólo porque nuestras oraciones son diferentes. Pero somos capaces de vivir en armonía con toda la naturaleza. Toda la naturaleza está dentro de nosotros y nosotros somos parte de la naturaleza." 

Los Mandamientos       
                    
Trata la Tierra y a todo lo que hay en ella con respeto. 
Muestra gran respeto por tu semejante. 
Trabaja junto para el beneficio de toda la Humanidad. 
Da asistencia y cariño donde se necesite. 
Haz lo que creas que está bien. 
Mira después el bienestar del cuerpo y la mente. 
Dedica una parte de tus esfuerzos al bien común. 
Sé sincero y honesto siempre.
Hazte responsable de tus actos.

viernes, 3 de febrero de 2012

Transgénicos, el tiempo confirma todos los temores

Los cultivos transgénicos se introdujeron en nuestra agricultura y alimentación hace ya más de 15 años, con la promesa de ayudar a solucionar muchos de los problemas de la agricultura. En aquel momento, grupos ecologistas y movimientos campesinos se opusieron de forma frontal. Se invocaba el principio de precaución, la incertidumbre que suponían liberar a estos nuevos seres vivos al medio ambiente, sus potenciales impactos ambientales, sobre la salud, sobre el modelo agrario, el peligro de autorizar patentes sobre la vida…
Quince años después, el tiempo ha confirmado todos los temores. A pesar de las dificultades para realizar una investigación independiente, existen ya sobradas evidencias científicas como sobre el terreno de sus graves impactos sociales, ambientales y económicos; además de su incompatibilidad con un modelo de agricultura social y sostenible en el marco de la Soberanía Alimentaria.
El pasado mes de noviembre, tuvimos la oportunidad de compartir muchas de estas nuevas evidencias en unas jornadas científicas internacionales organizadas por Amigos de la Tierra, la Confederación de Consumidores y Usuarios (CECU), COAG, Ecologistas en Acción, Greenpeace y Plataforma Rural. Algunas de las personas más relevantes y expertas de muchas disciplinas afectadas por los transgénicos se acercaron a Madrid para debatir sobre estos temas. Porque aunque el debate sobre los transgénicos es un debate social, ya que la sociedad en su conjunto se ve implicada por su introducción, el componente científico es fundamental. Pero no un debate centrado sólo en la biotecnología. Para abordar el problema en su conjunto hay que hablar de ecología, de economía, agronomía, sociología, derecho…. Y por supuesto de los impactos en el campo y en el medio rural.
Oponerse a los cultivos transgénicos no es oponerse a la ciencia
Es común que cuando se defiende una postura contraria a la introducción de transgénicos en la agricultura, se hagan acusaciones de posturas anticientíficas. Christian Vélot, profesor de genética molecular en la Universidad de París, planteaba la falsedad de este argumento. «Oponerse a las semillas transgénicas no supone estar contra otros avances científicos, como las medicinas producidas a partir de transgénicos en el laboratorio (insulina para diabéticos) o a la investigación básica en ambientes cerrados. No es lo mismo la investigación médica en ambientes cerrados para investigar el funcionamiento de tejidos y células, que liberar nuevos seres vivos al medio ambiente. Una vez liberados los organismos modificados genéticamente al medio ambiente, se presentan riesgos ambientales, socioeconómicos y sanitarios situados en un plano del todo diferente a la aplicación de estas tecnologías en laboratorio. Son dos mundos».
La biotecnología genera mucha incertidumbre
 Mientras que la doctrina oficial nos dice que los transgénicos son los alimentos más evaluados y seguros de la historia, Christian Vélot nos reconocía que aunque las empresas hablan de una «precisión quirúrgica, si los cirujanos manejasen lo quirúrgico como los biólogos moleculares manejamos las técnicas de ingeniería genética, yo no aconsejaría a nadie que entrase en el quirófano jamás». Michael Antoniou, del Departamento de Genética Molecular y Médica de la Facultad de Medicina del King’s de Londres -que también trabaja con ingeniería genética en ambientes confinados- nos planteaba la imprudencia de confiar en los resultados de una ciencia sesgada y orientada por los intereses de las multinacionales como Monsanto. «Los nuevos descubrimientos sobre genética revelan que el funcionamiento a este nivel es mucho más complejo de lo que nos quiere vender la industria, y que los cultivos transgénicos en el mercado se basan en unos conceptos científicos ya superados y anticuados».
Impactos ambientales demostrados y no adecuadamente evaluados
Durante los últimos años hemos conocido muchos de los impactos ambientales de los transgénicos. Mientras países como Alemania han prohibido su cultivo, entre otros motivos por sus impactos sobre la biodiversidad, la fauna del suelo o los ríos o porque aparecen cada vez más plantas resistentes al herbicida glifosato; o incluso EEUU reconoce la generación de resistencias en los insectos que algunos maíces transgénicos quieren combatir; en países como España no se le está dando seguimiento a este tipo de impactos.
Sin embargo, investigadores como Mª Carmen Jaizme, Coordinadora de Programas de Investigación y Directora del Departamento de Protección Vegetal del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias (ICIA), corroboraba los impactos de los cultivos transgénicos sobre la fertilidad de los suelos, al interferir con los microorganismos y hongos que viven en ellos.
Angelika Hilbeck, investigadora suiza del Instituto Federal Suizo de Tecnología planteaba las carencias de la evaluación ambiental que de los transgénicos se hace en Europa. «Según como formulamos los problemas, en muchos casos, llegaremos a conclusiones diferentes. Si de entrada se excluyen de la investigación cierta clase de posibles efectos adversos, evidentemente no se encontraran evidencias de los mismos. Por ejemplo, si no se consideran los efectos sobre la biodiversidad de los herbicidas de amplio espectro, como el glifosato asociado a la agricultura transgénica; o los efectos crónicos, subletales o indirectos de la proteína insecticida Bt que expresan muchas variedades de plantas transgénicas, no tendremos respuesta a estas preocupaciones. La actual evaluación de riesgos realizada por las autoridades y promovida por las empresas cubre un margen muy estrecho».
Y más teniendo en cuenta lo que nos enfatizaba Antonio Gómez Sal, Catedrático de Ecología de la Universidad de Alcalá de Henares: «los graves impactos que los cultivos transgénicos pueden suponer pérdida de biodiversidad y, en definitiva, de estructura y complejidad en los agrosistemas».
Impactos sociales y económicos ignorados 
 Rosa Binimelis, investigadora del Centre de Recerca en Economia i Desenvolupament Agroalimentari (CREDA) de la Universidad Politécnica de Cataluña mostraba cómo los impactos socioeconómicos de los transgénicos, que en el Estado Español son enormes, no son tenidos en cuenta en la evaluación de los mismos. Sólo en un país, Noruega, se consideran aspectos como la sostenibilidad, el interés público y la ética, tanto en los países productores como los importadores. Y evidentemente, Noruega no ha autorizado ningún cultivo transgénico.
Denunciaba Rosa lo que denominaba la ‘presión modernizadora’: Según un técnico de una cooperativa agraria entrevistado para sus investigaciones «Pioneer es quien más vende ahora, porque el gen de Syngenta es viejo y la gente siempre quiere lo último en tecnología». Y en este sentido Julio César Tello, Catedrático de Producción Vegetal de la Universidad de Almería, nos instaba a distinguir entre modas comerciales y auténtico progreso, y marcaba la importancia de la sostenibilidad y el principio de precaución como marco ético dentro del cual movernos. Es el marco ético el que debe encauzar el progreso.
Desde el punto de vista de un productor ecológico, Antonio Ruiz, ex presidente del Comité Aragonés de Agricultura Ecológica, nos recordaba los numerosos casos de contaminación genética que han sufrido los agricultores aragoneses y catalanes que apostaron por el maíz ecológico, con sus consecuentes pérdidas. Una alternativa que es rentable, ambiental y socialmente, es marginada y maltratada por las autoridades públicas en favor de los intereses de unas multinacionales.
Y desde un punto de vista de la cadena alimentaria en su conjunto, Julien Milanesi, economista e investigador asociado a la Universidad de Pau, Francia, nos explicaba que «el incremento de costes que suponía el cultivo de transgénicos en Francia -cuando estaba permitido- recaía directamente sobre aquellos productores y productoras, procesadores o empresas que querían ofrecer alimentos libres de transgénicos.
Indefensión jurídica
Hay una materia a menudo olvidada en el análisis de la situación de los transgénicos, y este es el análisis jurídico. Ana Carretero, profesora de Derecho Civil y Vicedecana de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Castilla – La Mancha, nos recordaba «la increíble e intolerable indefensión jurídica que sufren en el Estado Español tanto agricultores y agricultoras como las personas consumidoras frente a la imposición de los transgénicos». Y animaba a utilizar las herramientas de las que aún disponemos en la legislación para hacer frente al poder de estas multinacionales.
Daños sobre la salud
Una de las grandes incertidumbres de los cultivos y alimentos transgénicos son los potenciales riesgos para la salud. Siempre han faltado estudios independientes, estudios a largo plazo. Ha sido una de las áreas mantenidas más oscuras por multinacionales y gobiernos. Se sospechó de posibles generaciones de alergias, de toxicidad a largo plazo… Pero las investigaciones de personas como Gilles Eric Serallini, Catedrático de Biología Molecular de la Universidad de Caen han encontrado efectos inesperados significativos en los experimentos hechos por la propia Monsanto. Los animales con los que se experimentó reflejaron toxicidad renal y hepática, entre otros efectos. «Con pruebas nutricionales en animales, no hay cultivos transgénicos rentables. Sólo lo son si no se le piden estas pruebas… que sin embargo serían esenciales para poder hablar de seguridad sanitaria. Sólo se comercializan transgénicos porque la evaluación científica es deficiente» concluía Serallini.
Y acusaba a la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) de ser, más que una autoridad científica, un lobby. Y no es de extrañar después de todos los casos de conflicto de intereses y paso constante desde esta agencia que evalúa los transgénicos a la industria.
Una ciencia más democrática y socialmente comprometida
Uno de los aspectos fundamentales de todas las jornadas fue la patente necesidad de una ciencia más democrática, y de una mayor implicación social de científicos y tecnólogos. Cuando hablamos de alianzas en la lucha contra los transgénicos y en la construcción del movimiento por la Soberanía Alimentaria, la parte académica es fundamental. La Red Europea por una Ciencia Social y Ambientalmente Responsable (ENSSER en sus siglas en inglés), a la que pertenecen muchos de los participantes de las jornadas, es un buen ejemplo.
La necesidad de un cambio de modelo
Para cerrar las jornadas, se insistía en la necesidad de apostar por una mayor conciencia ecológica y un modelo de agricultura respetuoso con el medio, alejado del modelo de agricultura industrial que representan los cultivos transgénicos.
Un modelo que pasa por la agricultura campesina. O como nos recordaba Jeromo Aguado, campesino, «queremos seguir siendo campesinos y campesinas, no queremos ser dependientes, queremos ser autónomos, queremos producir alimentos sanos, para las personas, y no para los mercados. Queremos producir nuestras semillas, que siempre han sido muy productivas, no productivistas. Y queremos vivir en los pueblos. Viviendo en los pueblos es la única forma de mantener nuestras culturas.

jueves, 2 de febrero de 2012

Megaupload y la destrucción de la cultura a lo largo de la historia

Imagen Librería Nacional de Sarajevo
Megaupload tiene dos semanas de gracia para que se arregle la situación de los datos de 50 millones de usuarios, o bien, serán destruidos. Dos semanas para esa cantidad de gente y datos me parece muy poco tiempo pero además, deberíamos de tener claro que lo que está en juego aquí no son solo datos crudos, sino también la cultura que construyen los datos.
Los libros no son sus páginas de papel, el cine no es una sala de proyección ni las cajas en las que se empaquetan para venderse, la música no son Ipods, ni tracks de 99 centavos o nuevos modelos de negocio. La cultura es experiencias, ideas, conocimiento - no objetos ni terabytes únicamente: el sistema cultural en nuestros días es post-artefacto.
Megaupload no es únicamente un servicio que cubría a demanda de acceso a la cultura que los monopolios intelectuales no cubren, era también una librería en donde la gente almacenaba, compartía y experimentaba bienes culturales que ellos mismos producían: consumidores y a la vez productores de música, libros y cine en su forma digital. Mucho de este material no pertenece ni siquiera a quienes promovieron el linchamiento a Kim Dotcom, quien por cierto, no es peor que los magnates de la industria del entretenimiento.
La destrucción de los datos de Megaupload, además de que seguramente implicaría violaciones de derechos de propiedad intelectual de muchos usuarios quienes utilizaban Megaupload para distribuir sus creaciones fuera del régimen corporativista de la propiedad intelectual, también significa la destrucción de un archivo cultural.
En la historia de humanidad, grupos de poder han decidido que la mejor forma de suprimir ideas que no les gustan o no les convienen, es destruyéndolas de forma intencional. Borrandolas de la memoria colectiva. La Biblioteca de Alexandria es el referente más frecuente, sin embargo existen casos de destrucción de acervos culturales mucho más cercanos a nuestro tiempo.
Hace 15 años la UNESCO publicó un reporte titulado “Memoria perdida: librerías y archivos destruidos en el siglo XX”. (PDF)
Varios de los casos que repasa el reporte se deben a desastres naturales, pero predomina la destrucción intencional debido a conflictos políticos, invasiones y guerras. Algunos ejemplos que vale la pena no olvidar:
Alemania: Durante la Segunda Guerra Mundial los encargados de las librerías crearon una “lista negra” de autores prohibidos que equivalía al 10% de las colecciones que se ofrecían al público. El 10 de mayo de 1933, se realizó la primera quema pública de libros. La “lista negra” llegó a 5,500 ejemplares y se estima que un tercio de los libros que existían en Alemania fueron destruidos durante la Segunda Guerra Mundial.
Checoslovaquia: En 1938 y hasta 1945 todos los libros de geografía e historia fueron confiscados. Muchos fueron quemados, destruidos o enviados a Alemania. La Librería de Ciencias Naturales, incluyendo su índice (de tarjetas) fue también destruida.
Polonia: Durante la ocupación alemana, se destruyeron intencionalmente las librerías, archivos y museos polacos. La Librería Militar que contenía 350,000 libros de historia de Polonia fue completa destrozada. La estimación final de la pérdida durante de este período es de 22.5 millones de libros.
Unión Soviética: 100 millones de libros fueron destruidos durante la invasión alemana.
China: De 1966 a 1976 se purgaron los libros que no eran “políticamente correctos”. Muchas librerías fueron cerradas y otras fueron quemadas. El reporte de la UNESCO considera que esta destrucción fue de una escala “sin precedente”.
Kuwait: En 1990 después de la invasión iraquí, las librerías y los centros de cómputo fueron quemados. El Centro Nacional de Investigación Científica y Tecnología de la Información fue trasladado a Bagdad.
Bosnia: En 1993 el 90% de la colección de la Librería Nacional de Sarajevo, la cual albergaba la historia de la cultura bosnia, fue completamente destruida durante el sitio de Sarajevo.
El repaso histórico de la destrucción de archivos de ideas y conocimiento de la UNESCO concluye:
La pérdida de archivos es una seria pérdida de memoria en un ser humano: las sociedades simplemente no pueden funcionar propiamente sin una memoria colectiva de sus archivos.
La infracción al derecho del autor, legalmente no es correcta (y no es un robo, es una infracción) puede que para algunos hasta políticamente incorrecta— pero la infracción masiva que sucede en nuestros días demuestra que tal vez lo que no es políticamente correcto es el sistema de propiedad intelectual que se pretende imponer a la fuerza en la era de la digitalización.
La destrucción de la infraestructura de Napster equivalió al cierre de un club comunitario (para el público, no estatal) de música. El cierre de OiNK a la quema de las tarjetas de un índice bibliotecario. Pero Megaupload, es en sí, el archivo.
La situación es importante, por eso Electronic Frontier Foundation de hecho ha comenzado una campaña para ayudar a recuperar sus datos a los usuarios en Estados Unidos de Megaupload:
La batalla legal entre el gobierno y Megaupload no terminarán pronto. Mientras tanto, de cualquier forma muchos usuarios de los servicios de Megaupload han sido atrapados en las redes del gobierno, y, como consecuencia, han perdido acceso a sus propios datos.
Megaupload claro, tenía muchos clientes legales, pero esta gente no recibió notificación de que podrían perder acceso a sus datos y ninguna señal de cómo recuperar lo que les pertenece. Haciendo a un lado el caso contra Megaupload, el gobierno debería de evitar esta clase de daños colaterales, no crearlos.
La acción es coordinada con la iniciada por el Partido Pirata en Cataluña, a la cual puedes unirte sí eres afectado colateral del caso Megaupload.
Evidentemente, hablar solamente de “proteger la propiedad intelctual” provoca que dejemos a un lado las implicaciones culturales que tiene. Los resultados los estamos viendo. La digitalización y los respaldos son dos grandes ventajas que la tecnología ofrece al ecosistema cultural. Pero ¿qué pasa cuando el respaldo, es decir el archivo, es destruido? El borrar los datos en los servidores de Megaupload, equivaldría a borrar un pedazo de la memoria colectiva.
Carajo, no hemos aprendido nada…

Blogger comenzará a redirigir los dominios blogspot

Google ha anunciado que habrá un cambio en los blogs que tengan el dominio .blogspot.com,el cual será cambiado por un dominio nacional (dependiendo del origen del blog).

Es decir si tú tienes un blog con la URL miblog.blogspot.com este quedara miblog.blospot.com.co en el caso que seas de Colombia, y así sucesivamente se van añadiendo los dominios según el país de procedencia del Blogger.

Es un elemento importante tener en cuenta que tu blog quedara funcionando con la nueva dirección solo en tu país, en el resto del mundo se seguirá usando el dominio habitual.

Por ahora este fenómeno solo afecta a los blogs de la India y Blogger no ha confirmado si el cambio se hará efectivo en otros países.

Según la empresa, este cambio se realiza para evitar los intentos de censura clara o más o menos velada que están imponiendo algunos gobiernos en las legislaciones respectivas. De este modo, ante cualquier reclamo que implique la obligación de eliminar un sitio, eso sólo afectaría a la "copia" local y el blog continuaría accesible bajo el dominio genérico de Blogger y por lo tanto, seguiría siendo accesible para el resto de los usuarios.
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